En estos últimos diez años, el Cardenal Walter Brandmüller ha sido objeto de atención en los medios de información religiosa a raíz de su pública toma de postura crítica ante diversos preocupantes síntomas doctrinales y disciplinares manifestados en el pontificado de Francisco, que evidenciaban aún más el estado de crisis que se viene arrastrando dentro de la Iglesia desde hace varias décadas. Ejemplos destacados de esa actitud fueron, por un lado, su firma, junto con otros tres Cardenales, con fecha 19 de septiembre de 2016, de cinco dubia relativos a la posibilidad de la existencia de casos en que fieles en situación de adulterio pudieran comulgar (hipótesis que parecía admitirse en la Exhortación Apostólica Amoris laetitia, de 19 de marzo de 2016, documento conclusivo de la XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos), y que quedaron sin contestar; y, por otro, su firma también, en unión de otros cuatro Cardenales, con fecha 10 de julio de 2023 (en vísperas del inicio de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos), de otros cinco dubia relativos a la reinterpretación de la Revelación en función de la cultura en boga, bendición de sodomitas, naturaleza sinodal de la constitución de la Iglesia, ordenación de mujeres, y absolución sacramental sin arrepentimiento, los cuales serían reformulados con fecha 21 de agosto tras la inconcluyente respuesta que dio el Papa el 11 de julio, quedándose finalmente de nuevo sin contestar.
Una faceta menos conocida del Cardenal Brandmüller es la de ser uno de los grandes especialistas del «Caso Galileo» que hay hoy día dentro de la disciplina de la Historia de la Iglesia. Cuando todavía era sólo un Presbítero, regentó entre 1970 y su jubilación en 1997 la Cátedra de Historia de la Iglesia Medieval y Moderna en la Universidad de Augsburgo (Baviera). En la Curia Romana, primero fue nombrado en 1981 miembro del Comité Pontificio de Ciencias Históricas, pasando después a presidir este organismo desde 1998 hasta 2009. Tanto la consagración episcopal como el cardenalato los recibirá en noviembre de 2010.
El Papa Juan Pablo II, en su Discurso en francés «a la Pontificia Academia de las Ciencias con motivo de la conmemoración del nacimiento de Albert Einstein», el 10 de noviembre de 1979, expresaba su deseo de que «teólogos, sabios e historiadores, animados por un espíritu de colaboración sincera, examinen a fondo el caso de Galileo y, reconociendo lealmente los desaciertos [torts], vengan de la parte que vinieren, hagan desaparecer los recelos que aquel asunto todavía suscita en muchos espíritus contra la concordia provechosa entre ciencia y fe, entre Iglesia y mundo. Doy todo mi apoyo a esta tarea, que podrá hacer honor a la verdad de la fe y de la ciencia, y abrir la puerta a futuras colaboraciones» (traducción tomada de la página digital oficial del Vaticano).
En mayo-julio de 1981 se creó la que se conocerá como «Comisión galileana» a fin de llevar a cabo los objetivos marcados por el Santo Padre en la referida Alocución. Con ocasión de la Sesión Plenaria de la Academia Pontificia de las Ciencias habida el 31 de octubre de 1992, el Cardenal Poupard, encargado de coordinar la postrera fase de la Comisión, en su discurso presentó al Papa las conclusiones a que habían llegado los trabajos realizados en su seno. De entre las obras que habían ido surgiendo al calor de todo este proceso de investigación vaticana, Poupard incluía, a pie de página en la traslación escrita oficial de su discurso, dos producciones dadas a luz durante ese período por el entonces Profesor Brandmüller.
La primera llevaba por rótulo Galilei und die Kirche oder das Recht auf Irrtum, y fue publicada en 1982. La editorial opusina Rialp sacó en 1987 una traducción con el encabezamiento Galileo y la Iglesia, alumbrando a su vez en 1992 una segunda edición en la que simplemente se incorporaba el discurso de respuesta de Juan Pablo II al Cardenal Poupard en la mentada solemne jornada del 31 de octubre.
En este libro Brandmüller proponía retomar la tesis que el físico e historiador-filósofo de la ciencia, Pierre Duhem, había desarrollado en una serie de cinco artículos publicados en los números de mayo a septiembre de 1908 de la revista mensual Annales de philosophie chrétienne, bajo el común rubro «Essai sur la notion de théorie physique de Platon a Galilée», que serán recopilados ese mismo año en un muy conocido opúsculo titulado Sozein ta phainomena. Essai sur la notion de théorie physique de Platon a Galilée.
Duhem señalaba: «Que las hipótesis de Copérnico consigan salvar todas las apariencias conocidas, se concluirá de ello que esas hipótesis pueden ser verdaderas, no se concluirá de ello que ellas sean ciertamente verdaderas; para legitimar esta [última] conclusión, sería preciso probar con anterioridad que no podría imaginarse ningún otro conjunto de hipótesis que permitiese salvar igual de bien las apariencias, y esta última demostración no ha sido dada jamás» (Duhem, op. cit., pp. 132-133). Y sentenciaba un poco después: «La Lógica estaba de parte […] de Belarmino y de Urbano VIII, y no de parte de Kepler y de Galileo; […] aquéllos habían comprendido el exacto alcance del método experimental y […], a este respecto, éstos se habían equivocado» (ibid., p. 136).
Por su parte, Brandmüller, tras citar estos dos pasajes de Duhem, acaba propugnando en su estudio la que se ha llamado «tesis del error mutuo» con estas palabras: «Todo esto conduce al paradójico resultado de que Galileo se equivocó en el campo de la ciencia y los eclesiásticos [die Kurie] en la teología, mientras que éstos acertaron en los terrenos científicos y el astrónomo en la exégesis [Bibelerklärung]» (copiamos de la edición traducida de 1987, pp. 177-178).
(Continuará)
Félix M.ª Martín Antoniano
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