Este año se cumple el CXII aniversario del lanzamiento del Integralismo Lusitano.
Su actualidad es tan punzante y viva que sería imposible olvidar la fuerza de las palabras, que aquí reproducimos por escrito de uno de sus fundadores, Hipólito Raposo.
Él sufrió en carne propia la persecución de la República laica: los periódicos quemados en Rossio, la ocupación de la redacción por la policía, conoce la prisión por un delito que no cometió, como tantos otros que, en el límite, no regatearon la entrega de su vida a una Causa.
Una causa que debe renovarse obligatoriamente, si no queremos caer en la vergüenza del alejamiento, en la humillación de la cobardía de un incomprensible conformismo.
«(…) Les correspondía el destino de alzar la voz contra la República en nombre de la razón política y de los verdaderos dictados del bien común, tan gloriosamente servido por la Realeza en siete siglos de experiencia histórica. (…)
De la apostasía del Poder derivó para la enseñanza el jacobinismo más sesgado, cuyos efectos pronto vimos y luego soportamos, en la extinción de las congregaciones y misiones religiosas, en el aumento de la criminalidad, en la virulenta indisciplina social y en la provocadora intolerancia que llenan los primeros años de la República. (…)
Esos jóvenes se confesaban tradicionalistas por Dios, por la Patria y por el Rey. Pero su tradicionalismo no era hermético ni contemplativo.
(…) El tradicionalismo es el sistema de armonización de los valores constantes con los variables, a través de la continuidad del tiempo y de las generaciones.
Por este sistema se proclamaba el imperativo de la unidad nacional, durante cien años deshecha por la guerra civil de las fuerzas armadas y los partidos; el reconocimiento de la diferenciación regional con el ferviente culto a las patrias locales; la necesidad de la organización profesional por parte de las corporaciones de la Inteligencia y del Trabajo, en fórmulas de gremialismo actualizado; la solución del problema espiritual de la vida de las personas y de la nación mediante el respeto y la obediencia a la doctrina de la Iglesia Católica, profesada durante ocho siglos por las escuelas y el pueblo portugués.
La familia, la propiedad, la profesión, el municipio, la religión, la patria y la realeza se imponían con el prestigio de verdades fundamentales, eran las constantes más sólidas que habían hecho posible la coexistencia de los portugueses en el cumplimiento de su destino histórico, y sobre las que sería necesario establecer un orden político-social regenerado.
La familia exigía cohesión y estabilidad; estábamos en contra del reconocimiento de los hijos adúlteros, en contra del divorcio y en contra de los excesos fiscales, defendiendo el matrimonio y la herencia.
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