El Carlismo Eterno

La fuerza del Carlismo siempre se ha basado en principios más que en números

Hace unos días dábamos cuenta en nuestro periódico del artículo publicado en el conocido portal norteamericano OnePeterFive acerca del carlismo. Hoy, ese escrito ve su traducción al castellano en el periódico LA ESPERANZA:

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El Verdadero Viejo Mundo

Como se ve en el último episodio de Mass of the Ages: Discover Tradition, cuando los estadounidenses llegan al Viejo Continente, y especialmente los católicos, expresan una fascinación peculiar. Algunos la atribuyen a la condensación histórica y arquitectónica del viejo mundo. O, en relación con España, al hecho de que la Península es casi un mundo a escala reducida. La inmensa variedad de geografías y hábitats en áreas pequeñas contrasta dramáticamente con los vastos espacios del continente americano.

Pero en realidad, la construcción histórica que los diferencia, y lo que provoca esta admiración, es su cosmovisión. Esta deja huella en su carácter, en su forma de ser y en su manera de organizarse como pueblos. Los siglos XVIII, XIX y XX han acontecido para todos. Pero en el continente europeo, ocurrieron como un asalto a una civilización muy longeva: la Cristiandad. Mientras que en Norteamérica, para citar a Tocqueville en La democracia en América, “la cosa era nueva”, verdaderamente nueva.

La admiración, entonces, proviene de un lejano aire de familia. Aunque no se sepa si esa familiaridad reside en el elemento clásico o en el elemento revolucionario. Quizá en ambos. Porque, en todo el mundo, es cierto que la marea moderna ha sacudido cada alma, cada casa, cada aldea. Pero también las raíces naturales y venerables han resurgido, sobreviven sin haber sido completamente subyugadas y nunca son estériles.

Esto está en el núcleo de algo tan común al visitar otro país. La supervivencia resiliente de la naturaleza busca la tradición; un fenómeno que no comprenden quienes se escandalizan de que hoy sobrevivan movimientos políticos como el legitimismo monárquico. Así, los rescoldos jacobitas en el Reino Unido, o el miguelismo portugués, pero sobre todo, los defensores carlistas de Sixto Enrique de Borbón en España e Hispanoamérica. El mero folclorismo, o una afinidad romántica por la recreación histórica, no pueden explicar el coraje y la entrega, a veces muy sacrificial, de estas coloridas continuidades.

Ni los coleccionistas de estampillas ni los amantes de la vestimenta renacentista se consideran partícipes en la política. Tampoco son una supervivencia secular como institución en el sentido tradicional, en ningún grado o intensidad. Ni provocan la enemistad, a veces hostil y deshonesta, de movimientos con raíces políticas revolucionarias.

Más allá de la geografía, este es el verdadero viejo mundo, con raíces religiosas y naturales. Más que viejo, es verdadero en ese sentido. Vemos la fuerte presencia de esta idea en la columna vertebral del legitimismo español: el Carlismo.

Un Orden Político Diferente

No podemos ofrecer aquí una exposición exhaustiva de la doctrina carlista. Debe decirse que es la encarnación de los principios de la moral y política católica y del derecho natural, con su peculiar concreción hispánica en sus costumbres y tradiciones. También debemos mencionar los aspectos localistas y regionales, la unión común de diversas regiones, el sabor consuetudinario de su derecho, y la protección del municipio, las sociedades profesionales y los débiles frente al poder del fuerte o del dinero.

Pero insistamos en el aspecto del orden orgánico a través de las instituciones naturales de la sociedad. Que la autoridad y la obediencia sean públicas. Que una sociedad de familias sea coronada por la familia real. Que la autoridad natural familiar, municipal, gremial y regional y el Rey sean el rostro de la comunidad política. Estos y otros elementos se oponen a las sociedades atomizadas en individuos, facciones, influencias clandestinas y poderes ocultos que buscan transformar la sociedad en su propio beneficio.

Una sociedad moderna, o más bien una “disociedad”, está dividida y es manipulable por los peores intereses. Incluso una comunidad pequeña y local, relativamente aislada de los males modernos y moralmente sana, puede fácilmente ser inducida a convalidar o apoyar dichos males. Esto puede darse mediante el voto o la preferencia por la política del mal menor. Tal comunidad es fácilmente vulnerable a quienes la infiltran, saben disimular de forma organizada y tienen lealtades ocultas.

La red de autoridades naturales, con fines propios subordinados al bien común, sin poderes excesivos pero con prerrogativas incondicionales en su esfera. Este es el remedio que ofrece la doctrina católica —que el Carlismo recoge— al caos sociológico del presente. Tracemos una comparación con la autoridad paterna para hablar de los poderes de gobierno. El padre tiene poder para cumplir su función, que es la educación cristiana de sus hijos. Él decide qué medios utilizar para lograrlo. En este sentido, este poder es suyo; nadie se lo ha conferido; lo tiene en virtud de ser padre. Esto no significa que su autoridad sobre sus hijos no pueda ser excesiva o que no pueda desviarse de su fin.

En este sentido, es incondicional. La autoridad paterna no es delegada por ninguna institución social o política; tiene su fuente en la naturaleza. Así, el gobierno asume una forma convencional en cada caso. Sin embargo, como institución de gobierno, su autoridad no es delegada por nadie. No obstante, debe siempre estar orientada a su fin, que es el bien común.

Este hecho no es irrelevante. El hecho de que el Rey tenga su autoridad, y que esta autoridad tenga su ámbito, significa que, por ejemplo, no puede disponer de la casa de un súbdito ni gobernar su familia como si fuera propia o como si fuera su propiedad. Es decir, la autoridad pública fortalece la sociedad, sí. Pero también fortalece a las sociedades que la componen.

Todo poder, o más propiamente potestas, es delegado. Pero no por el hombre, sino por Dios, desde la misma fuente de la naturaleza. La legitimidad de los poderes debe residir en la naturalidad de las instituciones, incluida su dimensión convencional. Sin esa referencia, es imposible distinguir cuándo un poder actúa ilegítimamente. Y lo cierto es que cuando se entiende erróneamente que todo poder es delegado por una voluntad subjetiva, ya sea del Estado o del Individuo, se puede establecer una tiranía totalizante.

Legitimidad en la Costumbre Natural

Como toda sociedad humana, la sociedad española también tiene su propio carácter y costumbres. (Algunos de estos tesoros pueden observarse en el episodio Discover Tradition: Semana Santa). El Carlismo es un legitimismo en un sentido político profundo: el poder de gobierno está instituido para el bien común de la sociedad, no para el beneficio particular de quien lo ejerce. Pero también defiende una legitimidad jurídica e histórica: las venerables leyes y costumbres del orden cristiano español, que son la raíz de España y de América Hispana.

Estas leyes fueron violadas, pero nunca derogadas, en 1833, con la usurpación que tuvo lugar tras la muerte de Fernando VII, aunque ya habían sufrido intentos previos por parte de los revolucionarios durante la invasión napoleónica (1808–1814) y el Trienio Liberal (1820–1823). En 1833 comenzó el Carlismo, más tarde encarnado en la Comunión Tradicionalista, que hoy se agrupa en torno al príncipe Don Sixto Enrique de Borbón.

Don Sixto Enrique de Borbón

La solidez de las Leyes Sucesorias españolas ha permitido la continuidad real ininterrumpida desde los descendientes del Rey Don Pelayo (718 – iniciador de la Reconquista) hasta el presente. También permiten la sucesión del legítimo pretendiente al trono español, Don Sixto Enrique de Borbón, quien se acerca a los ochenta y seis años de edad y no cuenta con sucesión directa. Su Alteza Real ya ha adoptado las disposiciones pertinentes en un documento fechado en 2021, encomendando su ejecución —incluso si él no pudiera llevarla a cabo personalmente— a ciertos miembros de su Secretaría Política.

El aspecto dinástico está lejos de ser un fetiche o una adhesión histórica accesoria. Es lo que ha permitido articular una profunda legitimidad de ejercicio en una legitimidad de derecho que puede encarnarse en una realidad política concreta. Es lo que ha guiado la organización del pueblo carlista, como una cierta continuación natural de la España auténtica. Es lo que ha permitido la organización de los católicos españoles para resistir y enfrentar a la revolución, y escapar de la disolución moderna no solo, sino sobre todo, en los episodios de guerra que comenzaron en 1833, 1846, 1872 y la Cruzada de 1936. Durante casi dos siglos, las estructuras de la Comunión Tradicionalista sirvieron de refugio y bastión para el pueblo español, que es, ante todo, católico. Hoy, quizás más modesta en número, la Comunión Tradicionalista continúa ese camino, porque es el camino español.

La Vigencia del Carlismo Hoy

Todas las realidades sociales con historia son objeto de representaciones literarias románticas, aún hoy. Pero el legitimismo español es vigente no solo porque, por ejemplo, tiene un príncipe que ha dispuesto su sucesión. La Comunión en su conjunto también posee una eficacia menos modesta de lo que podría parecer. Cuenta con numerosos círculos locales en España y realiza labores de formación, difusión y activismo tanto en redes sociales como en la calle, además de actividades presenciales. Desde la reorganización de la Secretaría Política de S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón en 2001, ha crecido en cantidad, pero sobre todo en calidad y capacidad organizativa.

En su expansión, la Comunión ha dado lugar a Círculos notables en prácticamente todos los países hispanoamericanos. También cuenta con un Círculo Carlista en el actual Texas y una delegación en Florida. Los proyectos políticos en todos estos lugares, además de basarse en la herencia común y la continuidad, tienen su propio enfoque particular, tal como ocurre con la diversidad regional dentro de España.

Carlistas texanos rezan el Santo Rosario y honran a los Mártires de la Tradición en 2024

En el pasado, el Carlismo no estuvo exento de enemigos o ataques, entre los cuales cabe mencionar tendencias fascistas, democristianas y el conservadurismo (liberal) en ropaje arcaico. Estas tendencias continúan hoy y a veces producen ataques deshonestos e inmorales, como ha sucedido muy recientemente.

La fuerza del Carlismo siempre se ha basado en principios más que en números. Y siempre fue la fuerza de estos principios católicos y monárquicos lo que luego le dio número, como continúa ocurriendo hoy, de forma creciente.

Don Sixto Enrique de Borbón, nacido en Pau (Francia) en 1940, es actualmente el último príncipe de la Cristiandad. Se alistó bajo nombre supuesto en la Legión Española y combatió con el Ejército Portugués en la Guerra de Ultramar en Angola y Guinea. Ha recorrido toda América Hispana. Fue el único príncipe que asistió a las consagraciones episcopales del Arzobispo Marcel Lefebvre en 1988.

Su padre, Don Javier de Borbón y Braganza (1889-1977), transportó un cargamento de armas desde Luxemburgo al norte de Portugal para el alzamiento miguelista a inicios del siglo XX. Luego lanzó una iniciativa de paz durante la Primera Guerra Mundial, aprovechando que su hermana Zita se había convertido en emperatriz de Austria. Posteriormente fue puesto al frente del alzamiento carlista contra la República Española en 1936. Amigo íntimo de Pío XII, este le confió misiones confidenciales, como descubrir la infiltración masónica en la Orden de Malta. También fue lugarteniente de la Orden del Santo Sepulcro para Francia.

Don Javier de Borbón y Braganza, padre de Don Sixto Enrique, hermano de la emperatriz Zita

En el Carlismo actual podemos destacar a los profesores José Miguel Gambra y Miguel Ayuso (miembro del Roman Forum), junto con el exdirector de Agencia Faro, Luis Infante, fallecido en 2024, y el padre José Ramón García Gallardo, de la FSSPX. También se puede mencionar al historiador napolitano Dr. Maurizio Di Giovine, al jurista peruano Fernán Altuve, al juez brasileño Ricardo Dip y al embajador colombiano Alejandro Ordóñez, así como a sus predecesores: los profesores Rafael Gambra, Francisco Elías de Tejada y Álvaro d’Ors en España; José Pedro Galvão de Sousa en Brasil; Osvaldo Lira en Chile; Rubén Calderón Bouchet en Argentina; y por último, pero no menos importante, el expresidente uruguayo Juan María Bordaberry. En Estados Unidos, los profesores Frederick D. Wilhelmsen y Brent Bozell (fundadores de Triumph Magazine y Operation Rescue) fueron carlistas acérrimos.

En los más de dos siglos de la Causa, merecen mención también, entre muchos otros, Magín Ferrer, Pedro de Hoz, Cándido Nocedal, Félix Sardá y Salvany (autor de El liberalismo es pecado) y Juan Vázquez de Mella.

Theo Howard es editor colaborador de OnePeterFive. Es un escritor independiente radicado en Londres, cuyos trabajos han aparecido en Crisis, Catholic Herald, The European Conservative y la revista Sword & Spade.

Translated by Daniel Alejandro Rodríguez Guerra

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