La segunda producción de Brandmüller referida por el Cardenal Poupard, es sin duda la más importante que salió de la pluma del erudito alemán. Lleva por título Copernico, Galilei e la Chiesa. Fine della controversia (1820). Gli atti del Sant´Uffizio. Aunque el manuscrito ya estaba terminado en 1989, no se estampó hasta 1992. Recoge una amplia documentación relativa a la controversia que se suscitó en el interior de la Curia Romana, entre el Maestro del Sacro Palacio Filippo Anfossi O. P. y distintos oficiales del Vaticano liderados por el Comisario del Santo Oficio Maurizio Benedetto Olivieri O. P., en torno a la concesión del imprimatur a un libro de texto que enseñaba la teoría copernicana (sobre este interesante episodio, desconocido en sus detalles para el público general hasta que salió la edición de Brandmüller, ya hicimos un brevísimo resumen en el artículo «El Caso Settele»).
El volumen consta de dos partes: la primera es la que propiamente redactó el futuro Cardenal, consistente en un extenso Comentario introductorio. La segunda, agrupa un total de 72 textos, cuya recolección y transcripción corrió a cargo del historiador germano Egon Johannes Greipl. Sin duda favoreció mucho esta labor recopilatoria el hecho de que el Comisario Olivieri llegara a imprimir en noviembre de 1820, para uso interno de los Cardenales de la Santa Inquisición Romana, múltiples ejemplares de un folleto en donde se compilaba, precedida por un largo Voto explicativo del propio Comisario, una colección de 23 documentos provenientes de todas las partes implicadas. Este dosier, elaborado con el pretendido fin de ayudar a los purpurados a tener una visión completa del «Caso Settele», traía la siguiente cabecera: Suprema Sacra Congregazione del S. Officio. Sopra uno scritto stampato, rimesso alla S. C. da Sua Santità, fattole presentare dal Reverendissimo P. Filippo Anfossi, Maestro del Sacro Palazzo Apostolico, contro la permissione della dottrina della mobilità della Terra, e dichiarazione degli antichi Decreti nelle Ferie IV. 16. 23. Agosto 1820. Ristretto di ragione, e di fatto. Con Sommario di Documenti, e di Allegazioni. Se puede consultar una copia facsímil del mismo en la obra Giuseppe Settele, il suo Diario e la questione galileiana (1987), en la cual el astrofísico Paolo Maffei reunió los pasajes del Diario del Profesor Settele que guardaban alguna relación con las vicisitudes de su controvertido imprimatur, o con otros procesos más o menos vinculados a ese asunto que se andaban ventilando en Roma por aquellos años.
Brandmüller, en su Comentario preliminar, se alinea claramente del lado del Comisario Olivieri: «es necesario acreditar a Olivieri el haber cogido con precisión no sólo la cuestión aquí puesta. Llevando adelante su argumentación reveló también una gran erudición y sagacidad. Consiguió demostrar de modo convincente que la Santa Sede censuró el heliocentrismo en 1616 por motivos igual de válidos que aquellos por los que lo aceptó en 1820, sin atraerse la acusación de haber cambiado de opinión. Con esta prueba, y sobre todo con el modo en que la condujo, Olivieri hizo mucho honor al Santo Oficio» (Brandmüller & Greipl, op. cit., p. 116).
¿En qué consistía el razonamiento de Olivieri? Pensamos que se encuentra bien sintetizado en el parágrafo § 37 del susodicho Voto que antecedía al sumario documental. En él aseveraba el Comisario dominico: «Yo […] he, espero sin réplica, demostrado 1. que el sistema [copernicano] no había sido condenado en cuanto a los movimientos astronómicos de la rotación y la traslación de la Tierra, esto es, en su fondo, y en sí; 2. que había sido condenado en cuanto a los trastornos terrestres [scompigli terrestri] en los cuales envolvían la doctrina sus defensores. Y, por tanto, que enseñándose hoy el sistema sin tales trastornos [scompigli], no estaba ya más afectado por la condena» (ibid., p. 363).
Brandmüller, por su parte, terminaba su Comentario con los siguientes asertos (ibid., pp. 129-130):
«Recorriendo los desarrollos de la posición de la Iglesia en confrontación de Copérnico y Galileo se ofrecen varias observaciones sorprendentes.
La primera es que, en la época de Galilei, el requerimiento del Santo Oficio, o mejor de la Congregación del Índice, de sostener el heliocentrismo sólo como hipótesis aparece plenamente justificado desde el punto de vista de la actual teoría crítica de la ciencia. Fue Tomás de Aquino quien formuló ese principio seguido por los teólogos romanos, los cuales así evitaron caer en un ingenuo optimismo hacia la ciencia. Aún hoy este punto de vista se demuestra justo.
En el Setecientos el conflicto parecía estar resuelto: los científicos romanos habían recibido la doctrina de Newton y ellos mismos contribuían a reforzar el sistema heliocéntrico mientras en el Índice de 1758 no se contenía más la prohibición general para los libros que enseñaban el heliocentrismo. Hacia el final del Setecientos este desarrollo no sólo se interrumpe sino que viene incluso a olvidarse, de modo que en el conflicto a propósito de los Elementi di Astronomia de Settele comparecieron de nuevo las antiguas posiciones de inicios del Seiscientos.
¿Y Olivieri? En un primer tiempo podrá parecer que él había abandonado la posición del Aquinate, influenciado por el progreso científico. Pero también Olivieri, y con él luego el Santo Oficio, no afirmó jamás que el movimiento de la Tierra y el heliocentrismo fueran verdades inquebrantables, si bien entretanto se hubieran convencido de ellas el mundo de los expertos y no menos la opinión pública. La argumentación de Olivieri mostraba simplemente que se puede enseñar esta concepción astronómica sin contradecir la fe católica. Esta reserva se ha demostrado luego justificada, visto que el sistema de Copérnico, de Galileo y de Newton ya ha sido superado hace tiempo por la investigación. Y este propio desarrollo confirma nuevamente el escepticismo metodológico de los teólogos romanos de 1616 basado en Santo Tomás de Aquino. Con esta constatación, por lo tanto, el Santo Oficio había estrictamente observado los límites de sus competencias, sean teológico-científicas, sean eclesiástico-magisteriales.
Había sido creada así por parte de la Iglesia una premisa importante para un diálogo fructífero entre ciencia e Iglesia. El coger esta oportunidad con ocasión de las discusiones sobre el desarrollo de las ciencias naturales en el siglo XIX e inicios del XX fue posible sólo en casos excepcionales. Pero el reconocimiento de que el progreso científico tiene necesidad también de la indicación de la ética y de la interpretación teológica, impuéstose en la segunda parte de nuestro siglo, ha visto en este diálogo un hecho de vital importancia para la humanidad. La Iglesia está pronta a conducir este diálogo».
En ese año de 1992, Brandmüller publicó asimismo otro libro con el encabezado Galilei e la Chiesa – ossia il diritto ad errare. Aunque llevaba el mismo título que la versión original alemana de 1982, se trataba en realidad de una edición revisada y ampliada: por un lado, el autor, sin rectificar en absoluto su tesis originaria, se limitaba a incorporar y analizar los nuevos datos aportados por la reciente historiografía dedicada al juicio de Galileo que había ido apareciendo en los últimos años, sobre todo a raíz de la conmemoración del 350º aniversario de dicho evento en 1983; y, por otro, añadía una descripción de los acontecimientos eclesiásticos posteriores concernientes al tema hasta llegar a los consabidos hechos de 1820.
Así lo reseñaba el propio Brandmüller en el prólogo que puso al frente de otra obra editada en 1994 bajo el título Galilei und die Kirche. Ein «Fall» und seine Lösung. Respecto al contenido de esta última –tal como el mismo Profesor alemán continuaba expresando en el prólogo–, mientras que para el relato de los sucesos que se extienden hasta la famosa sentencia de 1633 se sirvió esencialmente de la antedicha nueva edición italiana de 1992, para la historia posterior hasta 1820 siguió básicamente su Comentario adjunto a la edición de las actas del Santo Oficio. Últimamente, el ya Cardenal Brandmüller ha vuelto a reeditar en 2021 este postrer ensayo, aunque uniéndole una nueva etiqueta al dorso: Der Fall Galilei und die Kirche. En 2024, en fin, salió una versión inglesa del mismo volumen: The Case of Galileo and the Church. Sería de desear que pronto se pudiera sacar igualmente una traducción castellana.
Reviste especial importancia toda esta producción, no ya sólo por la calidad intrínseca que pudiera ostentar, sino porque –a juicio de diversos especialistas en esta materia– el espíritu que la anima es el que a la postre vino a inspirar principalmente el cuerpo de las respectivas manifestaciones del Cardenal Poupard y Juan Pablo II en la célebre sesión del 31 de octubre de 1992, convirtiéndose así en una especie de línea oficiosa eclesial del «Caso Galileo».
A primera vista, resulta contradictorio el apoyo que Brandmüller presta al mismo tiempo tanto a la llamada «tesis del error mutuo» como a la peculiar tesis de Olivieri. En el primer caso, es evidente que, si uno quiere conjeturar que la Iglesia incurrió en error cuando definió la incompatibilidad del copernicanismo con las Sagradas Escrituras, necesariamente habrá de calificar como no infalible semejante pronunciamiento magisterial. Esta posición la condensaba muy bien el cardiocirujano Mario Viganò en su artículo «Contribución al estudio de la “cuestión galileana”» impreso en el número de septiembre de 1980 del boletín trimestral Ateísmo y Diálogo, órgano del entonces «Secretariado para los No Creyentes» (tomamos la cita de Mariano Artigas & Melchor Sánchez de Toca, Galileo y el Vaticano, B.A.C., 2008, p. 82):
«Si por “cuestión galileana” entendemos los errores cometidos por el Santo Oficio en los procesos de 1616 y 1633, tantas veces sacados a relucir contra la Iglesia, podemos decir que la “cuestión galileana” está resuelta de un plumazo reconociendo simplemente los errores y mostrando que la infalibilidad de la Iglesia no cae en este campo».
Ahora bien, precisamente Olivieri estaba tan convencido, por el contrario, del carácter infalible de aquella intervención pontificia, que por eso no le quedó más remedio que idear esa historia según la cual, la doctrina copernicana que la Iglesia anatematizó en tiempos de Galileo, era en realidad sustancialmente distinta de la que se estilaba en las primeras décadas del siglo XIX, por lo que no había ningún problema en declarar aquélla como contraria a la Sagrada Escritura, y a ésta como perfectamente conciliable.
Si Dios quiere, trataremos de profundizar próximamente un poco más en este enrevesado asunto, aunque ya adelantamos que, a nuestro humilde entender, nos parece que la postura adoptada por el Maestro del Sacro Palacio, Filippo Anfossi, es fundamentalmente la única correcta, si bien no esté exenta a su vez de alguna debida matización.
Félix M.ª Martín Antoniano
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