Tosca de Puccini: el principio de inversión y la gnosis anticristiana (III)

dicho en términos herméticos: lo que está abajo es como lo que está arriba, y lo que está arriba es como lo que está abajo.

Aquí la anterior entrega.

El trabajo alquímico y la gnosis van en paralelo, no es más que una forma de expresar lo que supone la transformación a muchos otros niveles, ya sea el espiritual o el social. Aplicando el principio de la analogía del cosmos con el microcosmos, tanto la supuesta transmutación del plomo en oro, como la del iniciado en una secta gnóstica o la transformación de la sociedad a través de la lucha de clases serán procesos análogos. Así, dicho en términos herméticos: lo que está abajo es como lo que está arriba, y lo que está arriba es como lo que está abajo.

Sabemos, también, que los trabajos alquímicos se hacían —y se hacen— en un horno llamado atanor, el cual es representado en muchas imágenes como una torre dividida en tres alturas que se corresponden con tres etapas de la labor de los alquimistas, en las que se producía, presuntamente, un paso de la materia espesa a lo volátil o sutil, por medio de un continuo proceso de solve et coagula. Esto es: a través de la sucesiva destrucción y recomposición de la materia, que eliminará las escorias y hará huir la materia pesada, elevándola y transformándola. Este procedimiento consta de las siguientes fases: la de nigredo, la primera putrefacción o ennegrecimiento de la materia o sal; la segunda es la de albedo, consistente en la digestión o purificación de la sustancia y simbolizada en el blanco; y, finalmente, la fase de rubedo, que se resuelve con la pretendida obtención de la piedra roja, el consiguiente Rebis, la figura luciferina de dos sexos, la que nos evoca al masónico Baphomet, el andrógino de Platón o el Buda de aspecto andrógino. Este sería, para introducirlo, un esquema simple del proceso alquímico.

Alquimista y su ayudante frente a un atanor en proceso de trabajo. Mutus Liber.

Pues resulta que, si observamos el trabajo de Puccini, este se divide también en tres actos, y cada uno de ellos se produce en un escenario diferente que, además, se va elevando gradualmente (entendemos que por el «aligeramiento» de los personajes principales), siguiendo el patrón del horno alquímico en el que transcurren las tres fases descritas, y trazando el paralelismo con el iniciado que retorna desde el mundo de las sombras al nacimiento hacia la divinidad, o de la sociedad que pasa de una etapa anterior de imperfección a una de liberación, gracias a la llamada de la reminiscencia[1] y por medio de la catarsis o purificación.

Veremos, así, que el primer acto se produce por la mañana[2], en la iglesia romana de Sant’Andrea della Valle, la cual, obviamente, está a nivel del suelo. Un lugar sagrado que el autor elige como el quemador para su fase de nigredo o putrefacción (la inversión), allí donde, escondido dentro de la trama, se nos informa de manera velada que se encienden los fuegos purificadores. En primer lugar aparecerá el personaje del segundo leitmotiv introductorio, Angelotti. Este representará el fuego divino, el catalizador de todo el trabajo, el iniciador o la chispa que inicia la fase de nigredo. Más tarde entrará el personaje del primer leitmotiv, Scarpia, el fuego impuro que provocará la negrura más profunda, y de quien el alquimista aprovechará su potencia destructiva para la purificación de los materiales trabajados. Este acto finalizará (es un detalle destacable) con un nuevo ejercicio atrevido del principio de inversión, cuando el canto del Te Deum será convertido en lujuria carnal por parte del personaje de Scarpia.

El segundo acto se produce durante el atardecer, en el apartamento de la policía vaticana, en la planta noble del Palazzo Farnese, perfecto para una fase de purificación y situado, curiosamente, a media altura. La tortura y el chantaje son la tónica de la trama de este acto; todo encaja con la digestión de la materia a transformar, la purga de la materia no deseada que los dos azufres aplicarán sobre los metales a trabajar.

El último de los tres, y por tanto la fase de rubedo y de obtención del trabajo, se produce al alba, después de una noche de luna llena, en la terraza superior del Castel Sant’Angelo. Allí finalizará el trabajo y se producirá la transformación definitiva, dando como resultado aquello que el alquimista, el brujo o el gnóstico buscan. Allí conoceremos a qué nos acerca toda la pompa que nos promete la ciencia del arcano.

Para acabar este capítulo, solo indicaremos que a lo largo del transcurso del argumento, desde el principio hasta el fin, aparecen los dos personajes principales (Tosca y Cavaradossi), los únicos que se irán elevando durante los tres momentos, casi hasta el final de la obra. Estos personajes, en el suceder de los acontecimientos, nos irán dando las señas —aunque sea de forma alusiva o para iniciados— de que representan eso mismo.

Continuará.

Joan Mayol, Bearn, en un inusualmente cálido pasaje de un día de enero de 2026


[1] Memoria de un origen divino del que todo gnóstico sale; una idea que Platón desarrolla en su doctrina.

[2] No es tampoco casual la elección de los momentos del día.

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