«Vae soli», ¡ay del que está solo! (y VII): comunión espiritual

No existe tiempo, ni papel, suficiente para enumerar tantas soledades, consolar, reconfortar y acompañar cada una. Solo Dios puede llenar todos los vacíos y estar con todos y en todos por su gracia, que la deseo plena de caridad junto a los tuyos en esta Navidad

«La entrada de los santos en el Paraíso», por Fra Angelico

Cuando te sientas derrotado y, como los discípulos de Emaús, consideres que todo está ya perdido y regreses a tu casa cabizbajo y compungido, mientras el mundo, con su príncipe, se ríe y se burla al verte confundido, recuerda que Dios ya ha vencido. Recuerda que la victoria de la Pascua es la suya y es la nuestra, que nunca seremos tentados más allá de nuestras fuerzas[1] y si la escatología invade tu ánimo con derrotismos, no olvides que Él será compasivo y esos tiempos serán reducidos para que no perezca la esperanza ni la caridad de los escogidos[2]. Los discípulos de Emaús cuando vieron que Nuestro Señor, llegando a su aldea, seguía su camino, le rogaron: Mane nobiscum Domine, quoniam advesperascit: Quédate junto a nosotros porque se hace tarde.

Que mis palabras en la Misa, Dominus vobiscum, pronunciadas hoy en el ocaso de la historia, sean una realidad. Ahora os pregunto: y vosotros, ¿estáis con Él? Nuestro Señor estuvo en la cruz en compañía de San Juan, de María Magdalena y de su Madre, la Virgen Santísima, maestra de soledades. Santa María vivió la soledad de la viuda, la ausencia de su seguro guardián, de su amoroso y fiel esposo. Nuestra Corredentora, que vio morir a su Hijo en la cruz, comprende como nadie a tantas madres que, como Raquel, lloran a sus hijos que ya no están[3]. La Virgen Santísima que perdió a su Hijo tres días hasta reencontrarlo en el Templo de Jerusalén, comprende bien la angustia y soledad de todas ellas. Que les conceda paz y consuelo, encontrando a Jesús oculto en el Tabernáculo hasta que, así como que Ella en su asunción se reunió con su Hijo, las madres que lloran se reúnan con sus hijos para siempre en el templo celestial y allí, en la danza de los elegidos, le preguntarán a la muerte que los quiso separar: ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria?[4].

De la soledad mortal nos viene a librar el Señor en esta Navidad. ¿Qué hubiera sido de ti y de mí si Dios nos hubiera dejado solos? ¡Un infierno, que no son Cien años de soledad sino una eternidad! Muy solo está en muchos sagrarios, esperando un momento de compañía, pues las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo tienen nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza[5]. Para paliar esa soledad, acércate a Él unos instantes y si ese mismo amor que a Él le trajo hasta ti, también te anima, pregúntale si Él conoce a alguien, cerca o lejos de ti, que se haya quedado solo para ofrecerle tu cercanía cristiana, fraterna y espiritual, y hacerle el regalo de tu proximidad.

Por mi parte quiero que sepas que no solo en las tres Misas que celebraré en esta Navidad, sino en todas las demás, pido al Señor en el memento de los difuntos por aquellos que están solos y, a menudo, olvidados, purificando sus almas en la eternidad. Sé que, en muchos hogares, en la cena de Navidad, irremediablemente algunas sillas se hallarán vacías; ante ellas se anuda la garganta y se encoge el corazón, por eso, estos días alegres, para muchos serán los más tristes. Si te has percatado de que no están en la mesa es porque están en tus oraciones, en tu memoria y en tu corazón y te unirás a ellos en el banquete de la comunión, cuando recibes a Nuestro Señor. En el memento de los vivos rezo por todos aquellos que están solos en esta vida y, especialmente durante estas fiestas, para que no lo estén. ¡Cuántas soledades, unas inocentes, otras culpables, unas forzadas, otras sobrevenidas! Evita que en las próximas reuniones de Navidad, y en todas las demás, que ninguno de los ancianos se vuelva invisible o que alguno de los presentes sea el convidado de piedra[6]. Que tus ojos, absortos en la pantallita, tengan la caridad de mirar a la cara. La caridad es la crema y nata de la educación cristiana y, nada tiene que ver con el protocolo farisaico de la educación mundana.

No existe tiempo, ni papel, suficiente para enumerar tantas soledades, consolar, reconfortar y acompañar cada una. Solo Dios puede llenar todos los vacíos y estar con todos y en todos por su gracia, que la deseo plena de caridad junto a los tuyos en esta Navidad, para que sea un día de victoria sobre el-que-desparrama, triunfo de Aquel que, tras el juicio último y definitivo, nos congregará en su Reino. Mientras tanto, siguiendo a Cristo Rey vamos haciendo lo que podemos y Él hará después el resto, como en todos los milagros.

Con alegría vivo mi vocación sacerdotal, cumpliendo las misiones encomendadas con entusiasmo, por ejemplo: imparto la bendición nupcial, que como cada gesto sacramental es un signo contrarrevolucionario por antonomasia, porque realiza exactamente lo contrario de la revolución: une y no divide. Cada día ofrezco al Padre Eterno, en el altar de la santa misa, el cáliz de salvación, gracias al cual podemos decir que hemos sido reconciliados[7]. Las palabras de la consagración son el núcleo vital y piedra angular de nuestra civilización católica. En realidad, cada sacramento acrecienta la comunión. El bautismo, le da nuevos hijos a Dios Padre y hace de cada cual un heredero del cielo; por las gracias de la confesión se restablecen los vínculos de caridad del alma con Dios; en la santa comunión, Jesús se une con cada alma. ¡Todo lo contrario de la revolución! porque Dios no quiebra, no divide ni separa. Por el orden sagrado, quienes pertenecen a los eunucos de tercer grado[8], debido a la paternidad espiritual, están llamados a servir al que congrega y no desparrama, a ser puentes que unen la tierra con el cielo, las almas con Dios. Que la Santísima Virgen preserve esos puentes del odio infernal, de sus dinamitas y misiles.

Por eso, querido Pelayo, te exhorto en estas líneas a que no des cabida en tu vida al-que-divide. Y mientras sigo rezando en el altar, trabajo para que venga a nosotros su reino, el reino de Dios y su justicia[9]. Debemos buscarlo en prioridad, con la esperanza de que Dios nos conceda la añadidura de ver restablecida la monarquía católica, cuando en su misericordia infinita considere que lo merecemos: Que haya un solo rebaño y un solo Pastor[10], que se congreguen y unan los pueblos, sociedades públicas y familiares, todas aquellas que se disuelven a causa de la democracia. Unidos en comunión el Altar y el Trono se restaurará todo en Cristo[11].

El Jesús de ayer, hoy y siempre[12] te invita: porque era huérfano y no me dejaste abandonado; porque fui viuda y me protegiste; porque estaba enfermo y me visitaste[13]; prisionero y humillado y de Mí no te avergonzaste; desnudo y me vestiste; en la miseria y me auxiliaste; hambriento y me alimentaste; equivocado y me corregiste; perplejo y me aconsejaste; peregrino y me hospedaste; deprimido y me consolaste; ofendido y perdonaste; desesperado y me reconfortaste; te di una orden y con un fiat acataste mi mandato; porque supiste amar como Yo te he amado, aprendiste a dar la vida por tu hermano; porque los ojos de tu caridad alcanzaron a ver el más allá de la creatura. Así como aquella vez en Belén, por tus actos, la encarnación se perpetúa en el pesebre de tu alma. Es así como estás en comunión conmigo, porque en tus obras encarnas mi voluntad. No me he encarnado y hecho hombre solamente en un momento de la historia; la encarnación la transciende, se prolonga en los tiempos, la Vid crece en sus sarmientos[14], se actualiza, se expande y desarrolla, en cada vida y corazón, llevando a la plenitud en cada uno lo que falta a mi obra[15]. Así podrás ofrecerme la grata y consoladora delicia de holgarme con los hijos de los hombres[16]. Mi palabra es fiel y Yo te lo prometí: estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo[17]. Por eso puedes decir con San Pablo: Es Cristo que vive en mí[18]. Sí, verdaderamente soy Yo quien vive en ti. Conmigo ya no estás solo, ni Yo solo contigo. No me abandones. Ahora vives en Mí. ¡Gracias, gracias por no dejarme solo!».

P. José Ramón Ma. García Gallardo.

[1] I Cor. X, 13.

[2] Mt. XXIV, 22.

[3] Jer. XXXI, 15.

[4] I Cor. XV, 55.

[5] Lc. IX, 58.

[6] Expresión popularizada por la obra de Tirso de Molina, El burlador de Sevilla o el convidado de piedra.

[7] Rom. V, 9: Mucho más, pues, siendo ahora justificados por su sangre, seremos por Él salvados de la ira.

[8] Mt. XIX, 12.

[9] Mt. VI, 33.

[10] Jn. X, 16.

[11] Instaurae omnia in Christo: es el lema pontificio de San Pío X, dado por San Pablo a los cristianos de Éfeso Ef. I, 10.

[12] Heb. XIII, 8.

[13] Mt. XXV, 36.

[14] Jn. XV, 5.

[15] Col. I, 24: Ahora me alegro de poder sufrir por vosotros y completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, para bien de su Cuerpo, que es la Iglesia.

[16] Prov. VIII, 31.

[17] Mt. XXVIII, 20.

[18] Gal. II-20.

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