El Presidente de Venezuela ha sido capturado en el marco de una operación militar conducida por los Estados Unidos de América. En estos momentos es incierto si el régimen ha caído o no. Y las consecuencias son imprevisibles.
La Iglesia condenó en el Syllabus el principio de no intervención, de tal manera que −en una primera aproximación− no se trata de rechazar como principio cualquier intervención. La razón de la condena no residía sino en que el mismo articulaba y reflejaba el liberalismo en el orden internacional. Nuestro llorado Alberto Ruiz de Galarreta lo recordó con frecuencia en sus colaboraciones periodísticas. El principio de no intervención fue acogido en la Carta de las Naciones Unidas. A lo largo de las últimas décadas, sin embargo, se fue abriendo camino un nuevo paradigma, el del deber de injerencia humanitaria. ¡Que también respondía a la ideología liberal en el campo internacional, al poner los derechos humanos por fundamento de dichas intervenciones! Ambos «principios» han coexistido desde entonces en la legislación internacional. Difícil situación, pues.
Los Estados Unidos han hecho de la prepotencia el eje de su política. Desde siempre o, al menos, desde que han podido. Porque la prepotencia implica no sólo querer, sino también −lo dice el término− poder. No hablaremos ahora de Ucrania (y Rusia), Palestina, Irán o Siria. En todos estos casos el comportamiento de los Estados Unidos, con distintas Administraciones (como ellos las llaman), ha sido desconocedor del derecho internacional positivo y de los conductos diplomáticos. De manera indisimulada, con presidentes como Trump, o más discretamente, con algunos de sus predecesores. Pero el derecho positivo puede ser contrario al derecho natural y a las exigencias de la justicia. No se trata, pues, de enarbolar la bandera del positivismo, sino la de la justicia, que incluye normalmente el respeto a la ley. Lo mismo ocurre en el caso que nos ocupa. Los Estados Unidos intentaron un golpe contra Hugo Chávez, que enloqueció y radicalizó su política. Tras su muerte, el sucesor, Nicolás Maduro, evidenció de manera burda sus dependencias. También las sospechas de fraude. No parece, tampoco, que el bien común estuviera siendo promovido por el régimen venezolano. Muchos venezolanos han sufrido mucho: ¿cómo no solidarizarnos con ellos? Pero, ¿pueden los Estados Unidos intervenir de la manera en que lo han hecho? ¿Pueden seguir actuando como un gendarme caprichoso y arbitrario? La rueda de prensa del presidente de los Estados Unidos no puede resultar más expresiva e inquietante. La oposición a Maduro tampoco es digna de apoyo. Como aquí, el mundo de las derechas –cobardes y valientes– exultante, está demostrando una vez más su descriterio.
Tiempo habrá, con sosiego, de profundizar y acaso matizar las reflexiones anteriores.
Agencia FARO
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