Roma descubre el peligro del exceso… de amor a la Virgen

Nadie cambia dogmas, nadie toca definiciones. Todo es más sutil. No se apaga la luz: se baja la intensidad; tampoco nadie niega nada, solo se matiza; y mucho menos corrige: se «equilibra»

En una época en la que la fe se evapora en Europa a la velocidad de una vela bajo el ventilador, Roma ha decidido identificar una amenaza urgente: el «maximalismo» en la devoción a Nuestra Señora. Sí, han leído bien. No el abandono de los sacramentos, no el colapso de la catequesis, no la ignorancia religiosa que convierte a generaciones enteras en analfabetos espirituales. El peligro es que alguien ame demasiado a la Virgen.

La aprobación de los nuevos estatutos de la Pontificia Academia Mariana Internacional llega envuelta en el lenguaje de siempre: equilibrio, diálogo, fraternidad universal, cultura, paz mundial. El catálogo completo de palabras que nunca ofenden a nadie… salvo, quizá, a la claridad. El documento pide evitar tanto el «maximalismo» como el «minimalismo» mariano, pero la realidad pastoral de nuestro tiempo vuelve la advertencia casi cómica: el minimalismo campa a sus anchas desde hace décadas, mientras el maximalismo parece haber quedado relegado a las estampitas antiguas y a algún rosario rezado con demasiada convicción.

Resulta difícil no apreciar la ironía histórica. Durante siglos, santos, doctores y papas compitieron —santamente— por encontrar palabras suficientemente audaces para honrar a la Madre de Dios. La llamaron Omnipotencia Suplicante, Tesorera de todas las Gracias, Terrible como ejército en orden de batalla, Refugio de pecadores y Destructora de todas las herejías. Nadie en Roma convocó entonces una comisión para advertir contra el entusiasmo excesivo. Al contrario: el problema era siempre el mismo, la tibieza, la indiferencia, el olvido. Hoy, sin embargo, el peligro parece haberse invertido: no vaya a ser que alguien se entusiasme demasiado.

Pero el verdadero corazón del asunto no está en la palabra maximalismo. Está en el clima. Los nuevos estatutos hablan de que el conocimiento mariano debe servir también a la fraternidad universal, la solidaridad, la justicia y la paz mundial ¿2030?). Y uno no puede evitar preguntarse cuándo la mariología empezó a necesitar credenciales de ONG para justificar su existencia. Hubo un tiempo en que bastaba con decir que María conduce a Cristo y que Cristo salva al mundo. Ahora parece prudente añadir que también contribuye a la convivencia global, por si acaso.

La Academia, además, se abre a miembros de otras confesiones y culturas como «enviados mariólogos». Académicamente impecable, simbólicamente revelador. La institución dedicada a estudiar a la Madre de Dios podrá contar entre sus expertos con personas que no creen que sea Madre de Dios, ni Inmaculada, ni Mediadora, ni nada de nada. Es como crear una academia sobre la Eucaristía con expertos que no creen en la presencia real, pero todo en nombre del diálogo. El modernismo del Vaticano II tiene estas delicadezas.

Nadie cambia dogmas, nadie toca definiciones. Todo es más sutil. No se apaga la luz: se baja la intensidad; tampoco nadie niega nada, solo se matiza; y mucho menos corrige: se «equilibra». El lenguaje oficial nunca dice que la devoción mariana deba reducirse; simplemente la rodea de advertencias, cautelas y notas a pie de página hasta que acaba pareciendo un tema potencialmente delicado, casi embarazoso, algo que conviene tratar con moderación y tono académico. Hemos pasado de la tierna devoción a la Virgen María a ser sólo un «tema», y sólo apto para eruditos.

Y así llegamos a la paradoja final. En el siglo de la indiferencia religiosa, la advertencia eclesial no es «recordad a María», sino «no exageréis con María» (la de Nazaret… no vaya a ser que los protestantes se alteren, como diría el Papa actual). En la era del olvido de Dios, la consigna es evitar el exceso de amor a su Madre. Es difícil imaginar un símbolo más perfecto de nuestro tiempo eclesial: la Iglesia que durante siglos incendió el mundo con la devoción mariana ahora se preocupa de que la llama no suba demasiado.

Mientras tanto, en la vida real, parroquias sin rosario, catequesis sin María, generaciones que apenas conocen sus dogmas, jóvenes que no sabrían explicar qué significa la Inmaculada Concepción. Pero tranquilos: Roma vigila que nadie caiga en el maximalismo.

Y así, entre estatutos, dicasterios y fraternidades universales, la vieja consigna de la tradición queda resonando con un punto de ironía involuntaria: Ad Jesum per Mariam. Sí, pero por favor, con moderación.

Como final, recordarles  que Nuestro Señor Jesucristo jamás permitió que le hicieran mal alguno a su Madre… ni siquiera un Dicasterio ni una Academia.

Roberto Gómez Bastida, Círculo Tradicionalista de Baeza

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