El fuero: concreción del ideal político tradicional

¿Para qué ya los fueros?

ESPAÑA, MADRID – En el marco de su ciclo de conferencias sobre política tradicional, el Círculo carlista de Madrid celebró la tercera sesión del curso presente el pasado sábado. Ésta se centró en responder con claridad a una pregunta fundamental: cómo se concreta el principio foral en la política incluso después del paso de la revolución.

En el fuero se concreta tanto el ideal político tradicional, o sencillamente católico —el régimen de Cristiandad—, al igual que la fidelidad dinástica e histórica típicamente española. La doctrina carlista se caracteriza por un regionalismo foralista, que no es un mero descentralismo administrativo, sino una concepción orgánica de la sociedad política sobre las instituciones naturales (familia, municipio, comarca, gremio, cofradía, región… y tantas otras).

El liberalismo, en cualquiera de sus variantes en los diversos regímenes revolucionarios, avasalla y aplasta las sociedades naturales. En su dimensión foral, la doctrina carlista defiende la integridad de los cuerpos sociales, frente a la disolución individualista, y su protección y relativa autarquía frente a la absorción estatalista.

Como las anteriores, la conferencia consistió en una lectura resumida y comentada de ¿Qué es el carlismo?, facilitando su introducción y su traslación a la actualidad política española.

Al término de la conferencia, siguió un turno de preguntas con provechosas reflexiones, y después un aperitivo de hermandad, donde, en tono más estrecho y distendido, los asistentes y el ponente continuaron comentando las ramificaciones del asunto.

Los responsables del Círculo recordaron también la próxima celebración de los Mártires de la Tradición en Madrid, que tendrá lugar el sábado 7 de marzo, y cuyo plazo de inscripción finaliza el 27 de febrero.

El contexto de la revolución cultural: la clave para entender la actualidad

Esas dos tendencias nefastas (individualismo, estatalismo) aparecían durante del desarrollo de la Guerra Fría en su momento de mayor distinción, y de aparente oposición. Lo cual se debía a la división internacional en bloques liberal-capitalista (individualista) y soviético-comunista (estatalista). Pero más allá de esta confrontación, por la propia dinámica de la revolución en curso, fue dándose una cierta convergencia de ambas tendencias merced a la revolución cultural.

Ésta, pese a su desarrollo diverso en ambos bloques, supone a partir de los años 50 y 60 un momento de fusión y síntesis clara de ambas tendencias en las medidas políticas y económicas que vemos desplegarse. De la mano de un complejo sistema de medios de comunicación, y de mecanismos aparentemente más suaves, se desliza una influencia poderosísima para malear el corazón de los pueblos.

No es extraño que cristalice precisamente en este marco histórico la crisis de la Iglesia que se prolonga en nuestros días. La debilidad de las sociedades y de las propias jerarquías permitió la penetración de las herejías liberal y el modernista, minando la capacidad de resistencia espiritual y moral frente a este momento de transformación revolucionaria.

La revolución cultural adopta unas estrategias sutiles pero persistentes, se plantea como una insidiosa guerra psicológica y espiritual, volcada al tiempo sobre la sociedad como masa gregaria, y sobre el individuo aislado, calándole hasta los huesos. Cambia, por ejemplo, las mentalidades por medio de cambios sistemáticos y deliberados sobre el lenguaje. Lleva a cabo tácticas de toda clase de ingeniería social, y manipulación de las opiniones colectivas, la preparación de los estados de ánimo y opinión propicios (según cada situación) para los cambios que van implementándose.

En el desarrollo de la Guerra Fría, la revolución espoleada sobre todo por el bloque liberal, postula o denomina Nuevo Orden Mundial al estadio exitoso e implantado de los regímenes revolucionarios, impulsando una agenda globalista que en esa fase requería la primacía de los EE.UU. como policía ejecutor de dicha implantación.

El fracaso a la postre de esa estrategia y el agotamiento de las estructuras internacionales eminentemente mundialistas (ONU, UE, OTAN), pese a la aparente victoria de este modelo tras la caída de la URSS en 1991, explica el actual caos internacional. Es consecuente que acabe hoy marcado por los escándalos y la crisis moral liberal que escandalizan al mundo (último episodio, los abominables documentos del caso Epstein).

Pero, pese a la caída de los bloques, pese al declive notable del globalismo liberal, esas dos tendencias sintetizadas han prevalecido como modo político. Y esos métodos propios de la revolución cultural han pervivido y se han conservado extendidos en las diferentes potencias.

La defensa de los cuerpos intermedios

Frente a este proceso, el carlismo afirma que la sociedad debe ser defendida de un régimen estatal que simultáneamente disgrega y absorbe.

La respuesta tradicional es clara: reafirmar los cuerpos intermedios, propios de la organización natural de cualquier sociedad. Familia, municipio, gremio, región… Son estas instituciones naturales las que constituyen los ámbitos reales de la vida social y política, por lo que deben estar en el centro de la cotidaneidad política.

Naturalmente, la política ha de ser siempre bien entendida: frente a la concepción moderna, no consiste en una lucha partidista o de banderías, sino en la ordenación al bien común de la sociedad. Aquí se enmarca la propuesta carlista, que comprende que la foralidad es quizá la clave para una restauración íntegra de la comunidad política.

Contra el nacionalismo, contra el separatismo

Cualquier doctrina natural o católica de la realidad política se opondrá al centralismo del Estado nacional, y así el carlismo lo ha hecho. Hay que insistir en que el liberalismo niega toda libertad política concreta por medio de la promesa de una libertad abstracta, que, zanahoria para el asno, nunca se alcanza.

Históricamente ese centralismo se ha empleado para aplanar y malear a los pueblos, falsear su historia, su imagen de sí mismos, su lugar y relación con los vecinos. Y es también lo que constituye el meollo de los nacionalismos separatismos, y todo proyecto autonomista, que es una duplicación del modelo centralista a escala comarcal o regional. No hay que olvidar que el mismo nacionalismo que fragmentó los Virreinatos, es el mismo que late en los separatismos actuales, en la España peninsular o los presentes en la España ultramarina.

Frente al separatismo, unionista o separatista, hay que notar que las regiones sin dejar de ser diversas entre sí conforman una misma sociedad española: Las Españas. Ésta es la clásica forma de unidad y variedad, conjugadas, ni opuestas ni confundidas.

Los nacionalismos separatistas, que consideran a ciertas regiones o partes de ella con la condición de naciones independientes, incompatible con lo que es España y también con lo que son sus regiones. El regionalismo foral, al contrario, afirma la región como realidad viva, integradora en la unidad del conjunto. Se aprecia en ella una personalidad diferenciada, un centro de cierta autarquía, pero unida y ordenada a la unidad común.

Los fueros, hoy

El regionalismo foral, que no consiste en calcos o folclorismos, no propone una recreación de los modelos forales tal como eran en el s. XIX. Eso sería un vano acto arqueología política. No se trata de reproducir sin más las regiones o los ordenamientos jurídicos tal como existieron en el pasado.

La tarea consiste en restaurar sus principios y arraigarlos, adaptándolos a las condiciones sociales actuales, que es la que debe ser restituida o sanada. Un primer instante de esa tarea es la distinción de qué competencias corresponden a la potestad del gobierno y cuáles a la región.

Agencia FARO/Círculo Antonio Molle Lazo de Madrid

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