El colapso de la formación religiosa en República Dominicana

Hace un par de semanas atrás, ocurrió un evento que causó cierto debate y discusión dentro de ciertos sectores de la sociedad dominicana. La hija del Presidente Abinader, Graciela Abinader Arbaje, anunció de manera directa que ella había «dejado de creer en la religión como se cree en República Dominicana». La hija del presidente decidió tomar las redes sociales para hablar sobre sus opiniones sobre la teología y la religión. En dicho vídeo, de dos minutos en longitud, ella abarca diferentes temas que nos da cierta perspectiva sobre el estado actual de la religión en la primogénita de la Iglesia en América.

La hija del presidente empezó explicando cómo ella se sentía desilusionada con cómo es la religión organizada dentro de Santo Domingo. Hay que tomar nota acá de que cuando ella se refiere a «religión organizada», se está refiriendo al catolicismo, ya que es la religión de sus padres en la cual ella fue criada. Ella continúa explicando que, en su opinión, el entrenamiento que el clero estadounidense debe tener para poder ejercer su ministerio es mucho más riguroso comparado con la formación religiosa que recibe el clero dominicano. No nos debería sorprender que ella llegue a dicha conclusión, ya que recibió su educación en la Universidad de Georgetown, la más antigua universidad católica de los Estados Unidos de Norteamérica. A pesar de que dicha institución ha sido mayoritariamente secularizada y la formación religiosa que impartan allá generalmente no se pudiera llamar ortodoxa en definitivo, ya que los profesores en dicha institución no están requeridos a declararse fieles al magisterio de La Iglesia, su antigüedad todavía le otorga respeto entre muchos. Volveremos a este comentario más adelante.

Para la Sra. Graciela, una de las principales formas en las cuales las deficiencias del clero dominicano más se reflejan es en la exégesis bíblica y cómo se predica las sagradas escrituras dentro del país. Es aquí donde nos encontramos los comentarios más curiosos de dicho vídeo. Para explicar su punto, utiliza la carta encíclica del Papa Pío XII «Divino Afflante Spiritu» sobre la traducción y lectura de la Biblia, de la cual ella deduce «tres verdades». El primer y tercer punto son prácticamente reiterando lo que dice la Iglesia sobre la importancia de figuras literarias y la verdades culturales de la época, pero es en el segundo punto donde encontramos una conclusión problemática. Acá la Sra. Graciela malinterpreta el énfasis que hace Pio XII en entender el contexto histórico de la Biblia a significar que uno no puede interpretar la Biblia y aplicarlo a las verdades del siglo XXI. En otras palabras, las enseñanzas morales de la Biblia no tienen autoridad para regir el mundo moderno y se reducen a un libro histórico.

Esta idea no es nada nueva, ya que lleva siendo propuesta por autodenominados «librepensadores» e «ilustrados» desde los siglos XVIII y XIX. A pesar de esto, esta proposición es completamente incorrecta, ya que fue condenada como un error por el Papa Pío IX en las proposiciones 5, 7 y 13 de su «Syllabus de Errores». Esta condena también fue reafirmada por el Papa San Pío X en su encíclica «Pascendi», en el cual declaró: «…con esto, sin duda, el desarrollo de nuestros conocimientos, aún acerca de la fe, lejos de impedirse, antes se facilita y promueve. Por ello, el mismo concilio Vaticano prosigue diciendo: «Crezca, pues, y progrese mucho e incesantemente la inteligencia, ciencia, sabiduría, tanto de los particulares como de todos, tanto de un solo hombre como de toda la Iglesia, al compás de las edades y de los siglos; pero sólo en su género, esto es, en el mismo dogma, en el mismo sentido y en la misma sentencia». Esto significa que, aunque los tiempos cambien con nuevos desarrollos científicos o intelectuales, las enseñanzas morales y espirituales de la Biblia siempre se mantienen firmes y universalmente aplicables a través de los dogmas de la Iglesia. Esto obviamente incluye temas morales contemporáneos como el aborto, por la cual la Sra. Graciela ha mostrado apoyo público en el pasado.

A pesar de sus conclusiones erradas en dicho tema, hay algo que la Sra. Graciela mencionó previamente lo cual no puede ser ignorado y debe ser respondido con seriedad absoluta, ya que es una realidad que se puede ignorar. Es una verdad innegable que la formación religiosa del clero dominicano ha sufrido un declive muy fuerte dentro de los últimos 50-60 años. Dentro de lo litúrgico, lo teológico y lo intelectual, la Iglesia en Santo Domingo ha estado en una retirada constante que le ha hecho perder respeto y credibilidad entre la población dominicana. Las frustraciones superficiales de la Sra. Graciela no existen en un vacío, sino que representan la desilusión de muchos dominicanos, especialmente entre la juventud, ante los fallos de la Iglesia de cumplir con su misión. Este colapso espiritual que estamos viviendo tiene muchas de sus raíces en los cambios que empezaron a ocurrir dentro la iglesia dominicana en las décadas de los 60 y 70 en vista a los cambios que vinieron tras el Concilio Vaticano II y su aplicación en Iberoamérica.

Como muchos de nosotros sabemos, el tema principal que debatieron los obispos fue cómo responder a los cambios que traía el mundo moderno y cómo implementar prácticamente dicha respuesta. En vez de reafirmar y robustecer la doctrina católica los obispos decidieron dejar las puertas abiertas a nuevas teorías y filosofías que anteriormente habían sido condenadas. Esto se hizo bajo la premisa de «abrir las ventanas» de la Iglesia. En vez de dejar entrar la primavera, se dejó entrar el invierno duro. En resumen, los obispos promulgaron nuevas definiciones sobre diferentes temas doctrinales que acabaron siendo una ruptura con lo que la iglesia previamente predicaba, lo cual mostraremos en breve.

Esto naturalmente tuvo un impacto profundo en la Iglesia dominicana, que sólo recientemente había terminado su propia reconstrucción después de sufrir numerosas tragedias tras los sucesos del siglo XIX. Muchos de los sacerdotes más jóvenes de Santo Domingo, renegando la formación hispánica y escolástica, optaron por leer teólogos como Maritain, Congar, Rahner, de Lubac e incluso no católicos como Bultmann y Barth. Varios de estos teólogos pertenecían al movimiento denominado el «Nouvelle Théologie» o «Nueva Teología». Esta línea de pensamiento tenía como objetivo superar la filosofía escolástica católica medieval a favor de metodologías más modernas que incidentalmente estaban más alineadas con el protestantismo y el liberalismo. Sus propuestas incluían cosas como: El empleo de filosofías modernas como el kantismo y el personalismo en los estudios teológicos, un mayor énfasis en el uso de la Biblia y los primeros padres de la Iglesia como fuente primaria al margen de las tradiciones teológicas subsecuentes y finalmente una cosmovisión más antropocentrista en las reflexiones teológicas en vez de teocentrista. Estas propuestas fueron condenadas por el Papa Pío XII en su carta encíclica «Humani generis», en el cual declara la Nouvelle Théologie como herética y sus proposiciones cómo contrarias a las previas declaraciones de San Pío X en Pascendi.

A pesar de esto, tras la muerte de Pío XII, estos teólogos fueron llamados a Roma para jugar papeles claves en el concilio. Muchos de estos sacerdotes dominicanos liberales jugaron papeles claves durante la Guerra Civil Dominicana de 1965 en donde, con la ayuda del Nuncio Apostólico, apoyaron la restauración de la constitución laicista y anti católica promovida por el expresidente Juan Bosch. Estos sacerdotes fueron exitosos en legitimar la revolución para ciertos sectores de la población y fueron exitosos en ocupar templos prominentes que fueron anteriormente abandonados tras el inicio del conflicto. Durante la guerra, manifestaron lo que habían leído y aprendido de los teólogos errados a través de cómo ejercieron su ministerio. Cuando asistían a su labor social, lo hacían bajo la premisa de «justicia social» en vez de la caridad cristiana. Como algunos sabrán, la caridad cristiana nos enseña amar a todos simplemente por ser creados por Dios, este amor al prójimo tiene como objetivo final la salvación de su alma para que pueda disfrutar la visión beatífica en la eternidad. Pero para los sacerdotes modernos, esto no era suficiente. Ellos seguían una concepción antropocéntrica y errada de la dignidad humana en la cual el amor al prójimo tiene como objetivo final el mejoramiento de la humanidad en sí, sin algún énfasis fuerte en la salvación de las almas. En la práctica, eran más activistas sociales que sacerdotes.

Concluida la guerra civil, muchos de estos sacerdotes continuaron siendo abanderados de la revolución pero dentro de un marco espiritual, asistidos por las nuevas directrices del concilio. Es acá donde muchos antecedentes de lo que eventualmente fue la teología de la liberación fueron concebidos. Estos sacerdotes, continuando las teorías antropocéntricas que salieron del concilio y que fueron reforzados por la implementación práctica del Documento de Medellín promulgado por los obispos hispanoamericanos en el 1968, se adscribieron a la idea de que los pobres y lo que ellos se referían como «El pueblo de Dios» tenía prioridad absoluta. Estas ideas fueron más allá de ayudar a los necesitados y resultó en un desmantelamiento de muchos aspectos de la religión católica. La santa Misa dejó de ser el ofrecimiento del sacrificio reverente de Cristo en el Calvario y se volvió un mero banquete para los fieles, por ende la liturgia fue arrasada para apelar al hombre moderno. El sacerdote católico dejó de ser el único ministro del sacerdocio de Cristo en la tierra y se convirtió en nada más que el que «preside» sobre la asamblea del «pueblo de Dios», en donde todos participan del «sacerdocio común».

La teología moral católica, anteriormente basada primordialmente en la ley natural con la Biblia actuando como sustentación de fondo, fue radicalmente transformada para utilizar solamente la Biblia como la autoridad moral con poca referencia a la tradición. La evangelización para traer almas a la única Iglesia de Cristo fue rechazada y el diálogo entre sectas anteriormente condenadas se prioriza, este resultado tendría repercusiones fuertes en la fábrica moral dominicana. Este diálogo ecuménico se manifestó en la forma de grupos como «Cristianos Comprometidos», un grupo activista compuesto por ambos católicos y protestantes que abogaban por la «liberación del hombre y de La Iglesia en contra de la opresión». Una de las formas más notables que percibía que podía completar su misión es a través de la abolición del concordato y el establecimiento de un estado laico como propuesto por Maritain. Este sería una de las primeras instancias en donde los luteranos entran a la política dominicana, lo cual solo incrementa después de aquí. Tras la lenta evaporación de la mayoría de los sectores más ortodoxos de la Iglesia dominicana en las décadas de los 70 y 80, estos sacerdotes lentamente llegaron a posiciones de poder e influencia de donde pudieran implementar más y más de su ideario.

No se tiene que decir mucho sobre los frutos de la Iglesia gobernada por este grupo, porque los resultados hablan por sí mismos. La cantidad de católicos dentro del país ha caído notablemente, la presencia de la juventud en los templos está en declive continuo y la iglesia se retira más y más de la vida pública. Todo esto ocurre mientras las iglesias protestantes y la irreligiosidad continúan ganando territorio cada día. Es muy claro para quien sea haga un estudio básico de este tema que las teorías que salieron de esta gran revolución teológica han hecho de la Iglesia más pequeña y más dividida. Junto a esto, ha causado que muchos del rebaño la abandonen tras sentirse escandalizados o desilusionados. A pesar de eso, la Iglesia Católica, aunque se encuentra en un momento turbio, sigue siendo la Iglesia de Cristo entregada a San Pedro, preservada por sus sucesores y enriquecida por los santos. Sigue siendo la religión que le dio luz al pueblo dominicano y que sirvió como su única protección durante los momentos más oscuros. Lo que siempre ha sido verdad nunca dejará de serlo. Es por eso que ahora más que nunca hay que trabajar para restaurar completamente la iglesia en la teología, en la liturgia, en la apologética y en la política. Solo así se puede tener alguna garantía de nuestro futuro. Como dijo Manuel Arturo Peña Batlle: «Los pueblos como los hombres, cuando no viven del espíritu y para el espíritu, mueren para siempre».

Enrique Lithgow, Círculo Tradicionalista Pedro Menéndez de Avilés

Deje el primer comentario

Dejar una respuesta