Presentamos la oración pronunciada por el afamado apologista agustino P. Graciano Martínez (1869-1925) el 23 de mayo de 1924, apenas siete meses antes de su fallecimiento, en la madrileña iglesia de la Virgen del Perpetuo Socorro, regentada por los Padres de la Congregación del Santísimo Redentor (los Redentoristas), orden fundada por el napolitano San Alfonso M.ª de Ligorio en 1732 y aprobada por la Santa Sede en 1749.
La plática trajo motivo de la Encíclica Ecclesiam Dei, que había sido promulgada por el Papa Pío XI el 12 de noviembre de 1923, fecha del tercer centenario del martirio de San Josafat, Arzobispo de Pólotsk, ciudad situada al norte de la actual Bielorrusia.
El texto de la oración apareció primero publicado en las páginas 326-336 del número de 1 de junio de 1924 de la revista España y América (1903-1927), quincenal cultural de los Padres Agustinos cuya dirección, después de dos breves períodos entre octubre de 1905 y diciembre de 1907, asumirá por tercera vez y definitivamente el P. Martínez desde junio de 1914 hasta su muerte. La prédica se imprimió también en folleto aparte, con el mismo encabezamiento «Por la unión de la iglesia ruso-griega a la Católica, Apostólica, Romana», en Madrid, Editorial Voluntad, 1924.
Las notas a pie de página son de la propia edición original.
Félix M.ª Martín Antoniano
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Por la unión de la iglesia ruso-griega a la Católica, Apostólica, Romana
Convertimini, filii, revertentes, dicit Dominus.
Volveos, hijos, que os apartasteis, dice el Señor (Jeremías, c. III, v. 14).
HERMANOS MÍOS EN JESUCRISTO:
Lo digo como lo siento: es sencillamente gratísima mi complacencia al dirigiros mi humilde palabra desde este púlpito tan glorificado por los ilustres hijos de San Alfonso María de Ligorio, el gran maestro de la Moral cristiana, pues con tan copiosos raudales de luz supo enriquecerla, y el gran cantor de María, en cuya amorosa exaltación diríase que pugnaban por aventajarle sus propios hijos. ¡Con tan fogoso enardecimiento se afanan por ser como los glorificadores natos de la Madre de Dios!
Y es precisamente esta indiscutible gloria de los Redentoristas el motivo de mi júbilo, pues la impregna cierto hálito de sobrenaturalismo que por ventura muchos ignoraréis, y que redunda muy en prez y honor de mi queridísimo hábito agustiniano. Esa Virgen del Perpetuo Socorro que con tanta devoción se venera en las iglesias de los Padres Redentoristas, y que es la inspiradora de sus apostólicas empresas y la obradora de sus hermosos éxitos y de sus brillantes triunfos, fue algo muy de mi Orden y como de mi casa. La típica imagen de esa Virgen que hoy se venera en la iglesia de San Alfonso, de Roma, y de la que han brotado esos caudalosos ríos de fervor mariano a que los Redentoristas van abriendo amplios cauces por el universo mundo, fue primitivamente gala y encanto de una iglesia agustiniana. Recién llevada, desde Creta, a la capital del orbe católico, por un devoto mercader, cuando los prosélitos de Mahoma se decidieron a señorear aquella isla, la bella imagen quiso, por propia milagrosa manifestación, ser venerada en la iglesia de San Mateo, que estaba a cargo de los Padres Agustinos, y allí se le rindió fervoroso culto por espacio de centurias, y allí obró en bien de sus devotos sinnúmero de milagros.
¿Cómo llegó a parar en manos de los Redentoristas? Sociales trastornos hicieron que la antigua iglesia agustiniana de San Mateo desapareciese, salvándose la preciosa imagen, que fue trasladada al humilde templo de Santa María in Postérula que tenían los Agustinos irlandeses en Roma. Y como allí, por lo pobre del templo, sin duda, su culto fuese muy a menos, un hermano lego agustiniano, Agustín Orsetti, que lo lamentaba muchísimo, y tanto más cuanto que él había sido testigo del esplendor con que se la veneraba en el templo de San Mateo, solía decir una vez y otra, a cierto joven que iba mucho por la iglesia de los Agustinos irlandeses, que aquella hermosa imagen era la Virgen del Perpetuo Socorro, la misma que, por espacio de centurias, había recibido esplendoroso culto en el desaparecido templo agustiniano y por cuyo valimiento se habían obrado allí incontables y estupendos prodigios. «No lo olvides nunca Miguel, –el susodicho joven se llamaba Miguel Marchi–. No olvides que esta imagen es la misma que se veneraba en la iglesia de San Mateo». Y una vez y otra le repetía aquello el bendito Hermano Orsetti: «Mira, no lo olvides. Es la misma, la misma imagen. Hizo allí muchos, muchísimos milagros…».
Y andando el tiempo, los Redentoristas levantaron su templo de San Alfonso en el mismo solar donde, antaño, surgía el de San Mateo. Y el jovenzuelo Miguel era el renombrado Redentorista P. Marchi. Y un día Pío IX concedió a los Redentoristas la preciosa imagen de la Virgen del Perpetuo Socorro, que fue trasladada con solemnísima pompa al nuevo templo que se había alzado en el mismo solar del antiguo. Y ahí tenéis la clave de la magna y cálida devoción que hoy se rinde por todas partes a la Virgen del Perpetuo Socorro [1].
¿Verdad que no está de más esta nostálgica remembranza agustiniana, siquiera sólo me hubiese servido para quemar sincerísima y entusiásticamente mi humilde granito de incienso en alabanza de los esclarecidos hijos de San Alfonso María de Ligorio, en cuyas Glorias de María me embebí de niño, gozando de dulces fervores y sabrosos solaces?
Y ahora pasaré a indicar el tema sobre que haya de versar esta mi oración sagrada, y que es el secundar las ardentísimas ansias de Su Santidad de que en todo el orbe católico se ruegue intensísimamente a Dios para que se digne acelerar la unión de las iglesias disidentes orientales a la única verdadera y genuina Iglesia de Pedro. La coyuntura es más propicia que nunca al logro de los deseos del augusto Vicario de Cristo. Y por eso, y con motivo del tricentenario del martirio de San Josafat, el santo arzobispo de Polocz, que consagró toda su vida a luchar por la unión de la iglesia ruso-griega a la Católica, Apostólica, Romana, acaba de publicar una inspiradísima y sentidísima encíclica en que, ensalzando calurosamente a dicho santo mártir, viene a erigirle como en abanderado de la anhelada unión, glorificándole y ansiando que todos los católicos del mundo, como a tal abanderado, le invoquen y glorifiquen. De ahí las suntuosas solemnidades que se han comenzado a celebrar en esta hermosa iglesia, por indicación del propio Nuncio de Su Santidad, que, sin duda, ha querido tener en cuenta que es éste, en nuestra regia Corte, el más celebrado santuario de María, de quien fue siempre tan devoto San Josafat y a quien siempre han profesado y profesan tan cálida devoción los pueblos cristianos eslavos, distinguiéndose, por ello, tantísimo de todos los cismáticos y de todos los herejes.
Y califico de inspiradísima y sentidísima la encíclica de Su Santidad, porque, verdaderamente, surgen de sus diversas cláusulas e irradian de sus distintos pensamientos ráfagas de emoción vivísima y haces de destellos iluminadores. Se ve bien a las claras que el Soberano Pontífice la trazó, fija la mente en la situación angustiosísima de aquellas cristianas greyes desamparadas, a merced del bárbaro capricho de la tiranía soviética, que les ha hecho y les sigue haciendo sufrir espantosos calvarios. Y bien a las claras se advierte que su corazón de Padre común de las almas se le conmovió en todas sus fibras, al tender los ojos de su espíritu por aquellos territorios entristecidos y desolados. Y nada maravilla el que, en su actitud de lacerante pena, dejase correr la pluma sobre el papel, inspiradísima y luminosa, esculpiendo, de pasada, frases como aquélla en que nos asegura que, en la profunda caridad paternal de su alma, apenas podía contener sus lágrimas: vix pro paterna animi caritate continere lacrimas possumus. Y todo ello explica la hermosura de esa encíclica que es, a la vez, un canto al insigne mártir San Josafat y una plegaria estuosísima al Cielo para que se digne unir al glorioso tronco del árbol de la cruz aquellas ramas desgajadas y desprendidas, de suerte que tornen a florecer y a dar frutos de vida eterna.
¿Qué ocasión más propicia para reanudar la épica labor del Pontificado por atraer a la unión con la Iglesia de Pedro a aquellos cristianos disidentes que ésta que nos brinda el tricentenario del martirio de San Josafat, y para reanudarla, poniéndola bajo los auspicios de aquel varón excelso, que, con el pensamiento fijo en el divino anhelo de Jesús: et fiet unum ovile et unus Pastor, y serán un solo ovil y un solo Pastor, no titubeó en derramar su sangre por la santa unidad ecuménica de la Iglesia de Cristo?
Lo merece todo aquel hombre que, desde la misma infancia, se sintió predestinado a inmolarse en aras de la unidad de la Iglesia católica, comenzando ya, desde tan temprano, a adiestrarse para la lucha por ella, holgándose con el dulce ensueño de consagrarla un día con su martirio. De donde su afán, desde tan joven, por abroquelarse con heroicas virtudes, y robustecerse con rígidas penitencias, y nutrirse de amor a Jesús, y a Jesús crucificado. Apenas se hubo investido la librea de San Basilio, de tal modo se le vio adelantar en la perfección de la vida monástica, que con justicia se dijo de él que, a los muy pocos años de monje, podía ya ser guía y maestro de todos los demás. Se le nombró archimandrita del monasterio, y fue de verle arreciar en su campaña de unión de la iglesia ruso-griega a la de los Vicarios de Cristo, dedicando a ese su absorbente ideal todos sus estudios, todas sus oraciones, todos sus desvelos. Y sin usar jamás de violencias en su campaña viril. Nuestro hombre era todo suavidad y dulzura, hasta el punto de que los mismos jurados enemigos de la, para ellos, maldecida unión, le llegasen a llamar, según nos enseña la preciosa encíclica, raptor animarum, robador de almas. Instantes hubo en que las conversiones a la hermosa causa de la unión se multiplicaban maravillosamente, y no sólo entre el pueblo, sino también entre la aristocracia, y aun entre los mismos altos funcionarios del Estado, pues veíase a prefectos y gobernadores de provincias afiliarse bajo la bandera del buen monje.
Y tanto crecía su aura popular y tanto se intensificaba su fama de apóstol y de santo, que se le hubo de ungir arzobispo de la iglesia polocense, y desde entonces arreció más y más aún en su campaña unionista, a cuyo triunfo contribuían por igual sus ejemplares virtudes y su prodigalidad para con los pobres que alguna vez le movió a empeñar, para socorrerlos, hasta los mismos preciados ornamentos arzobispales.
Y como veía que los fanáticos adversarios de su briosa campaña unionista y de sus contundentes arengas en pro del Primado de la Iglesia de Pedro, montaban cada vez más en cólera contra él, y maquinaban su perdición, ¡qué alegría la suya al barruntar que se iban a realizar muy pronto sus halagadores presentimientos de martirio, cual lo deseaba por instantes, hasta llegar a manifestarlo una vez desde el púlpito, en una de sus oraciones sagradas más solemnes, y pidiéndoselo, como se lo pedía a Dios, con ansia vehementísima: Domine, da mihi ut sanguinem pro unitate et oboedientia Sedis Apostolicae profundere valeam, Señor, haz que derrame mi sangre por la unidad de la Sede Apostólica! ¡Qué intenso ardor el de aquella alma prócer por la defensa de la Iglesia de Pedro!
Y llegó el momento de sellar sus briosas campañas unionistas con su sangre, y ¡fue de verle ofrecerse, animoso y risueño, a sus sayones, con la única súplica, a imitación de Jesús, tras la oración del Huerto de las Olivas, de que no hiciesen daño a sus domésticos y familiares! ¡Y fue de oírle, al recibir las heridas matadoras, y hasta exhalar su postrer suspiro, no cesar de pedir a Dios que perdonase a sus verdugos, como debió de perdonarlos, pues que no tardaron en afiliarse, arrepentidos, a la campaña unionista del santo mártir!
Pero el pronto exquisito fruto de aquella generosa sangre derramada fue la actitud gallarda de los demás prelados, que se enardecieron de valentía por la santa causa de la unión, hasta mostrarse prestísimos a derramar también por ella su sangre, como ya la había derramado uno de ellos: prout jam unus ex nobis profudit. Así lo hicieron constar en seguida varios obispos rutenos en letras a la Sede Apostólica.
Y esa generosa sangre del mártir que tan pronto comenzó a dar frutos de heroísmo, debe rendir ahora la magna codiciada recolección, y la rendirá si sabemos secundar las altas miras del Padre Santo, exorando a Dios que, cuanto antes posible, se vea a las disidentes iglesias orientales tornar al redil de Jesucristo, único en que puede haber salvación para las almas y para los pueblos. El actual Pontífice juzga como la más luctuosa de las disidencias ésta de las cristiandades bizantinas: omnium luctuosissima fuit Byzantinorum ab oecumenica unitate discessio. Y de ahí que con todas sus veras le quiera poner fin y nos ruegue a los católicos del universo mundo que nos asociemos a las ferventísimas preces de la Iglesia Católica, Apostólica, Romana con una verdadera cruzada de oraciones, pidiendo a Dios la realización de tan bello redentor ideal. ¡Puede tanto ante Dios la oración de las almas buenas desparramadas y como escondidas en el seno de los diversos pueblos católicos!
Yo quisiera que la oración de España por el triunfo de la religión de Cristo en las tierras glorificadas por San Josafat tuviese, primero, todo el hervor, y luego, toda la eficacia de la plegaria de Moisés, al llegar con sus gentes a las márgenes del Mar Rojo, cuyas olas se extendían ante los israelitas, henchidos de terror, sabiendo, como sabían, que tenían a sus espaldas a la muchedumbre egipcia perseguidora.
¿Que se necesita un milagro tan grande como el que hizo entonces Dios, secando de súbito el Mar Rojo, para poner a salvo a los israelitas? Pues pidamos a Dios que se obre el milagro, y el milagro se obrará.
Más que nunca es necesario ahora que la Iglesia Católica cuente con abundantes pertrechos de oraciones –que las oraciones son sus genuinas armas– para lanzarse al asalto de la bondad infinita, y hacer que se apiade de aquellas gentes y les torne su gracia, de la cual viven privadas hace ya tantos siglos. Y de ahí la bella insistencia del Soberano Pontífice de que no tanto se encomiende la realización del suspirado hecho a las disputas doctrinales, cuanto al ejemplo de santas virtudes y especialmente al ejercicio de la caridad para con todos los sufrientes eslavos, abogando por que los disidentes olviden viejos resquemores particulares, originados tal vez por algún hombre de la Iglesia, pero nunca por la Iglesia misma, y anhelando que latinos y eslavos nos conozcamos más y más y mutuamente nos apreciemos y amemos, teniendo unos y otros muy presente que para Jesús no hay distinción de griego ni de judío, de latino ni de eslavo, pues «el mismo es el Señor de todos, rico de bienes para cuantos le invocan»: nam idem Dominus omnium, dives in omnes qui invocant illum.
A orar, pues, por que se realice el dulce ensueño del Papa, que debe ser el dulce ensueño de todos los católicos del mundo. Y que el portador de nuestras encendidas oraciones al trono del Altísimo sea San Josafat. Fue designio de Dios que la causa de la unión de las iglesias orientales a la Santa Sede tuviese su excelso apóstol y que ese excelso apóstol fuese también excelso mártir, y ese mártir y apóstol debe ser el portador de nuestras oraciones al trono del Altísimo. San Josafat, no menos glorificador de su nombre que su homónimo el gran y justísimo rey israelita, que, por sus heroicas virtudes, triunfó de todos sus adversarios, le glorificará más y más aún, haciendo que sea realidad hermosa el halagüeño ideal por el que dio, gustosísimo, su vida y su sangre.
A orar, y a orar con toda nuestra alma, para que aquellos infelices cismáticos tornen a Dios. Que sientan que Dios les dice al oído, en virtud de nuestras oraciones, aquellas palabras de Jeremías: convertimini, filii, revertentes, volveos, hijos, que os apartasteis. ¡Hay tanta semejanza entre lo que ahora les acontece a las pobres cristiandades eslavas y lo que les acontecía entonces a los pobres israelitas! La ciudad de David había abandonado a su Dios, autor de toda su grandeza, hasta llegar a quemar incienso en loor de los ídolos. Y vino el castigo terrible: el hierro y el fuego adversarios pusieron espanto y ruina en todo Jerusalén. Por sus ensangrentados caminos lloraban sus vírgenes desoladas. Las madres, huérfanas de sus hijos mozos, se desgarraban de dolor. La ceniza de la penitencia cubría las cabezas de sus ancianos… Y en medio del espectáculo siniestro surge este grito de esperanza: convertimini, filii, revertentes, volveos, hijos, que os apartasteis. En la vuelta a Dios estaba el librarse de los espantosos estragos que desolaban a Jerusalén.
Y no lo duden aquellos pueblos que tan cruel y despiadadamente azota el sovietismo: en su vuelta a la unidad de la fe de Jesús que, ha ya tantos siglos, abandonaron, consisten su paz futura y su venidera prosperidad. En esa monstruosa revolución que ha hecho enanas a todas las revoluciones, en atrocidades de toda índole, es forzoso que vean la intervención divina y exclamen con los hechiceros faraónicos, digitus Dei est hic, el dedo de Dios está aquí. Piensen los prelados disidentes que tanto han sufrido por las tropelías soviéticas que no impunemente viven distanciados de la Iglesia de Pedro; que no impunemente pasan años y años sin hacer las diligencias oportunas para restablecer la ecuménica unidad de la Iglesia de Cristo, con tanto fervor pedida por el propio Jesús a su Eterno Padre: «¡Que como yo en ti y Tú en mí, así sean ellos una misma cosa en nosotros!». Mediten y rumien debidamente aquella atemorizadora sentencia de mi gran P. San Agustín en que alude al abrirse de súbito la tierra y tragar a los que habían querido destruir la unidad de las huestes mosaicas: «Sabemos que no impunemente atentaron contra la unidad del pueblo escogido Datán, Coré y Abirón»: Dathan vero, Chore et Abiron, qui… conati sunt contra unitatem populi Dei…, novimus quod non impune fecerint [2].
Sepan todos aquellos prelados disidentes que sólo a Pedro, por haber sido el primero en confesar a Cristo con aquella vibrante confesión: tu es Christus filius Dei vivi, tú eres Cristo el Hijo de Dios vivo, y por ser el que más le amaba de todos los Apóstoles, pues, aunque tres veces le hizo la pregunta de si le amaba, sabía muy bien el Señor no sólo que le amaba, sino que le amaba más que los demás discípulos, y lo dice al pie de la letra el Águila de Hipona: sciebat igitur Dominus non solum quod diligeret, verum etiam quod plus illis eum diligeret [3], es a quien confirió Jesús su vicariato en la tierra, poniéndole en las manos las llaves del mismo Cielo, y fundando con él, como en roca viva, su Iglesia: tu es Petrus et super hanc petram… Y sepan que sólo se puede ser genuinamente cristiano viviendo al cobijo de la Iglesia de Pedro, única en que jamás pudo arraigar la herejía, y en cuyas doctrinas, que son las puras y propias de Cristo, jamás pudieron hacer mella alguna los martillos de los herejes, ni más ni menos que si martilleasen sobre indestructible yunque. No hay más que recordar a todos los martilleadores, desde Novaciano y Arrio y Nestorio, hasta Focio y Lutero y Calvino, nombres que hoy no significan en la Historia más que un vano jirón de niebla y un negro símbolo de deshonor. Y sepan que es Pedro quien sigue siendo, en sus sucesores, los Vicarios de Cristo, el fundamento de nuestra fe, y como la palpitante encarnación de la legítima supremacía eclesiástica, en virtud de la cual, decía de él mi gran P. San Agustín, que representaba a la Iglesia universal [4]. Y sepan, por fin, que latinos y griegos, reunidos en el Concilio de Florencia, formularon este dogma: «declaramos que el Pontífice Romano es el verdadero Vicario de Cristo, Cabeza de toda la Iglesia, padre y doctor de todos los cristianos, y que en la persona de San Pedro recibió el soberano poder de gobernar a la Iglesia universal».
Un detenido examen de conciencia, y al redil, al redil de Cristo otra vez, pues el Supremo Pastor los recibirá con los brazos abiertos y con efusión más amorosa que recibió el buen padre de la parábola al hijo pródigo. De nuevo al único genuino aprisco de Jesús, y que la fe florezca por todas las tierras eslavas con los mismos impulsos con que florecía en los tiempos de la Gran Duquesa Olga. ¡Ah! ¡La Iglesia de Pedro no olvidará jamás los días en que la Gran Duquesa comenzó a trabajar por la difusión de nuestra fe con aquel ardor y entusiasmo que dieron en seguida tan copioso fruto, sobre todo a partir del bautismo de su nieto Vladimiro, el Apostólico, cuando por toda Rusia se veía rodar de sus altares a los ídolos, y las gentes acudían en masa a bautizarse, teniendo los misioneros que conducirlas a los ríos para bautizarlas en muchedumbres!
¡Que cuanto antes el actual Pontífice, impelido por la fuerza del hecho enajenador, haya de publicar una encíclica, basada en más bellas y duraderas realidades que la que comienza Magnus Dominus de su antecesor Clemente VIII, y en cuyos párrafos el Vicario de Cristo rogaba a todos los católicos del mundo que diesen gracias a Dios por la incorporación a la Sede Apostólica que acababan de efectuar el metropolitano de Kiew y otros insignes prelados rutenos!
¡Oh, que entonces a esa feliz unión seguiría la de otras iglesias disidentes, que se saben muy inquietas y carcomidas por dentro, y muchos de cuyos altos miembros no cesan de clamar por su unión a Roma! Y entonces, ¡cuál fuera la hermosura interior y exterior de la Iglesia de Cristo! Los mismos apóstoles del mal, diputados por las logias para combatirla, al verla tan unida y compacta, laborando por el bien de las almas y de los pueblos, acaso concluyesen por loarla y enaltecerla, prorrumpiendo en bendiciones que la hermosura de los hechos les pondría en los labios, como en otro tiempo la inspiración divina puso en los de Balaán, encargado de maldecir al pueblo escogido, aquellas efusivas exclamaciones: Quam pulchra tabernacula tua, Jacob, et tentoria tua, Israel! ¡Cuán bellos son tus tabernáculos, oh Jacob, y cuán hermosas tus tiendas, oh Israel! ¿Verdad que es emocionantemente embelesadora aquella bendición de Balaán, al contemplar al pueblo israelita, desplegado en sus tiendas de campaña por el desierto, y descubrir con su mirada profética los encantos de su interior y exterior hermosura?
Pues toda aquella hermosura del pueblo escogido era un verdadero símbolo de la Iglesia. Aquel pueblo, fugado de las tinieblas idólatras egipcias, peregrinando hacia la tierra de promisión, en lucha con mil contrariedades, y teniendo que esperarlo todo del Cielo, hasta el maná sustentador que había de llover de las nubes, y hasta el agua refrigeradora que había de brotar de la golpeada peña, no adelantando sino a fuerza de combates y más combates con los muchos pueblos enemigos que le atacaban, sin detenerse nunca a disfrutar los goces misérrimos del camino, y alegre, no obstante, con las consolaciones de arriba y con la seguridad plena de que a tanto batallar y penar habrían de corresponder amplísimos júbilos en la tierra de promisión, aquel pueblo escogido era un símbolo viviente de nuestra Iglesia Católica, Apostólica, Romana, siempre luchando y reluchando por la realización de los ideales infinitos del Cielo. Y como nada extraño fue que Balaán, contemplando el hermoso símbolo, desde la cumbre de una montaña, lo bendijese con todo el entusiasmo de su corazón, contra los designios de los que le habían conducido allí para que lo maldijese, nada extraño será que los mandatarios de la impiedad, al sorprender un día la hermosura interior y exterior de la Iglesia, realizada la unión de todas las cristiandades, y en marcha armónica hacia el ovil único de Jesucristo, la bendigan, en vez de atacarla, y la glorifiquen y enaltezcan, llegando hasta a pedir sinceramente que los reciba en su seno y los cobije a su sombra redentora. ¡Dios acelere tan venturosos días! Amén.
[1] He tomado estos hermosos datos de los primeros capítulos del libro: Beata Virgo Maria de Perpetuo Succursu id est de antiqua ejus prodigiosa imagine in ecclesia S. Alphonsi de Urbe cultui reddita… Romae, Ex Typographia Polyglota S. C. de Propaganda Fide, MDCCCLXXVI.
[2] De bapt. cont. Donat, libro III, núm. 24.
[3] In Joan. Tract. CXXIV, 4.
[4] Ibidem, 5.
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