Como hombres, como personas, como sociedad debemos volver a vincularnos a todo lo que existe en todos nuestros valores eminentemente portugueses, pues urge salvarlos de aquellos cuya misión es acabar con las diferencias entre los hombres y los pueblos, sustituyéndolas por una nueva religión abstracta y libresca.
Es fundamental recuperar el cristianismo combativo de siglos pasados, que encontraba la salvación en el alma del pueblo, frente al intelectualismo exhumador de equilibrios falsamente clásicos e inventor de repúblicas construidas en las nubes de las sociedades naturales.
No aceptamos los sueños cosmopolitas que son, claramente, máscaras traicioneras en la guerra librada contra Dios; nuestra lucha es por la transmisión de experiencias, de modos de vida y de consejos. Estamos a favor de la vida no para alcanzar la perfección, sino el bien. Esta forma de ser significa una conciencia renovada de las glorias pasadas, una vocación universal y estable de nuestros símbolos.
Queremos la exaltación de las virtudes nacionales y regionales, contrarias a lo que los ideólogos nos venden cada día, distorsionado y extranjero; no creemos en los paraísos modernos ni en los moralistas que nos asfixian; lucharemos para mantener a nuestras familias alejadas de los peligros del azar y del brutal arribismo urbano; defenderemos con todas nuestras fuerzas las instituciones civiles y religiosas a las que debemos la unidad y la particularidad de Portugal; amaremos las costumbres populares y todo lo que impida los daños causados por esa uniformidad impuesta por los desgraciados modelos revolucionarios.
Causa Tradicionalista
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