Cenizas del Ariel

es imperante la comprensión y aplicación a nuestra realidad, en especial de los esquemas orgánicos de nuestra sociedad católica, aunque ahora se hayan visto reducidos

A la izquierda, el Ariel, de José Enrique Rodó, aunque liberal, siendo llamado de atención a muchas mentes. A la derecha, Defensa de la Hispanidad de Ramiro de Maeztu, una demostración de la deriva católica del llamado arielismo.

Se están derramando ríos de tinta sobre el nuevo capítulo del drama político en Venezuela. Buscando alejarse de los mejores análisis que se han hecho y se harán en estas líneas, es necesario verlo desde un ángulo cultural.

La sacudida asestada, aunque inevitable, no ha dejado de tomar a diferentes actores por sorpresa. Muchos se han rasgado las vestiduras, sea por Trump o por Maduro, buscando desmedidamente justificar sus acciones o motivos, incluso bajo una superficie aparentemente católica —o incluso escolástica, conectando con Vitoria en un intento de soberanía que está alejado de aquel origen y responde más al nacionalismo romántico—. En vez de ello, debe verse a un régimen como el estadounidense volviendo a explicitar que somos su «patio trasero» y al régimen venezolano como lo que es para todos los efectos: una anarcotiranía que denigra el bien común.

Ambas actitudes corresponden a un proceso de décadas que lleva la América Hispana (incluyendo al Brasil) debatiendo entre su propia independencia política de Washington o ceder lentamente hasta ser subyugados. Esto comenzó desde los años 80 del siglo pasado cuando, en sus últimas fases, las juntas militares fueron erosionadas por Washington —que originalmente consintió a algunas— debido a sus tentativas de conseguir una autonomía política mediante proyectos militares y su propia diplomacia.

Pero tenemos que consultar el pasado cercano, cuando la primera sacudida nos tocó en un entorno más o menos cohesionado durante la invasión estadounidense a Cuba, Puerto Rico y Filipinas en 1898. Aquello conllevó un renacimiento intelectual bajo la bandera del llamado arielismo, entre liberales propios o nacionalistas románticos —para evitar la redundancia—, al buscar un modo de rivalizar con la cultura y política yanqui que estaba ya reemplazando a la anglofilia o francofilia continental. Fue característica la defensa del cesarismo como forma y fundamento del gobierno, comenzando por el uruguayo José Enrique Rodó, quien desde su liberalismo defendía una suerte de primacía de la inteligencia bajo las idiosincrasias comunes del continente. Bajo esa bandera, tanto el venezolano Laureano Vallenilla Lanz, el chileno Alberto Edwards o el peruano José Santos Chocano defendieron a los «césares» en general, imbuidos en nacionalismos románticos, escudándose en la ignorancia de las masas o en la idiosincrasia de nuestros pueblos nativos e hispánicos, y en parte reconociéndolo como el vacío de nuestro pasado común monárquico.

Aquel movimiento, incluso con sus salidas heterodoxas —la más notoria, la reivindicación de las secesiones como proceso orgánico—, no evitó dividirse entre adherentes con errores liberal-democráticos que incluso llegaron al socialismo, como Víctor Raúl Haya de la Torre o Augusto César Sandino; o aquellos que buscaron enderezarse bajo la tradición integrista católica, como los casos del también peruano Riva Agüero, el mexicano Vasconcelos, el nicaragüense Cuadra o el puertorriqueño Albizu Campos. Estos últimos redescubrieron e impulsaron la identidad católica —algunos buscando su integridad, otros como una herramienta— como nuestra única vía de supervivencia frente a los retos de la modernidad. El mensaje llegó también a la península a través de hombres como Ramiro de Maeztu, el padre Zacarías de Vizcarra y su mayor precedente, Juan Vázquez de Mella.

Lamentablemente, tras la Guerra Fría, las opciones iliberales buscadas por esos lares se bastardearon frente a los dos polos, pero ello no impidió que muchos otros doctrinarios buscaran resistir ante esas imposiciones, tanto de la alienación política como de la eclesiástica. Podemos pensar, en el Cono Sur, en el padre Osvaldo Lira, el pensador Calderón Bouchet o el presidente Juan María Bordaberry.

Aquella lucha, aunque muchas veces desproporcional, no ha sido del todo infructuosa, ya que las herramientas ignoradas en aquellos años han vuelto a ser consideradas, tanto por redescubrimientos propios como por labores editoriales (por mencionar algunas, las de Nueva Hispanidad, Scire o las obras del Consejo de Estudios Felipe II). Se recuerda así que lo escrito en el pasado siempre será necesario para valorar el futuro, como cenizas de un fénix esperando su segunda eclosión.

Pero, además de aquel rescate, es imperante la comprensión y aplicación a nuestra realidad, en especial de los esquemas orgánicos de nuestra sociedad católica, aunque ahora se hayan visto reducidos. No siempre es necesaria una labor intelectual; muchas veces lo es de orden, que es otro motor necesario para cimentarnos. Debemos afrontar la realidad: las herramientas puntuales para resistir en el ahora han sido debilitadas u ocupadas por entes que aportan confusión con su tibieza —el mundo conservador— o por destructores revisionistas como las izquierdas. Es necesario tanto instruir como ver el modo de regenerar aquellos tejidos, ya que los discursos vertidos en sacudidas así demuestran que nuestra actitud está en juego o cooptada.

Busco hacer un llamado de atención para ver más allá del juego de humo y destellos presentados en el presente. Tenemos las herramientas para dirigir los discursos heterodoxos y depurarlos; y aunque se han logrado avances positivos en aquel campo, falta mucho por recorrer. Más que un solo debate de identidad, es un debate sobre qué se debe hacer frente a la situación actual. La crisis venezolana es solo un reflejo de los defectos que, en menor o mayor medida, sufren las naciones coétnicas en este continente, sea por el tema demográfico o el político. Y es el caldo de cultivo para repensar las soluciones debidas desde la tradición.

Maximiliano Jacobo de la Cruz, Círculo Blas de Ostolaza

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