Lo que es la civilización moderna

escrito muy interesante que hace una defensa de la postura de la Iglesia bajo Pío IX contra la llamada «civilización moderna»

Caricatura de la revista La Flaca donde representan a Don Carlos VII como Don Quijote y a Aparisi y Guijarro a Sancho Panza durante la I República (1869). Wikimedia Commons

El periódico Altar y Trono tuvo muchas particularidades. Además de ser una publicación editada durante el Sexenio Democrático, añadió a su título la coletilla «revista hispanoamericana» y acogió numerosas plumas venidas de Cuba o Puerto Rico. Sin embargo, lo que nos interesa ahora es un texto recogido en su segundo número, en mayo de 1869, bajo la firma del entonces carlista aragonés Valentín Gómez.

Su escrito es muy interesante, ya que hace una defensa de la postura de la Iglesia bajo Pío IX contra la llamada «civilización moderna». Se trata de una crítica muy común en los círculos católicos si nos atenemos a los precedentes de Haller o de Balmes, cimentados finalmente por el papa-rey en el Syllabus (Sílabo de los errores). Gómez diferencia el progreso técnico del ideológico; sostiene que la mayor diferencia del mundo cristiano —en proceso de demolición en ese momento por el régimen del Sexenio— era la lucha contra el error, mientras que el mundo liberal consistía en otorgar derechos a dicho error o, en el caso de los conservadores, en forzar una convivencia con él.

Don Valentín comenzó su vocación política bajo la defensa de los reyes legítimos, siendo uno de los directores de Altar y Trono y de otros periódicos carlistas. En 1871 fue electo diputado por Daroca (Zaragoza) bajo las siglas de la entonces Comunión Católico-Monárquica; incluso se le adjudica la redacción de uno de los manifiestos de Carlos VII durante la tercera guerra. Lamentablemente, no se atuvo a las palabras y críticas vertidas en este artículo: tomó una deriva hacia el neocatolicismo, formando parte del entorno fundador de la Unión Católica junto a Alejandro Pidal, para finalmente pasar al conservadurismo alfonsino como gobernador civil. Incluso llegó a ser precursor de la democracia cristiana con su discurso de Zaragoza en 1890, La democracia cristiana según los Fueros de Aragón.

Que esta decepcionante trayectoria no reste claridad a este texto ni a sus sentencias, que forman parte de un importante cuerpo doctrinal de la tradición española, caracterizado por enfrentar el error mediante una excelsa argumentación. Por último, cabe señalar que se ha adaptado la ortografía para facilitar la lectura e invitar a disfrutar del texto en su plenitud.

Nicolás S. Torres , Círculo Blas de Ostolaza

***

He oído aquí muchas veces que no hay derecho al error, que no hay derecho más que a la verdad….: esto es el retroceso; esto es ni más ni menos que la negación de la civilización moderna…No: yo digo lo contrario: hay derecho al error…; yo diré más: diré que hay derecho al mal.

(El Sr. Echegaray[1], en la sesión del 5 de mayo)

La ignorancia, que es uno de los mayores enemigos que tiene el catolicismo, quedó asombrada cuando la Santa Sede declaró solamente en un famoso documento que «el Papa no podía ni debía conciliarse con la civilización moderna[2]

—¡Que atrocidad! Gritó la estúpida ignorancia. ¡El Papa condena la civilización moderna! ¡La Iglesia lanza el rayo de excomunión sobre las conquistas del entendimiento humano, sobre las maravillas de la ciencia, sobre el telégrafo y el vapor…! ¡Se quiere que volvamos a los tiempos del oscurantismo, que renunciemos a todos los adelantos, a todos los prodigios que el genio humano ha hecho en los últimos siglos!

La estupidez no había entendido que la Iglesia, siempre sabia y perspicaz, había querido decir en su célebre condenación. La malicia vino en ayuda de la estupidez, y entre ambas formaron un tejido de absurdas interpretaciones y de infames calumnias, que en libros, periódicos y discursos se han ido repitiendo diariamente, a pesar de aclaraciones lógicas y de estudios profundos hechos por atletas vigorosos de la causa católica.

Una y otra vez se demostraba que en la frase civilización moderna no estaban comprendidos los naturales progresos de las ciencias y las artes: en todos los tonos y por mil maneras diferentes se ponía de manifiesto que la Iglesia, lejos de condenar las maravillas de la electricidad y del vapor, tenía para esas bendiciones especiales, porque sabe y enseña que todos los inventos de la inteligencia humana, deben destinarse, en último fin, a cantar la gloria del Dios Creador de todas las cosas que el hombre modifica, pule y acomoda para su propio bien de su vida.

Demostrábase, en fin, con evidencia absoluta que la civilización moderna nada tenía que ver con nuestros usos y lícitas costumbres, y que, en la iglesia, en su gran sabiduría, se encaminaba a un objeto más hondo, en que estaba nada menos que comprometida la existencia de la sociedad.

¡Inútiles esfuerzos! La estupidez y la malicia de consuno[3], haciendo oídos de mercader, gritaron y manotearon desaforadamente contra la Iglesia y contra el Papa, y desde lo alto de la sibilítica cátedra de la libertad, se declaró guerra a muerte al catolicismo, como protector de la ignorancia y del retroceso, y enemigo mortal que las luces.

Ha sido precisa una revolución como la de Setiembre[4] para que , con datos seguros , podamos en España explicar de una vez cual es la esencia de la civilización moderna, y cómo el Papa, al condenarla, hería derechamente las entrañas del error trascendental de nuestros tiempos.

Al cabo sabrán ya los necios lo que la Iglesia condena; al cabo se convencerán de que no desempeñan ningún papel en este asunto ni el ferrocarril, ni el telégrafo, ni siquiera los velocípedos.

Lo ha oído España entera de la boca de un revolucionario: «negar que el error, que el mal tenga derechos, es el retroceso, es la negación de la civilización moderna».

¿Es posible decir nada más claro y terminante? ¡Gracias a Dios que se arrancan las caretas! ¡Gracias a Dios que las cosas se llaman por su nombre y no se tuerce la recta significación de las palabras! Ya era tiempo: el doctrinarismo nos ahogaba con sus infames sutilezas, con sus interpretaciones absurdas y cobardes, y teníamos hambre y sed de ver el campo abierto y los enemigos enfrente con la visera levantada.

Ya están ahí sin disfraces: ya han arrojado la maldita aljofaina[5] de Pilatos; ya dicen lo que son y lo que quieren: son los abogados del mal: quieren la civilización moderna, esto es , el derecho del error.

Respiremos, y mirémoslos cara a cara.

«Negar, dicen, que el error tiene derechos, es negar la civilización moderna.»

¡Frase admirable! No sabemos que vale más en ella, si lo escueto y rígido de su construcción, o la profunda exactitud de la idea.

La civilización moderna no busca la verdad; no trata siquiera de buscarla: viene única y exclusivamente a defender los derechos del error.

La verdad era el fundamento de la civilización cristiana. La verdad imperaba como señora absoluta de las instituciones de la vida social y de la vida individual. Nadie ponía en duda que en nombre de la verdad era lícito perseguir y extirpar los errores, como enemigos de la sociedad, del mismo modo que se juzga lícito combatir a extranjeros invasores, como enemigos de la patria.

La civilización cristiana consideraba el error como a un ladrón que asalta la moral del prójimo y perturba el orden social. El error, en el orden de las ideas, es realmente un ladrón que salta la morada de la verdad, con el fin de usurparle el puesto que legítimamente le corresponde en el entendimiento humano.

¿Había errores durante la civilización cristiana? ¡Quien lo duda! Los había, porque el mal es el castigo y el efecto de nuestra primera culpa, y no hay ni habrá nunca medio de librarnos completamente de su influjo. Había errores, pero se miraban como hechos, hechos lamentables que era necesario corregir; más de ninguna manera se concedía el derecho a profesar el error.

Los mismos herejes, los revolucionarios de entonces, no combatían a la Iglesia en nombre de los derechos del error, sino, por el contrario, en nombre de los derechos de la verdad. Creían de buena o de mala fe que sus doctrinas eran verdaderas y como tales las defendían, y como tales querían imponerlas a los demás, negando la autoridad de la Iglesia y su derecho a ordenar lo que creyera justo, precisamente porque la Iglesia, según ellos, faltaba a la verdad.

La civilización cristiana reconocía y reconoce el principio fundamental que solo la verdad tiene derechos. No niega que el error exista; no niega que pueda existir; lo que niega es su derecho a pedir respeto, tolerancia y libertad para existir.

El error es una enfermedad del espíritu , como la tisis es una enfermedad del cuerpo. ¿Existe la tesis? Desgraciadamente existe. ¿Puede existir? Puesto que existe, puede existir. Mas ¿Tiene derecho a que el hombre le conceda libertad para desarrollarse? ¿Tiene derecho a que el hombre tolere su propia muerte? No; la tisis es un enemigo que el hombre debe combatir hasta que logre extirparlo, hasta que lo aniquile. Pues el error, tisis del espíritu, no tiene derecho a matar el entendimiento humano, y el hombre debe hacer cuantos esfuerzos sean posible para curar las enfermedades de su espíritu, como las de su cuerpo.

En esta doctrina sencillísima, que el derecho natural consigna y el sentido común reconoce fácilmente, se fundaba el sólido edificio de la civilización cristiana, a la cual se da hoy el nombre de retroceso.

Mas llega la civilización moderna, que no es sino la práctica del liberalismo, y principia por romper las cadenas que sujetaban el error, le declara libre, y le concede el derecho de ciudadanía. Lo ha dicho el sr. Echegaray; pero aunque él no lo dijera, bastaba ver la serie de libertades que son de uso corriente en la civilización moderna, para convencernos de ello.

Libre la prensa, libre la tribuna, libre la cátedra, libre la asociación ¿Qué significa esto? Significa que la prensa, y la tribuna, la cátedra y la asociación, no solamente pueden predicar y hacer el mal, sino que tienen derecho para predicarlo y hacerlo.

Dios, Verdad Suma, no es el único que tiene derecho para imponerse al hombre y sujetarlo con ese lazo hermosísimo que en el lenguaje católico se llama caridad: hay otro, además de Él, que tiene también derechos sobre el entendimiento y el corazón de los hombres; ese otro es Satanás, el error por esencia.

De modo que, en resolución, cuando se le pide la libertad del error, ¿Se pide la libertad de Satanás? Sí; y la civilización moderna no es otra cosa que la redención de Satanás, la redención de aquel espíritu maligno que Jesús esclavizó en el Calvario.

¿Por qué , si no, la moderna civilización había que dar vivas a la libertad? ¿Qué cadenas quiere romper sino las que el Hijo de Dios puso al hijo de las tinieblas? ¿Pues cuándo la Iglesia de Jesucristo ha proclamado otra esclavitud que la esclavitud de Satanás?

Pero sucede que los derechos del bien y los del mal no pueden coexistir; hay entre ellos colisión, que solo se evita cuando una de las partes cede, o es vencida por la otra.

Si el bien tiene derecho a imponerse, ¿Cómo lo tiene el mal? Si yo tengo derecho absoluto a poseer totalmente una heredad, ¿Cómo ha de tenerlo el prójimo? El derecho mío neutraliza el derecho ajeno. O uno u otro: ambos no pueden coexistir.

De aquí resulta un pleito: esto es, una lucha entre el poseedor legítimo y el usurpador. Exigir que ambos vivan en paz, es una quimera, un absurdo. No hay remedio que fallar en pro de uno o de otro.

Esto sucede, ni más, ni menos, con la libertad del error. ¿Para que quiere ser libre? ¿Para qué pide derechos? ¿Para vivir pacíficamente con la verdad? No: esto es imposible; porque el objeto de los derechos del uno y del otro es siempre el mismo: es el hombre, que a la vez no puede ser presa del bien y del mal.

Lo que quiere el error es desalojar la verdad del entendimiento humano, declararse único dueño de su corazón, demoler el templo de Dios vivo para levantar el templo de Satanás.

A esto va la civilización moderna; no a la libertad sino a la tiranía del mal; al imperio absoluto del error.

¡Oh! La Iglesia veía claramente que el enemigo incansable de los hijos de Adán pedía su libertad, y tras su libertad, su imperio, con los principios del liberalismo y la civilización moderna. Por eso la Iglesia los anatematizó ; al hacerlo así, apretaba las ligaduras del ángel rebelde, de ese primer revolucionario que se pronunció contra Dios al grito de ¡viva la libertad! Como lo han hecho después todos los revolucionarios del mundo.

La iglesia niega los derechos de Satanás; la civilización moderna los concede. Esta es su esencia: el señor Echegaray lo ha dicho sin rebozo: hay derecho al mal.

Después de esto ¿Habrá todavía necios que no entienden la proposición LXXX del Syllabus?

Valentín Gomez.

[1] Referencia a José Echegaray (1832-1916), político radical que durante el sexenio democrático fue ministro de hacienda y colaborador cercano del diputado Ruiz Zorrilla. Durante el régimen alfonsino llegó a ser presidente de la academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales durante 1901 hasta su muerte.

[2] Ochentava proposición del Sílabo de Errores (1864) publicado bajo el pontificado de Pío IX

[3] De consuno: en común acuerdo.

[4] Revolución del 30 de setiembre de 1868, conocido como «La Gloriosa», que fue el golpe de los liberalizantes entre los isabelinos y cimentó una república federalista convulsa, en la cual los carlistas desde el primer momento la vieron con antagonismo.

[5] Aljofaina: vasija usada para el aseo personal, referencia a como Pilatos se lavó las manos para quitarse la culpa de mandar a asesinar a Nuestro Señor.

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