«Vae soli», ¡ay del que está solo! (VI): caridad y elogio de la soledad

La soledad mística impide el vacío que tanto aborrece la naturaleza física, porque, en el mundo del espíritu, también existe ese «horror vacui»

Caridad versus soledad

Algunas personas en situación de grave soledad natural y espiritual son verdaderamente míseras. Frecuentemente son ingratas con aquellos que se acercan a ellas. Pelayo, que su ingratitud no te aleje de los míseros. A veces cierran su corazón quienes están resentidos por haber sido explotados y abusados. Están tristes, ya no pueden ni saben dar las gracias. Son como un perro apaleado al que vas a curar y que, instintivamente, te muerde. Que eso no te desaliente. Estás actuando a la manera divina del Corazón de Jesús, sigue su ejemplo. Esa forma de amar no es humana, sino que es divina, y será Dios quien obre el milagro de ablandar esos corazones duros, de abrirlos a la luz y la alegría, a los consuelos que caen del cielo de Aquel que hace salir el sol y llover sobre todos, malos y buenos[1]. Vivimos en una sociedad en la que no es normal saludar a alguien sin pedirle algo. El mundo es egoísta, no entiende la gratuidad de Dios y le desconcierta cuando los hombres practican esa misma gratuidad divina. A veces los míseros permanecen en el desconcierto, pero en otras ocasiones, un gesto de amistad gratuita les abre el corazón, porque, desde el pecado original es algo extraordinario que un ser humano sea generoso. Y sin embargo, debemos enderezar nuestros pasos, tener más pureza de intención en esta sociedad neopagana y apóstata, para retomar la senda de la magnanimidad de los primeros cristianos, que en el vigor de Pentecostés predicaban con el ejemplo y atraían todos los corazones de sus vecinos, incluso a aquellos que, a priori eran enemigos, a quienes convertían viendo sus obras[2].

No contristéis al Espíritu[3], que no se apague la llama cuando todo se entibia, el Señor dice a los tibios los vomitaré de mi boca[4]. La filosofía popular pide «hacer el bien sin mirar a quién». Nuestro Señor manda hacer el bien sin acepción de personas[5]. Cuando des limosna que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha, para que tu limosna sea en secreto; y tu padre que vive en lo secreto, te recompensará[6] por trabajar en su viña como obrero fiel.

Si hemos recibido la gracia del Espíritu Santo, hagamos como la Virgen María después de la Anunciación, que dijo: «Mi prima es tan mayor, está sola y encinta» y corrió a ayudarla[7]. Quizá no podamos acompañar a todos en su soledad a causa de los kilómetros, pero tal vez sí es posible una carta, una llamada. No sea que un día Dios, como a Caín, nos pregunte: ¿Dónde está tu hermano?[8], y nos demos cuenta tarde de que hemos matado a Abel con nuestra indiferencia cruel. Nuestra naturaleza es social. Somos miembros unos de otros, no debemos permitir ser disociados de las instituciones naturales y espirituales, contexto establecido por el Creador, en el cual cada uno está llamado a multiplicar los talentos confiados. Porque la gracia supone la naturaleza, a la que sana y sobre la que edifica la santidad. Debemos estar alerta y ponernos al abrigo de la desastrosa desnaturalización por disociación y «desasociación» del ser humano.

Recordemos una consigna que conoce todo buen legionario, y que debe practicar aún mejor un requeté. Al grito de «¡a mí la legión!» el legionario acude con razón o sin ella, como sangre a la herida. O como aquel soldado que se acercó a salvar a su amigo herido en medio de los peligros. Su amigo falleció, pero el soldado contó que: «A pesar de todo valió la pena, porque cuando llegué hasta él, aún estaba vivo y tuve la satisfacción de oírle decir, ‘sabía que vendrías’».

Soledad mística o elogio de la soledad

Ahora, aunque parezca paradójico haré un breve elogio de una soledad, que es muy distinta a la que hemos tachado de peligro y que, muy al contrario, es buena y necesaria para las almas que Dios quiere unir más íntimamente a Él. Es el caso de la soledad mística y fecunda de contemplativos y anacoretas, a quienes Dios llama a acrecentar los vínculos con Él, en el silencio. Aunque existen esas vocaciones particulares, Dios nos llama a todos a estar a solas con Él, regularmente: Te llevaré a la soledad y te hablaré al corazón. Son tiempos reservados exclusivamente para ello los ejercicios espirituales y retiros, cuando, dejando el comercio humano, el alma entra en las dimensiones divinas. Lejos de los ruidos del mundo que aturden el alma, se puede oír en el silencio la voz del Verbo y entrar en una misteriosa soledad sonora, en cuyo silencio resuena la Palabra del Padre Eterno.

Esta soledad permite ver desde las alturas, desde el punto de vista del Padre, sub specie æternitatis, y así entender la razón de muchas cosas que no encuentran explicación meramente humana. Esa soledad capacita para amar desde lo alto de la cruz a cada uno de los prójimos que tanto ama Jesús y que a nosotros humanamente nos puede resultar heroico, pero la gracia y el ejemplo de Nuestro Señor nos alientan a realizar el acto más grande de amor que es dar la vida por los hermanos. Este es mi mandamiento: Amaos los unos a los otros, como Yo os he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando[9]. San Pablo nos lleva a ir más allá en la caridad con su ejemplo, pues quiso y aceptó ser anatema por amor a sus hermanos, a su pueblo[10]. Múltiples son los motivos, y ocasiones sobran, para alejarnos del prójimo, o apartarlo de nosotros. Entonces debemos discernir cuál es el espíritu que nos mueve[11] y si de verdad hay causa proporcionada y es la prudencia cristiana la que nos llama a un necesario alejamiento. Así como se requiere para la reflexión un cierto reposo, lo que los filósofos llaman ocio filosófico, es imprescindible la soledad para el comercio espiritual con Dios, la oración, la contemplación para entrar en esos misterios divinos. A los mismos esposos recomienda San Pablo que de vez en cuando se retiren a la soledad para hacer oración, precisamente para fortalecer con gracias especiales sus vínculos de amor.

La soledad mística impide el vacío que tanto aborrece la naturaleza física, porque, en el mundo del espíritu, también existe ese horror vacui. El vacío tampoco existe para el espíritu y el alma, antes bien, el alma debe llenarse de Dios en la oración silenciosa, como ha enseñado Nuestro Señor: Cuando ores, retírate a tu alcoba, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará[12]. En cambio, quien no reza ni medita, ni contempla, verá cómo su alma se llena de fantasmas, sombras y demonios que entran por las brechas que abre la fragilidad humana. Después, para acallarlos, la seguridad social se encargará de noquear químicamente a tales personas, adictas a los narcóticos cibernéticos. La imaginación es la loca de la casa, que a tantos enajena y lleva a la soledad. Para espantar esos fantasmas es necesario confrontarlos con la realidad, la ayuda de un médico sabio y un buen amigo, un poco de sentido común y la gracia de Dios.

No hay soledad para el alma que tiene a Dios por esposo. La soledad, como la viven las almas virtuosas, aporta una libertad especial para amar y servir, rezar y sufrir, por amor a Dios y al prójimo. Es un trampolín que lleva a una comunión tan perfecta, presente y actual que no la podemos calificar de soledad. Como Moisés, suben al Sinaí para encontrarse con Dios en la nube. Si Jesucristo se alejaba de sus hermanos era «para estar a solas», pero con su Padre. Únicamente estuvo solo cuando sintió su abandono en la cruz. ¿Quieres saber la causa por la cual el Padre lo abandonó? Porque Jesús descendió al infierno de la soledad, separado incluso de su Padre por amor a ti —ya le había dejado su Madre a San Juan, ¡y a ti!—, tomando tu lugar, haciéndose pecado[13].

Somos sarmientos humanos injertados en una Vid eterna y corre por nuestras venas la savia divina de la gracia[14]. Permaneced en mí, como yo permanezco en vosotros. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en Mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de Mí, nada podéis hacer. Pero el que no permanece en Mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde. Si vosotros permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo obtendréis. La gloria de mi Padre consiste en que deis fruto abundante, y así seáis mis discípulos. Como el Padre me amó, también Yo os he amado a vosotros. Permaneced en mi amor. Dios quiera que podamos decir siempre con San Pablo que nada puede separarnos del amor de Cristo[15], que no nos aparten de Él ni las tribulaciones más espantosas y en la gloria podamos gozar la victoria: el amor es más fuerte que la muerte[16].

Hay mucho que restablecer, hay mucho que unir. Avancemos como servidores de Nuestro Señor Jesucristo. Todos estamos invitados a la gran boda del cielo. Debemos llegar con ese vestido de gala, del que la gracia nos reviste. Que arda en nuestros corazones la virtud de la caridad, que no se apague su fervor, así, no arderemos como sarmientos secos en un fuego siniestro y eterno. Recordemos: ¡Ay del que está solo! (Continuará).

P. José Ramón Ma. García Gallardo

[1] Mt. V, 45.

[2]Mt. V, 16. Así brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.

[3]Ef. IV, 30.

[4] Apoc. III, 16.

[5] St. II, 9.

[6] Mt. VI, 4.   

[7] Lc. I, 39.

[8] Gen. IV, 9. 

[9] Jn. XV, 12-14.

[10] Rom. IX, 3.

[11] Lc. IX, 55. Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén, y envió mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada; pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén. Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma? Pero volviéndose, les reprendió y dijo: No sabéis de qué espíritu sois. Porque el Hijo del Hombre no ha venido a perder a los hombres, sino a salvarlos. 

[12] Mt. VI, 6.

[13] II Cor. V, 21.Por nosotros hizo Él pecado a Aquel que no conoció pecado, para que en Él fuéramos nosotros hechos justicia de Dios.

[14] Jn. XV, 4-9.

[15] Rom. VIII, 38-39.

[16] Cant. VIII, 6.

Deje el primer comentario

Dejar una respuesta