La única esperanza

«Defender el catolicismo atacando la legitimidad política, es tarea tan peregrina como la de quien practicara la virtud robando o blasfemando»

José de Liñán y Eguizábal, Conde de Doña Marina (1858-1934).

En noviembre de 1889, en plena campaña ofensiva que Ramón Nocedal y sus integristas venían desatando ferozmente contra la Causa católico-monárquica desde que se escindieran de ella, José de Liñán y Eguizábal (1858-1934), Conde de Doña Marina, una de las grandes plumas del legitimismo español, quiso contribuir a la defensa de éste con un nuevo artículo que escribió en el diario bilbaíno El Basco (1884-1898), cuya dirección andaba ostentando desde el año anterior.

Fue copiado en el semanario carlista madrileño Rigoleto (2ª época, 1882- 1890) en su edición de 16 de noviembre de 1889, que es de donde lo hemos tomado. Simplemente hemos añadido, por nuestra parte, una nota a pie de página. Todos los subrayados son del propio autor.

Félix M.ª Martín Antoniano

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LA ÚNICA ESPERANZA

«No hay más que un remedio para librar a Europa de la Internacional y del socialismo, que es retroceder, que es lanzarse a banderas desplegadas por las vías católicas, que es prestar atento oído a la voz infalible de la Iglesia y su Pontífice.

»En cuanto a España ¡oh! no hay más que un remedio contra la Internacional; este remedio está consignado en los principios que nosotros aquí representamos y defendemos, y que personifica el Duque de Madrid. Señores Diputados, españoles todos, el síntoma que a mí me aterra no es la Internacional, el síntoma que a mí me aterra es… la deplorable actitud de las clases conservadoras en esta época, la ceguedad incomprensible en llamarnos a nosotros socialismo blanco; esas clases conservadoras tienen la ceguedad verdaderamente incomprensible, que prueba que Dios las quiere perder (puesto que así las ciega), de escribir en uno de sus órganos autorizados, que lo mismo es estar manchado con sangre que con cera. A la hora que esto se escribe en los periódicos conservadores no hay ninguna esperanza, la sociedad está perdida. Eso es lo que a mí me espanta, contra eso es contra lo que no veo remedio, contra eso es contra lo que no encuentro medicina, aunque mis ojos la buscan ávidos por la salvación de mi Patria. ¡Cómo! ¡Las clases conservadoras de esta época llaman a la política rígida y severamente católica socialismo blanco, y tienen la osadía, tienen la ceguedad de creer que lo mismo se puede perder la humanidad por nuestro camino que por el del racionalismo!

»Sí, señores diputados; sí, españoles todos; España no tiene más remedio que albergarse en los principios que personifica el Duque de Madrid. (Risas.) ¿Os reís? (Varios señores diputados: Sí, sí.) ¿Os reís? (Varios señores diputados: Sí, sí.) ¿Conque os reís? (Varios señores diputados: Sí.) Pues bien: españoles, hace poco tiempo había ocho mil cadáveres en las calles de París; españoles, París estaba humeando hace poco empapado en petróleo, y los diputados de España, cuando se les habla de eso y se teme igual suerte para nuestra patria, tienen valor para reírse. Reíos, reíos en buen hora, diputados españoles. Aquí tenéis que escoger: o D. Carlos o el petróleo (Rumores.), o D. Carlos o el petróleo; y prestadme unos momentos de atención. No he expresado bien mi pensamiento. Don Carlos vendrá de todas maneras, o antes o después que el petróleo; a España le conviene que venga antes que el petróleo para que lo impida él, el único que lo puede impedir. A él le conviene venir después del petróleo, porque su tarea será más fácil, y sobre vuestras ruinas, y sobre vuestras lágrimas, y sobre vuestros remordimientos, y sobre las ruinas de vuestras casas, será fácil el remedio, que sólo él puede aplicar, que sólo sus principios pueden traer».

Las anteriores elocuentísimas palabras fueron pronunciadas por D. Cándido Nocedal (q. e. p. d.) en el Congreso de los diputados en la tarde del 23 de Octubre de 1871. Quien esto escribe tuvo el gusto de oírlas de labios del insigne repúblico, y aunque las recordaba perfectamente, que se le quedaron esculpidas en su memoria, las copia hoy del número 125 del Diario de las Sesiones de Cortes, Congreso de los Diputados, Legislatura de 1871, Tomo IV, página 3.151, columna segunda.

Dígase ingenuamente quiénes representan hoy la que se ha llamado política de Nocedal, y que no era otra cosa que la política del Rey, aplicada, bajo sus Augustas órdenes, por un ministro suyo; dígase, puesta la mano sobre el corazón, si representan esa política los que escriben: cualquier cosa antes que D. Carlos, o los que hoy, como ayer, dicen, y esperan decir mañana: D. Carlos o el petróleo.

Ya lo decía también D. Cándido Nocedal diez años después de pronunciar esas palabras: «Dios es lo principal, y la Religión verdadera; pero en España no hay otro modo de defender el catolicismo que siendo carlista. Esto no lo quieren entender, o hacen como que no lo entienden, algunos tunantes» [1].

Claro está que D. Cándido Nocedal se refería a los que quieren defender el catolicismo en todos los órdenes de la vida o desde las trincheras de la política, es decir, desde las columnas de periódicos políticos, pues harto sabía que hay católicos piadosísimos y excelentes que defienden el catolicismo sin saber lo que es política, ni cuidarse de las cosas públicas. Los que oran, trabajan y pagan.

Lo que decía D. Cándido Nocedal, y hoy repetimos nosotros con todos los que hablan y proceden de buena fe y desinteresadamente, es que, políticamente, «en España no hay otro modo de defender el catolicismo que siendo carlista», porque la Verdad no puede ser defendida conculcando el Derecho, que es la misma Verdad en el orden jurídico.

Lo hemos dicho y conviene repetirlo. No se puede prescindir de la verdad en nada.

Quien deja a un lado la verdad para conseguir sus fines, está muy cerca de despreciarla, y del desprecio se pasa fácilmente al odio y a la persecución.

Por eso, los que a sí mismos se apellidan rebeldes y traidores, empezaron por prescindir de la verdad política, que diría Donoso, de la Monarquía Católica, principio esencial de nuestras doctrinas; después la despreciaron como embarazosa carga, y hoy la atacan con saña cruel, olvidándose de que siempre hemos ido los españoles detrás de la cruz y detrás de un cetro, sirviendo a Dios y al Rey, a entrambas Majestades, y que volver la espalda al Trono podrá ser todo lo americano que se les antoje a los que se entusiasman con Repúblicas Católicas; pero no es nada tradicional en nuestro suelo, grande como ninguno por sus gloriosas tradiciones monárquicas.

Defender el catolicismo atacando la legitimidad política, es tarea tan peregrina como la de quien practicara la virtud robando o blasfemando.

Bonum est integra causa.

Católicos en todo: en Religión como en política; adorando a Dios y sirviendo al Rey, servidor de Dios y de su Vicario Infalible.

Con que a decidirse: D. Carlos o el petróleo.

Nadie ignora que hay petróleo de varias clases y petroleros de todas las categorías y clases sociales.

Alguna ventaja, de tejas abajo, habíamos de tener los carlistas. No tenemos el trabajo de escoger, porque no hay más que un Rey Católico.

J. de L. y E.

[1] Carta de Cándido Nocedal al Marqués de Valdespina, firmada en Arechavaleta el 21 de agosto de 1881.

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