En el lenguaje económico contemporáneo, el ahorro suele presentarse como una magnitud puramente cuantitativa, sometida a análisis estadísticos y a decisiones técnicas de política pública. Sin embargo, desde una perspectiva clásica y cristiana, el ahorro es ante todo una virtud moral[1], vinculada a la prudencia, a la previsión y al deber de responsabilidad hacia la familia y la comunidad. Allí donde se ahorra rectamente, se manifiesta un orden; allí donde el ahorro desaparece, suele haberse producido antes un desorden más profundo.
No es casual que la Doctrina Social de la Iglesia haya considerado siempre la economía como una dimensión subordinada al orden moral, y no al revés. El ahorro doméstico —moderado, finalista y orientado al bien de los suyos— ha sido históricamente una de las columnas invisibles sobre las que se sostenía la estabilidad social en España. Hoy, sin embargo, asistimos a su progresiva erosión. Erosión que, tal como ocurre con otras cuestiones, presenta un carácter multicausal, contradictoria en sus fundamentos, y hasta esquizofrénico.
La reciente propuesta del Gobierno español para diseñar cuentas bancarias que canalicen el «ahorro doméstico» hacia fines de autonomía estratégica europea (sic)[2] parte de un diagnóstico aparentemente sólido: el ahorro histórico agregado de los hogares sigue siendo elevado. Pero esta lectura tecnocrática desconoce el fondo moral y antropológico del problema.
Lógicamente, este anuncio parte de la consideración de una realidad objetiva: Según las Cuentas Trimestrales no Financieras de los Sectores Institucionales publicadas por el Instituto Nacional de Estadística (INE), la tasa de ahorro de los hogares españoles en el año 2024 alcanzó el 13,6 % de su renta disponible bruta, lo que implicó un incremento de 1,6 puntos respecto a 2023, y fue la mayor desde 2021[3].
En realidad, como analiza la propia estadística económica, la mayor parte de ese ahorro agregado procede de hogares con miembros de edad avanzada, patrimonio consolidado, viviendas pagadas y capacidad acumulada de ahorrar porque ya han pasado su ciclo vital de formación familiar y, en el caso de los ancianos gozan, en general, de prestaciones públicas elevadas.
Como en tantas otras cuestiones, los datos agregados ocultan que existe una ruptura generacional profunda: aquellos nacidos antes de los años ochenta, que crecieron con un incremento real sostenido del poder adquisitivo, lograron viviendas en propiedad en proporciones elevadas y sostuvieron una cultura familiar que concebía el ahorro como virtud. La vivienda, más que un activo financiero, era el símbolo del orden doméstico y la previsión.
Ahora bien, al margen de que haya elevadas capas de la población sin capacidad objetiva de ahorro[4], cabe preguntarse por qué los jóvenes con ingresos razonables no presentan tasas más elevadas de ahorro. Y aquí es donde entra el factor moral, nuevamente: el creciente individualismo y hedonismo en que han sido educadas estas generaciones, junto a la frecuente ausencia de proyectos de inversión a largo plazo (por ejemplo, la inaccesibilidad económica de una vivienda en propiedad, la inmadurez que imposibilita la formación de la virtud de la prudencia, o la incapacidad moral para formar familias) provoca que los ahorros sean gastados en actividades de ocio o superfluas.
Un fenómeno particularmente significativo en la esquizofrenia del fenómeno del ahorro en España, es el llamado «ahorro flotante»: enormes cantidades de dinero en depósitos a la vista que no se destinan ni a inversión, ni a formación de patrimonio real, ni, a menudo, ni siquiera a la constitución de reservas familiares estables. Las cuentas de depósitos de hogares en España superan el billón de euros[5], pero buena parte de esos recursos no se canalizan hacia bienes duraderos ni hacia fines comunitarios mayores. Por el contrario, están sujetos a la pérdida de poder adquisitivo por efecto de la inflación, y son carne de impuestos presentes y futuros.
Esto indica una perversión del sentido del ahorro como ordenación prudente de recursos: la liquidez acumulada sin propósito termina siendo mera sal en agua, sin contribuir de verdad al bien común ni a la estabilidad familiar.
En definitiva, el problema del ahorro en la España contemporánea no es, en esencia, ni técnico ni coyuntural. Tampoco puede reducirse a una supuesta falta de voluntad individual o a hábitos culturales desviados de las generaciones más jóvenes. El análisis conjunto de los datos económicos, de la evolución social y de la tradición doctrinal permite afirmar con claridad que nos hallamos ante una crisis de orden, y no meramente ante un desequilibrio financiero.
En última instancia, la cuestión del ahorro remite a una verdad más profunda: no puede haber economía sana sin familias estables, ni familias estables sin patrimonio mínimo, ni patrimonio sin ahorro posible. Restaurar el ahorro exige, por tanto, restaurar el orden natural de la vida social, subordinando la técnica económica al bien común y devolviendo a la familia su lugar central como sujeto económico primario.
Solo así el ahorro dejará de ser un residuo contable o un instrumento tecnocrático, para volver a ser lo que fue: una expresión concreta de la prudencia, de la responsabilidad y de la esperanza en el futuro.
Gonzalo J. Cabrera, Círculo Cultural Alberto Ruiz de Galarreta (Valencia).
[1] https://www.larramendi.es/es/consulta/registro.do?id=16205
[2] https://www.eldiario.es/economia/economia-disena-cuenta-bancaria-espanoles-inviertan-ahorro-autonomia-estrategica-europea_1_12872050.html
[3] https://www.ine.es/dyngs/Prensa/CTNFSI4T24.htm. No obstante, no deben lanzarse las campanas al vuelo: los hogares españoles han reducido su tasa al 4,8 % de la renta disponible en el primer trimestre de 2025, según datos del INE. La tendencia es a continuar esta disminución, como quiera que la inflación sigue siendo claramente perceptible y los salarios reales se mantienen estancados o en retroceso.
[4] Un informe del IV Observatorio Cofidis de Economía, Sostenibilidad y Nuevas Tendencias de los Hogares Españoles 2025 señala que uno de cada cinco hogares en España (23 %) no puede ahorrar nada al final de mes, y un 16 % incluso depende de ayuda económica externa para llegar a final de mes.
[5] https://www.20minutos.es/lainformacion/economia-y-finanzas/depositos-hogares-marcan-nuevo-record-5726689/
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