Mis queridos correligionarios, en todos los rincones donde estamos hombres valerosos que, sin complejos ni tapujos, nos llamamos primero monárquicos y, porque nuestra monarquía es auténtica, carlistas.
Este año el mundo nos ha dejado momentos de análisis titánicos, que nos obligan a reafirmar nuestra condición de tradicionalistas. Mientras el sistema moderno se desmorona en su propio vacío, nosotros seguimos en la contracorriente, buscando cómo permanecer de pie en un mundo que insiste en alejarnos de lo eterno.
La Navidad nos recuerda que la verdadera fuerza no está en los palacios del poder ni en las modas pasajeras, sino en un pesebre humilde donde yace nuestro Salvador hecho neonato. Allí está nuestro eje, nuestra razón de ser y nuestro destino.
Los enemigos —y también los falsos semejantes que repiten consignas ajenas— nos acusan de sostener ideas anticuadas, inútiles para la sociedad actual. Pero, ¿qué sociedad es esa que corre sin rumbo, que confunde progreso con desarraigo y libertad con servidumbre?
Nadie esperaba que el Salvador viniese en un pesebre. Así también nuestro movimiento, que es la restauración política y filosófica de los hispanos, parece pequeño a los ojos del mundo, pero es tan grande como ese pesebre y tan noble como el burro que llevó a la Virgen. Lo que ellos llaman atraso es, en realidad, la semilla de la verdadera esperanza.
En resumen: ¡Feliz Navidad, mis queridos carlistas y margaritas de Las Españas! Que la humildad del pesebre nos recuerde que lo eterno no necesita disfrazarse de novedad, y que nuestra lucha es tan legítima como la fe que nos sostiene.
José Alí Egües, Círculo Tradicionalista Pedro Menéndez de Avilés
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