Legitimidad monárquica vs. Soberanía nacional (y II)

ese «recurso al pueblo», o es solamente un medio, y en tal caso es una puerilidad, una vana fantasmagoría, o es la doctrina, el sistema de la soberanía del pueblo, y en tal caso es la anulación del principio de legitimidad

Pedro de la Hoz (1800-1865). Dibujo de Luis Carlos Legrand, 1855

Puede leerse la primera parte del artículo aquí, donde nuestro colaborador Félix M.ª Martín Antoniano contextualiza el texto que pasamos a reproducir:

Editorial de «La Esperanza» de 25 de octubre de 1850

¡Cosa en verdad extraña, y que a muchos parecerá incomprensible! Somos monárquicos, escribimos en una Monarquía, vamos a defender principios y objetos que deben ser respetables, sagrados, para todo el que de monárquico se precie, y, sin embargo, asáltanos el recelo de que este nuestro artículo no haya de ver tampoco la luz pública. ¿Cómo así? ¿Será que no nos entendemos en punto a Monarquía? ¿Será que los que se apellidan conservadores, la entiendan mejor que nosotros?

Sea de esto lo que quiera, todavía nos atrevemos a dirigirnos hoy a La España; que también La España, la conservadora, la monárquica España, ha lanzado su dardo al Conde de Chambord con motivo de la Circular de Wiesbaden, y le ha notado de imprudente, de orgulloso, de hombre animado de miras estrechas que, por desconocer su posición, por no amoldarse a las circunstancias de su país, ha hecho imposible su restauración. Pero, ¿qué ha hecho el «francés de Frohsdorf» para merecer tan severos reproches? ¡Ahí es un grano de anís lo que ha hecho! Ateniéndose a la doctrina del «derecho divino», ha desechado el «recurso al pueblo» que invocaba la mayoría de sus partidarios, renunciando a una vía legítima que se le ofrecía de hacer triunfar sus principios.

¿Con que el «derecho divino» imprudentemente invocado, con que el «llamamiento al pueblo» orgullosamente repelido, son el gran pecado, la imperdonable falta del Conde de Chambord? En cuanto a lo primero, no esperábamos ciertamente de La España la reproducción de esa vieja cantinela, indigna de figurar en toda polémica razonable. Ni la Circular de Wiesbaden, ni el partido legitimista, ni persona de sano juicio han dicho ni soñado jamás que el principio de la herencia monárquica fuera de institución divina; habrán dicho, cuando más, que el poder, así en las Monarquías como en las Repúblicas, como en toda clase de gobiernos legítimos, viene de Dios, autor de la sociedad. ¿Hay en esto nada que no sea muy conforme al dogma católico, y a una sana filosofía; nada que deba espantar a los que acatan a Isabel II como reina de España «por la gracia de Dios»? Pero de esto ya dijimos en otra ocasión, y acaso volvamos a hablar en adelante, que, cuando por ignorancia o malignidad, no aludimos a La España, embróllanse de continuo las ideas, hácese necesario el incesante trabajo de aclararlas.         

Vengamos ya a ese «llamamiento popular», reprobado en la declaración de Wiesbaden, y veamos si el Duque de Burdeos ha andado imprudente y mal aconsejado en rechazarle. Aquí nos ocurre desde luego una observación que podrá hacer juzgar de la sinceridad, de la consecuencia, de la buena fe con que se moteja al Conde de Chambord. ¿Quién no recuerda los desdenes y las injurias con que toda la prensa revolucionaria de allende y de aquende el Pirineo, y todos sus representantes en la Asamblea francesa, respondieron a la proposición de «llamamiento al pueblo» presentada por M. de Larochejaquelein? La apelación al pueblo era entonces el delirio de un insensato; la apelación al pueblo era la negación del principio de la legitimidad; la apelación al pueblo era la guerra civil y la anarquía. Y sin embargo, los mismos que así hablaban entonces, lanzan ahora el anatema contra Enrique V, y declaran su regreso imposible y que está perdida su corona porque la Circular Barthélemy se pronuncia contra el sistema de apelación al pueblo. ¡Gente desmemoriada! ¿Creéis que se han olvidado vuestras palabras de ayer? ¿Qué tiene de extraño que el sistema de llamamiento al pueblo haya sido rechazado en Wiesbaden, cuando en Francia se levantó un tolle universal contra la proposición de M. de Larochejaquelein, cuando fue desechada como inconstitucional por la casi unanimidad de la Asamblea, cuando esta cuestión de apelación al pueblo es aun tan mal comprendida por los mismos que la promovieron?

«¿Pero exigía la conveniencia, dice La España, exigía la inmunidad del dogma a que tributa culto el desterrado de Frohsdorf, despojarle de tan firme apoyo como es la adhesión nacional? Se nos figura que los que así opinan no entienden el mismo principio que defienden».

A nosotros, por el contrario, se nos figura que los que así se expresan, no entienden el mismo principio que combaten. Sí; la conveniencia, la inmunidad del dogma, exigían esa declaración que censuráis. Porque ese «recurso al pueblo», o es solamente un medio, y en tal caso es una puerilidad, una vana fantasmagoría, o es la doctrina, el sistema de la soberanía del pueblo, y en tal caso es la anulación del principio de legitimidad. En París y en Wiesbaden, cuando se ha hablado de apelación al pueblo, ha debido creerse que se trataba de una doctrina, de un sistema. Y ¿cómo no creerlo? Hay en Francia legitimistas que por espacio de veinte años han hermanado en la misma frase la legitimidad y la soberanía popular: imaginaban sin duda que a fuerza de verse juntos los dos principios podrían avenirse al cabo; pero ¡cuánto se engañaban! ¡Entre ambos principios es imposible la avenencia!

Mientras no había sino palabras, los jefes más acreditados del partido legitimista han podido dejar correr libremente esas frases contradictorias; mas cuando la frase se ha transformado en proposición hecha en la tribuna francesa por un hombre que lleva uno de los más bellos nombres del realismo; cuando la apelación al pueblo, bajo tales auspicios, ha podido parecer una doctrina y un sistema adoptados por una gran fracción del partido legitimista; cuando, gracias a la invención de esa frase, ha podido temerse la alianza adúltera de dos principios, de dos partidos extremos que fuera hoy un crimen y una locura juntar; en fin, cuando la semejanza en el lenguaje ha podido hacer creer en la confusión de las banderas, entonces ha sido necesario que el representante del principio legitimista se explicara solemnemente, que rechazara toda ambigüedad, y que lejos de esconder su bandera la tremolara altamente en presencia de sus amigos, de sus aliados, de sus adversarios. La experiencia ha enseñado sobradamente que, los que blasonando de habilidad ocultan o desfiguran su bandera, no pueden ya encontrarla cuando quieren tenerla.

Quede, pues, consignado que ha sido oportuna, que ha sido necesaria la declaración de Wiesbaden. Pero ¿síguese de aquí por ventura que el Conde de Chambord piense imponerse a la Francia a pesar suyo? ¿Que rehúse el voto nacional? ¿Que pretenda «reinar por la voluntad de Dios y contra la de sus súbditos»? Lejos de esto, ha llevado a tal punto su deseo de hacerlo todo por el solo medio de la Francia, que nosotros mismos hemos calificado de exagerada su confianza.

Y aquí nos permitirá La España que acusemos su mala lógica, ya que no su falta de buena fe. Nosotros, errada o atinadamente, dijimos que la restauración de Enrique V sería el desenlace de esa situación anormal, violenta, en que se agita la Francia; y añadimos que el medio de esa restauración sería la fuerza de las armas. Este juicio podrá ser más o menos errado, podrá indicar en nosotros intenciones más o menos laudables; pero inferir de aquí que sean tales las del «francés de Frohsdorf» ¡vive Dios! que es consecuencia muy peregrina.

Pero «si ninguno de estos medios le contenta, pregunta nuestro colega, ¿de qué recóndita manera piensa terminar su ostracismo?». ¿De qué manera? Por el llamamiento del pueblo. Sí, será preciso que el pueblo intervenga para restablecerle, ¿quién lo duda?, pero de cierto no será por ese modo del número en los escrutinios, que subordina el derecho a una votación, es decir, que viola el derecho. Suponed a la nación francesa, en los varios elementos que la constituyen, imbuida de la necesidad de enlazar nuevamente su vida a las inmortales condiciones que la hicieron grande, poderosa, feliz por espacio de siglos, ¿pensáis que sería preciso llamar los ciudadanos a los comicios para que dieran sus votos en pro o en contra de la legitimidad del Conde de Chambord? ¿Pensáis que el voto de la nación no tendría medios de manifestarse? El error de Larochejaquelein, error bastante natural en los que aspiran al porvenir, porque lo presente es malo, consiste en creer que pueden trazar su marcha a los sucesos; pero ¿dónde está la revolución que haya tenido de antemano su fórmula? La opinión de los pueblos tiene maneras imprevistas de producirse, y es muy digno de notar que no hay en la Historia un solo ejemplo de revolución buena o mala que se haya realizado a priori por una deliberación de mayoría.

El pensamiento de una nación se manifiesta de otro modo, y aun es entonces tan imperioso, tan irresistible, tan súbito que no es posible el escrutinio: el voto desaparece, o toma una nueva forma, que es la aclamación.

La Francia, pues, y la Francia sólo, dirá, sobre el punto de que se trata, su pensamiento, y su voluntad; y, tranquilícese nuestro colega, cuando la Francia lo crea conveniente, tendrá mil medios de decir lo que quiere, sin apelar a un sufragio quimérico. Si cansada de ser juguete de facciones que la arruinan, si aleccionada al fin por la desgracia, ruda pero provechosa maestra, aspira a la única solución posible a las crisis que tan cruel y vanamente la desgarran; si cansada de navegar sin brújula en el mar proceloso de la Revolución, desea un puerto seguro tras tantas tempestades, le hallará en la Monarquía legítima, prenda única de estabilidad y de reposo.

Por lo demás, el representante de ese principio, entiéndalo nuestro colega, comprende el siglo en que vive y las circunstancias de su país: sabe que hay muchos errores, muchas ambiciones que dificultan, que imposibilitan por ahora el triunfo de la justicia; pero no importa. El que tiene a su favor el derecho y la verdad, puede ser paciente, y vivir tranquilo; sabe que el triunfo del derecho y de la verdad es un negocio de tiempo, y que si lo presente pertenece alguna vez a los intereses, a los errores, a las pasiones, el porvenir pertenece siempre a los principios, a la lógica de los hechos providenciales, es decir, a la justicia de Dios.   

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