
«Recordemos que el liberalismo es pecado. Porque, como fruto del racionalismo, es decir, del uso de la razón como único instrumento para investigar todo, no reconoce una revelación divina y sobrenatural. De ahí se deriva la libertad para el mal, porque la distinción entre el bien y el mal depende del gusto de cada uno y no de un magisterio superior del que es ejecutor el Estado.
Los masones y los liberales coinciden en su trabajo por un Estado laico, es decir, por la separación total entre la Iglesia y el Estado. En ese Estado laico, la verdad y el error tienen los mismos derechos legales: así nace la libertad para los falsos cultos públicos y su equiparación con la verdadera religión. A partir de ahí, todo es posible: la libre circulación de errores inferiores a los teológicos, ya sean filosóficos, políticos o los que modelan directamente las costumbres: el comunismo, el socialismo, el divorcio, el aborto criminal, la pornografía, etc.
En el Estado liberal no hay otro criterio que la opinión de la mayoría, expresada por el sufragio universal a todos los niveles y sin limitación de competencias por la revelación o el magisterio infalible de la Iglesia verdadera. Esa opinión de la mayoría no es espontánea ni natural, sino artificial y prefabricada por los partidos políticos; muchos de ellos, a su vez, son fruto de otras organizaciones y cenáculos menos visibles, que en una mentirosa contradicción con lo que dicen, tienen aspiraciones fuera de la naturaleza; no en lo sobrenatural, que repudian, sino en lo preternatural, «en los espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas », y definitivamente en Satanás. La masonería es la Iglesia de Satanás».
Alberto Ruiz de Galarreta, La restauración de la política católica
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