Se dice de la ópera Tosca que es un drama; no en vano es romántica. Ciertamente lo es. Pero, como hemos dicho, si atendemos a la fecha de su creación y a su trasfondo, comprobando la loa que en ella se hace de la revolución y su analogía con el trabajo del alquimista, podemos concluir que se corresponde con el momento de la infiltración violenta del liberalismo en diferentes puntos de Europa y América, y nos sugiere la exaltación, aprobación y apología de este punto de inflexión histórico manifestado por las revoluciones burguesas.
Esto supondrá ensalzar el inicio de la transformación de las sociedades que nos ha conducido a la configuración contemporánea, a la consolidación de los estados modernos al servicio de oligarquías económicas, manejados desde las finanzas y la industria militar, desde las mafias y las cloacas de los propios aparatos administrativos. León XIII ya había establecido, con su encíclica Rerum Novarum, nueve años antes del estreno de la ópera en Roma, la Doctrina Social de la Iglesia, pues en palabras suyas: «La violencia de las revoluciones civiles ha dividido a las naciones en dos clases de ciudadanos, causando un gran abismo entre una y otra. En un lado, la clase poderosa, por rica, que monopoliza la producción y el comercio, aprovechando toda la potencia productiva de las riquezas, y goza de no poca influencia en la administración del Estado». Desgraciadamente, cuarenta años después, Pío XI, en conmemoración de la anterior encíclica, publicó Quadragesimo Anno, y ya nos hablaba de una «descomunal y tiránica potencia económica en manos de pocos» que custodia una riqueza tal que les permite apoderarse de las finanzas y el crédito y esclavizar al Estado.
Por otra parte, en cuanto a la teórica redención del hombre moderno y la recuperación de aquella divinidad perdida, aquel oro del que nos hablan los alquimistas, todo lo que encontramos al final de la obra es la más absoluta negrura. Al contrario de lo pretendido, la declarada libertad no tiene nada que ver con lo que su escenificación propagandística nos presenta. No obstante, tampoco se le puede reprochar al autor que no haya aclarado que la finalidad de su filosofía es la muerte, pues el argumento lo deja muy claro.
Sí, señores, esta es su oferta. Este es el nirvana prometido, esta es la liberación de Schopenhauer: la negación de la voluntad de vivir, la ascética o lo que él llamaba «santidad». Este es el Rebis alquímico, el Baphomet de los hijos de la viuda, el Buda que nos encontramos por todas partes donde miremos. Y no nos referimos tanto a la violencia y los disturbios, que son causa instrumental, el solve necesario para que se dé un nuevo coagula. A lo que nos referimos no es más que a la muerte, la fusión con el universo, la nada más absoluta. Esta, realmente, es la divinidad de los gnósticos; esta es su paz, la del reposo del cementerio; esta es su libertad, el final de la posibilidad de errar y rectificar; la clausura, también, de la creación artística que participa de la belleza; es la conclusión de las relaciones humanas y los vínculos que buscan el bien, tal como las conocemos en esta vida. En definitiva, la obstrucción de la salvación, de la resurrección, de la Gloria; pues se niega la individuación, se niega a la criatura.
Esta, cómo no, es su sociedad utópica: la de la desintegración en un absoluto amorfo, la de la cultura de la muerte. Esta, en definitiva, es la ley de la inversión, donde la huida es vendida como la salvación, la extinción como el triunfo, la pérdida de la individualidad como la mejor de las salidas.
Y no nos equivoquemos: el fascismo, así como toda la filosofía que lo sustenta —como pueden ser el idealismo, el voluntarismo, el vitalismo, el socialismo, las filosofías perennes, el orientalismo…—, es una más de las ideologías modernas y una más de las manifestaciones de la gnosis, que permanece al acecho, esperando bloquear cualquier resurgimiento del pensamiento cristiano. Dicho en palabras de Meinvielle, es una más de las manifestaciones del progresismo a las que nos ha conducido la cábala.
Y ahora, para acabar, no quiero dejar de hacerme una pregunta que me inquieta: ¿qué debió ser del sacristán? Sí, de aquel que era objeto de burla por parte del autor. Pues, muy posiblemente, mientras se producía la transmutación en la torre del castillo, en el momento de la extinción de los protagonistas, él se encontraba leyendo un poema de San Juan de la Cruz, o cantando el ángelus de las seis; quizás se distraía cuidando el jardín, o decoraba la iglesia, ¡quién sabe! Incluso, aun no siendo superdotado ni digno de ser elegido por la secta de los maniqueos modernos, tras aciertos y errores, tras un esforzado camino de santidad, tal vez goza de la vida eterna contemplando cara a cara al Padre en la Gloria.
Amén.
Joan Mayol, Bearn, en una mañana fría pero soleada de un día del mes de enero de 2026
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