Decía Karl Marx que la historia sucede dos veces – la primera como tragedia y la segunda como farsa –, pero lo cierto es que podría decirse que hay determinadas dinámicas que se presentan sin cesar en nuestra realidad. Una de las más características es, por desgracia, el posibilismo, pero no ya en su vertiente conservadora, en virtud de la cual se nos reclama a nosotros, los carlistas, que cedamos en nuestro integrismo – ¡bendito vicio! –, en pro de una unión de fuerzas que, sin saber muy bien cómo, por la anulación de las virtudes de todas las partes – tengamos esa delicadeza con lo que de virtud quede entre los católicos liberales –, traería consigo una fuerza lo suficientemente numerosa como para imponerse en el Estado a través de las elecciones, sino en una versión mucho peor, y es la que podríamos denominar como el posibilismo fascistoide.
En esencia, los errores, vienen a ser los mismos. Primeramente, una obsesión casi enfermiza con la acción, tal y como si el principal objetivo de una organización política fuese sacar a sus miembros del aburrimiento y la molicie que el sometimiento prolongado a éste puede producir. Así, es urgentísimo que los militantes de estos grupos se den a cualquier tipo de actividad pública, y cuanto más mediática, mejor.
Esto nos lleva al segundo error: el énfasis en la cantidad por encima de la calidad. La fuerza deja de medirse, entonces, por las auténticas cantidades de manos, intelectos y compromiso disponibles, sino, casi al modo de un moderno influencer, por la capacidad de suscitar emociones en las masas y en los militantes, de quienes se espera que cumplan con su sacrosanto deber de hacer bulto y gritar hasta la extenuación. Igual que antes: cuanto más, mejor.
De tal modo, se llega a un tercer error, el cual es, quizás, el de mayor profundidad, y es la ambigüedad doctrinal, puesto que los grupos de estas características, del mismo modo que los católicos liberales, no pueden permitirse una coherencia mayor que la de la más incoherente de sus partes. Buena muestra de esto es el terreno de las proclamas y lo simbólico, donde se aglutinan camaradas con Arribas a España y Vivas a Cristo Rey, de manera que, a la hora de la verdad, la tradición queda reducida a una mera estética que sólo tiene como finalidad prestigiar que la solución a la manipulación social que sufrimos a diario es, también sin que se sepa muy bien cómo, una cirugía social totalitaria todavía más intensa. A fin de cuentas, el reinado social de Nuestro Señor Jesucristo es una consigna demasiado atractiva como para dejarla pasar, y más cuando nadie hace nada – ¡o eso nos han dicho! –.
Uno podría seguir poniendo sobre la mesa los errores de esta tendencia y, al final, tampoco se diría nada nuevo, puesto que es la historia de siempre: legitimar el liberalismo, en este caso el de raigambre fascista, con poesías que prometen y tradiciones que ni se comparten ni se entienden, sino que vilmente se instrumentalizan. No seré yo quien diga que España no sea una unidad de destino en lo universal – sea lo que sea eso –, pero lo que sí me atrevo a decir es que nosotros, los carlistas, a diferencia del resto, no tenemos prisa, puesto que nuestro objetivo no es la conquista del Estado, sino la reconstrucción de las Españas, y eso, enemigos nuestros, no es tarea de una sola generación.
Por último, es oportuno recordar que nuestra causa lleva viva doscientos años, pero dos milenios de Iglesia – de civilización, de cultura, de arte, de tradición – son los que nos sustentan. Así que, por favor, aunque sea por respeto humano, no nos hagan comulgar con ruedas de molino, y menos con unas tan gastadas.
Julio Barrau, Círculo cultural Antonio Molle Lazo
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