Cuando las hadas existían

Cuando las hadas desaparecieron —porque siempre desaparecen— no hubo trauma colectivo. La sociedad británica siguió adelante. Nadie fue encarcelado por haber creído. Nadie pidió perdón por haber engañado. Simplemente, se pasó a otra cosa. A otro mito. A otra causa.

Las hadas de Cottingley

Hubo un tiempo —no tan remoto como nos gusta fingir— en el que la sociedad británica, tan seria ella, tan de té con leche y mostacho respetable, tan imperial, se lanzó con entusiasmo a buscar hadas por los jardines. No como metáfora, no como poesía, sino como hecho empírico, verificable, publicable y, si era posible, fotografiable.

Corría el año 1917 cuando dos niñas inglesas presentaron al mundo una serie de fotografías donde aparecían ellas mismas acompañadas de pequeñas criaturas aladas, con peinados delicados y una notable predisposición a posar para la cámara. Las imágenes circularon, se analizaron, se debatieron… y fueron creídas. No por campesinos iletrados ni por ancianas supersticiosas, sino por intelectuales, científicos aficionados y escritores prestigiosos.

Entre ellos, nada menos que Arthur Conan Doyle, creador del más racional de los detectives, quien defendió públicamente la autenticidad de las hadas con una fe que hoy resulta entrañable… y ligeramente inquietante.

Con el paso del tiempo —siempre impertinente— se demostró que las hadas eran recortables de cartón, sujetas con alfileres y una buena dosis de ingenuidad colectiva. Las propias autoras lo confesaron décadas después, cuando ya no había peligro de decepcionar a nadie importante.

Y, sin embargo, lo interesante no es el engaño, sino la disposición previa a creer. Nadie fue obligado. Nadie fue censurado por dudar. Simplemente, dudar resultaba de mal gusto. Cuestionar las hadas era, en cierto modo, cuestionar la sensibilidad moderna, el progreso espiritual, la apertura a «nuevas realidades», a la «inclusión» de otros seres.

La pregunta es: ¿por qué se deseaba tanto que existieran?

El lector atento advertirá que no hemos hablado aún de política, ni de ideologías contemporáneas, ni de siglas multicolores. No hace falta. Las analogías, cuando son buenas, no necesitan subrayado.

En aquel entonces, las hadas ofrecían un mundo alternativo, más «amable», más fluido, menos atado a la naturaleza y sus límites. Un universo donde lo visible podía redefinirse según el deseo, y donde la afirmación —«yo las veo»— tenía más peso que la realidad —«eso no existe»—.

Hoy, el mecanismo es sorprendentemente similar. Cambian los decorados, mejora la calidad gráfica, se amplía el presupuesto institucional. Pero el principio permanece intacto: si alguien afirma algo con suficiente convicción emocional, negarlo se convierte en una forma de violencia.

Resulta particularmente elegante el modo en que la ciencia fue utilizada entonces —y es utilizada ahora—: no como instrumento de verificación, sino como ornamento retórico. Se citaban expertos, se hablaba de energías invisibles, de planos sutiles, de realidades aún no comprendidas.

Nada muy distinto del actual recurso a términos vagos, emocionalmente cargados y científicamente elásticos, que permiten afirmar cualquier cosa sin necesidad de demostrarla. Cuando la realidad estorba, se la acusa de simplista.

Cuando las hadas desaparecieron —porque siempre desaparecen— no hubo trauma colectivo. La sociedad británica siguió adelante. Nadie fue encarcelado por haber creído. Nadie pidió perdón por haber engañado. Simplemente, se pasó a otra cosa. A otro mito. A otra causa.

Tal vez eso sea lo más revelador: las hadas no importaban tanto como el acto de creer en ellas. Lo esencial no era su existencia, sino la experiencia de sentirse moralmente superior por aceptarlas.

Hoy, como ayer, no se pide fe en Dios, ni usar mínimamente  la razón, ni siquiera mirar a la naturaleza. Se pide fe en el relato del momento.

Y, como entonces, quien no cree… es acusado de no ver.

Foto original

Sandra Conde

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