La protesta

Transcribimos el comentario escrito por el publicista Benigno Bolaños sobre la protesta del Rey de España Carlos VII ante el inminente acto del juramento de la Constitución de 1876 que habría de realizar el segundo Alfonso

Benigno Bolaños (1865-1909).

Ante el inminente acto del juramento de la Constitución de 1876 que habría de realizar el segundo Alfonso el 17 de mayo de 1902, el Rey de España Carlos VII difundió la siguiente protesta que se recogió en la primera página del número de 13 de mayo de 1902 de El Correo Español.

«Españoles:

Hace diez y seis años que desde Lucerna protesté solemnemente contra la proclamación de mi sobrino Alfonso como Rey de España, mediante la cual se confirmaba una vez más la usurpación cometida a la muerte de Fernando VII, último Monarca legítimo que, de hecho, ha ocupado el solio de San Fernando.

El derecho me pertenece. Por él, y por los sagrados intereses que simboliza, he luchado con gloria, aunque sin fortuna, en los campos de batalla, seguido por mis leales y heroicos defensores, cuya fe y cuyo entusiasmo no decaen, a pesar del tiempo que transcurre, y de la desgracia que hasta ahora nos ha perseguido. Con ellos cuento siempre, para reivindicar en el momento oportuno, y por la vía que proceda, la Corona que nuevamente se me arrebata con la declaración de la mayor edad del titulado Alfonso XIII, tan intruso e ilegítimo como sus inmediatos predecesores.

Triste legado le deja la Regencia, que tan funesta ha sido para la pobre España. Perdidas con deshonra las colonias, mermado el territorio, desatendida la Iglesia, desorganizado el Ejército, deshecha la Marina, recrudecidas la cuestión religiosa y la social, sin Hacienda, sin crédito, y casi sin Patria, su Trono se asienta únicamente sobre las ruinas y escombros de lo que un día fue la poderosa Nación española, dueña de ambos mundos, cuando estaba regida por el cetro de sus Reyes de verdad. Menguado porvenir le espera; y más lamentable será aún el de nuestra España, si Dios no pone pronto remedio a sus males, como yo lo espero.

Mientras tanto, hijo fiel y sumiso de la Iglesia, español amante de su país, Monarca de derecho, protesto de nuevo contra la usurpación que se consuma, contra la irreligión y la inmoralidad que crecen y se desbordan, contra la Revolución hasta aquí triunfante, contra la tendencias anárquicas y antisociales que por doquiera se extienden, y contra todo lo que se oponga al sagrado lema de Dios, Patria y Rey, escrito en mi Bandera, hoy plegada temporalmente, pero pronta a enarbolarse con brío, cuando sea menester.

Soy el mismo de siempre. Mi actitud, mis ideas, mis propósitos y mis convicciones no varían. Dispuesto estoy, como siempre lo he estado, a todos los sacrificios, para cumplir mis deberes; contando con que también vosotros, abriendo los ojos a la luz de la verdad, sabréis igualmente cumplir los vuestros, para que unidos podamos salvar a España, y con ella la causa de la Religión, la del Derecho y la del Orden social. Así lo espera vuestro Rey

CARLOS.

Venecia 3 de Mayo de 1902».

En el ejemplar del día siguiente del periódico católico-realista, el gran publicista monárquico Benigno Bolaños escribió un comentario que pasamos a transcribir a continuación. Los subrayados son suyos.

Félix M.ª Martín Antoniano

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La protesta

Fue denunciado ayer El Correo Español, e igualmente lo fueron los periódicos de provincias que publicaron la Protesta de Don Carlos de Borbón reivindicando sus derechos.

A propósito de lo cual vamos nosotros a decir unas palabras muy oportunas, pero meramente doctrinales, a fin de que el Gobierno no se moleste en perseguir a El Correo Español, o a fin de que si lo persigue no sea él, sino la ciencia del Derecho, la perseguida.

El principio de la legitimidad es uno de los principios que profesamos y mantenemos los carlistas. Acerca de él hemos de publicar hermosos párrafos del Tratado de Derecho político del Sr. Gil Robles, donde se dilucidan estos temas con claridad luminosa y se fundamentan en razones y testimonios solidísimos. Pero sin perjuicio de ello, vayan por delante unas observaciones nuestras y relacionadas con hechos recientes y concretos.

Tomada en un sentido más amplio y filosófico, la legitimidad es la justicia o el derecho puro; y sin ella los hechos humanos carecen del carácter espiritual que les da el ordenamiento de la razón, y se convierten en actos de violencia, o en fuerzas ciegas que coexisten, sin alma que les dé vida. ¿Qué sería de la propiedad en todos los órdenes sin la legitimidad, sin el título justo que es su razón y su fundamento? ¿Cómo podría el hombre llamarse dueño de las cosas apropiables, ni disponer de medios para cumplir su fin, ni tener fin siquiera, sin que la legitimidad fuese el substratum y el cimiento de todos sus medios y de todas sus propiedades?

En este sentido la legitimidad está entre los principios más transcendentales del derecho y más necesarios a la vida; como que se confunde con el derecho y la vida misma. Ahora bien: concretando la legitimidad al orden político, y más especialmente a la soberanía en los Estados, perderá ésta en extensión, pero no cambia de naturaleza, y por eso nosotros la mantenemos como un principio sagrado en nuestra bandera. Tanto más, cuanto que negar o despreciar la legitimidad en el derecho de un soberano, no es lo mismo que negarla o despreciarla en cualquiera otra relación social, sino mucho más grave, por diferentes razones.

La primera, por ser de mayor entidad el derecho al ejercicio de la autoridad y la soberanía en un pueblo que el derecho a la soberanía sobre una tierra o cualquier otro objeto susceptible de ello. La segunda, porque la legitimidad del Sumo imperante está más allá que las otras, y su aceptación o su desprecio influye de una manera eficacísima en las demás relaciones jurídicas que constituyen la vida de un pueblo.

El Derecho es uno y es solidario, y cuando se le hiere en cualquiera de sus partes, todos los derechos se lesionan. Esa causa común que todos los derechos hacen en favor del que se ha violado la confirma el testimonio de todos los días.

Los escritores católicos están condenando los atropellos de que fue víctima la Iglesia por el quebranto que con ellos se infirió a la propiedad individual. Si habéis despreciado el derecho de la Iglesia a sus bienes –dicen–, ¿con qué títulos vais a pedir respeto a la propiedad privada?

Pues de la misma manera se puede argüir a los que desprecian o relegan a lugar secundario el augusto principio de la legitimidad política. Si en esos sitios tan altos os da lo mismo inclinar la frente ante el hecho que ante el derecho; si decís que es accidental la usurpación o la legitimidad, ¿por qué no sois lógicos y sostenéis la misma doctrina en el orden de los derechos privados que sirven de condición a la vida de los hombres?

¿Por qué no os mostráis indiferentes ante todos los atropellos privados que pueda cometer la fuerza? ¿Por qué si ante la política os es lo mismo arriba que abajo, hecho que derecho, os santiguáis cuando Canalejas habla de modificar los latifundios? ¿O es que los latifundios importan más que los Estados?

¡Ah! Piensan algunos que la legitimidad no es cosa que afecte a la Religión y a la justicia, sino que se reduce a una cuestión de decoro y de lealtad que no obliga a los hombres en cuanto cristianos, sino que les afecta únicamente en cuanto caballeros, que no dice relación a su conciencia, sino a su honor político; pero eso no es verdad, la legitimidad es más que eso.

Y nosotros, hombres de la tradición, hombres de lógica, hombres de conciencia y hombres de honor, sostenemos con fe, con constancia, con entusiasmo a la faz del mundo, y como ejemplo y contraste de las apostasías y defecciones sociales, el augusto principio de la legitimidad, que ata enérgicamente nuestra conciencia de cristianos y dulcemente nuestro homenaje de caballeros.

ENEAS   

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