«Tosca», de Puccini, el principio de inversión y la gnosis anticristiana (II)

Recordemos que la alquimia y la gnosis son iniciáticas y, por lo tanto, tienden de forma inexorable a la discriminación y al supremacismo

Aquí la anterior entrega.

Los personajes principales, como en toda obra romántica, son hombre y mujer. También lo son como en todo trabajo alquímico; a saber, el alquimista y el ayudante, el elemento masculino activo o el sol y el elemento femenino pasivo, la luna[1].

¿Él? Cavaradossi, un pintor a imagen del intelectual volteriano, el hombre neumático que, visto desde una visión schopenhaueriana, busca su trascendencia a través del arte. Quiere huir del falso mundo fenoménico o el velo de Maya. Es, en alquimia, el azufre anímico, destinado a ser el sol de la reacción que encontramos en el Mutus Liber. Su leitmotiv es volátil, inquietante, en cierta manera inestable, ya que, al mismo tiempo que busca elevarse, muestra una adhesión al «terrible» mundo carnal. Y es, por un lado, esta necesidad de sublimación la señal de esta intuición o llamada de la memoria de la divinidad perdida. Pero, por otro lado, algo lo ata, lo mantiene sujeto a la telaraña de Maya y lo que lo aprisiona es ella, la piedra tosca, la materia, el símbolo de la serpiente, el eón femenino caído. Conozcámosla.

¿Ella? Tosca, de nuevo una artista, cantante de ópera; pero esta vez un personaje diferente al primero, pues ella es mujer y ya se sabe que para los gnósticos… Es bella pero celosa, profundamente enamorada de Cavaradossi pero también muy devota de la Virgen y, como ya hemos dicho, el personaje que lo ata a él al mundo material, a la «voluntad de vivir» en términos también de Schopenhauer. Ella es la dualidad de la materia: por una parte es el plomo, el Saturno que aprisiona al artista, la piedra bruta, la parte fija destinada a ser purificada, llamada a ser también el principio femenino, la otra cara del personaje, la luna o la plata. Por eso, por esta marcada dualidad, tiene dedicados dos leitmotivs: un primero referido a su belleza, simbolizada en los ojos oscuros (melodía de oído bella pero sencilla) y un segundo motivo que evoca su celosía o impureza (cuya música también va en consonancia con ello).

Una mujer rubia es el tercer personaje de la trama. Aunque no es interpretado, ya que no sale a escena, se relata que la marquesa de Attavanti[2] habría organizado dentro de la iglesia, mientras aparentaba rezar, la huida de su hermano Angelotti —la figura política que huye de la prisión y precipita los acontecimientos—, escondiendo la llave de su capilla a los pies de la Virgen para que su hermano se refugie en ella. De nuevo, con la Virgen, se señala la parte femenina de la divinidad o la Sofía que nos ha hecho caer al mundo de la materia y que necesitamos para volver a la divinidad perdida. Por eso, el autor hace guardar allí la llave de la huida; dicho de otra forma, con eso nos representa la materia purificada o la sal, que será la pieza necesaria para que el catalizador dé inicio a la elevación.

La marquesa, como decíamos, es el modelo que el pintor ha tomado para interpretar una María Magdalena en aquella iglesia en el primer acto. Una pintura que representará el símbolo del mercurio femenino, el metal espiritual que según los alquimistas facilitará la transformación de la que nos habla el pensador pesimista alemán, y según los gnósticos acompañará al alma a su sublimación.

Dicen los alquimistas que si no hay fuego, la materia a trabajar es inútil y el mercurio ideal es solo un anhelo que vive en la imaginación. Esta flama tan necesaria, pues, es Angelotti, que según nuestra interpretación simbolizaría el ángel, el fuego divino, necesario para realizar el trabajo y el iniciador o la chispa que lo inicia en la primera fase de nigredo, allí dentro de la iglesia. Su leitmotiv encajaría perfectamente con una lengua de fuego que baja del cielo o la llama revolucionaria que llega para transmutar la sociedad y que análogamente pretende transformar a Cavaradossi. Así, el noble revolucionario, que es el primer personaje que aparece en la ópera, cuando se esconde en la capilla de la iglesia, enciende la mecha de lo que acontecerá y fuerza la aparición de la figura más famosa de la obra, junto con Tosca: el malvado Scarpia.

¿Qué podemos decir de este? Antes que nada, es uno de los arquetipos del católico que nos «cuela» Puccini: un hombre hipócrita, deshonesto, tiránico, despiadado, corrupto. Es el fuego impuro alquímico, el causante de la putrefacción y quien eliminará los restos pesados del trabajo. Es la Reina de la Noche de Mozart, es el Putin o el “terraplanista” de toda buena ingeniería social. Será, pues, el personaje que someterá a los dos elementos principales a la purificación durante la segunda fase, en el segundo acto.

Su leitmotiv es muy famoso y el más repetido en la ópera; consiste en los tres tonos del diablo que, según cuenta el cantante y divulgador Gabriel Urrutia[3], está compuesto en escala de tonos enteros. Este hecho le da, además del aire de contrariedad ya mencionado, un aire de magia negra cuando hace acto de presencia. Curiosamente, Puccini usa esta misma escala del leitmotiv de Scarpia, con variaciones, cuando en la ópera se hace referencia al escondite de Angelotti (recordemos, el catalizador bueno). De este modo, la música nos informa de que los dos catalizadores, los dos fuegos, aun siendo opuestos, tienen una circunstancia común: y es que trascienden la realidad visible, uno por divina y el otro por diabólica, y que, una vez utilizados, serán rechazados. Toda una declaración de intenciones para nuestros queridos políticos, tanto los que hacen de payaso arlequín como los que hacen de Canio o dramático.

Finalmente, no podemos olvidar a otro personaje: el sacristán. Este es el otro arquetipo del cristiano, es el Papageno de turno, el profano[4] que representa al sujeto atrasado y sin ambición o capacidad de ser un ser divinizado (no recibe el fuego). Recordemos que la alquimia y la gnosis son iniciáticas y, por lo tanto, tienden de forma inexorable a la discriminación y al supremacismo. En la caracterización de este personaje podemos verlo claro. El sacristán representa la materia totalmente fija o yerma y se limita a vagar por dentro de la iglesia en el primer acto, incapaz de comportarse como un cristiano como la doctrina manda. Su motivo es el único de toda la ópera de estilo buffo y hacia él se descargan el desprecio y la burla del compositor.

Continuará.

Joan Mayol, Bearn, en un agitado y ventoso atardecer de un día de enero de 2026


[1] Como explica Meinvielle, la misoginia es significativa en el mundo d los gnósticos. Freud y Charcot con sus experimentos con mujeres, a quienes atribuían las neurosis, son dos encarnaciones de su época.

[2] Obviamente noble, pues los conspiradores no eran del tercer estado, estaban más bien situados cerca de las élites, como lo estaban también en España.

[3] G. Urrutia. Tosca – Contexto histórico, argumento y análisis musical.

[4]  Derivado del latín pro (‘fuera’) y fanum (‘templo’); así, el profano es aquel que queda excluido de la iniciación.

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