Santidad y legitimidad: Santa Joaquina de Vedruna en la España del siglo XIX

En el bicentenario de su fundación, nos aproximamos a la caridad de la Madre Vedruna frente a la revolución y la persecución religiosa

La figura de Santa Joaquina de Vedruna (1783-1854) destaca entre las mujeres de su época. A pesar de tener todos los medios para gozar de una vida verdaderamente acomodada, siendo, como era, de una familia de alto nivel y pudiendo disfrutar de los placeres y frivolidades de la alta sociedad catalana de su época, entendió que eso no valía nada en comparación con el Sumo Bien. Su figura reluce entre los grandes santos del Siglo XIX, alumbrando las penumbras de un tiempo que dio la espalda a Cristo. Es por ello que Dios, apiadándose de los cristianos de su tiempo, en un gesto de inmerecida generosidad, nos brindó la figura de Santa Joaquina de Vedruna, como consuelo para aquellos hijos fieles de la Iglesia.

Además, en Su infinita sabiduría, la Providencia dispone que algunos santos iluminen no solamente a los fieles de un tiempo determinado, sino que, de algún modo, convengan especialmente a los hombres de otras épocas también, por destacar en determinadas virtudes de las que carece ese tiempo en concreto. Tal es el caso de nuestra santa, que hoy, con más razón incluso que en el Siglo XIX, es más que recomendable presentarla como modelo excelente de santidad, siendo una santa ideal para nuestros tiempos. En efecto, la Madre Vedruna era una santa, pero gozaba de una santidad de la de antes, de la que da devoción: aguerrida, guerrera, recia, castiza. Y esto es tanto más destacable cuanto nos fijemos en su condición de mujer, pues mostró siempre una gran feminidad, pero una feminidad no opuesta su destacadísima virilidad, sufriendo al servicio de su patria en tiempos de revolución.

Resulta que se cumplen hoy exactamente doscientos años de la fundación de las Hermanas Carmelitas de la Caridad por la Madre Joaquina de Vedruna, de ahí que se conozcan comúnmente como «Las vedrunas». Aprovechando la efeméride, la eminente santidad de su fundadora y su estrechísima vinculación con la causa carlista, conviene en un periódico como este rendirle un pequeño tributo.

Las fuentes de las que parte el siguiente escrito han sido, principalmente, la «Vida y Obra de la insigne educadora Santa Joaquina de Vedruna de Mas» del Rdo. Padre Ignacio de Pamplona, O.M.; la «Vida y virtudes de la Venerable Madre Joaquina de Vedruna de Mas. Fundadora del Instituto de las Hermanas Carmelitas de la Caridad», del Padre Jaime Nonell, S.J., de la cual se nutre la primera mencionada y la «Contribución de Joaquina de Vedruna y su familia al servicio de la patria», de Ignacio Feliu de Travy. De hecho, en gran medida, el presente escrito es un resumen de lo encontrado en tales obras. Las comillas que se observarán pertenecen siempre a la obra del Padre Ignacio de Pamplona.

Nuestra santa fue bautizada en su ciudad natal el mismo día en que nació, el 16 de abril de 1783, en la iglesia de Santa María del Pino de Barcelona. Sus padres eran don Lorenzo de Vedruna y doña Teresa Vidal, de procedencia adinerada y noble. Desde pequeña, Joaquina tuvo institutriz, a la que obedecía sumisamente y mostró desde el comienzo una profunda delicadeza por las cosas divinas.

Conforme creció y entró en la pubertad, «notaba el vacío que dejaba en su alma lo de acá abajo: le parecía todo juguetes indignos de ocupar su corazón». Es por ello que, a los doce años, acude a las puertas del Convento de las Madres Carmelitas de Barcelona, pidiendo con insistencia el santo hábito. Las monjas no la aceptaron, pues todavía era joven: las religiosas creyeron que no era prudente a corto plazo. Desde entonces, ella quiere prepararse rezando en casa.

Qué sorpresa cuando su padre le llama un día para comunicarle que tiene marido pensado para ella. La noticia le produjo un profundo dolor, pues ansiaba ser religiosa. Pero acostumbrada a obedecer y viendo en su padre la autoridad indiscutible, aceptó sin resignarse y con confianza en Dios. Tenía entonces quince años.

El hombre que se había fijado en ella era el heredero de un mayorazgo nobilísimo, situado en las proximidades de la ciudad de Vich, en la provincia de Barcelona: don Teodoro de Mas. Un hombre piadoso y profundamente cristiano. También había pensado en su juventud en entrar a la vida religiosa como franciscano, pero sus padres se lo negaron, «pues estaba ligado en su persona el patrimonio paterno y el apellido de su linaje, según las leyes de herencia del derecho catalán. Se fue a Barcelona y ejerció la abogacía, siendo Procurador de número y conociendo a don Lorenzo en la Audiencia de la ciudad Condal, de donde vino relación de amistad con la familia Vedruna».

Precisamente en una visita a casa de don Lorenzo, fruto de una tierna anécdota guiada por la Providencia y digna de un guion de película romántica que repelería el presente relato, encontró en Joaquina a su futura esposa. Pidió a don Lorenzo la mano de Joaquina, quien se la concedió. «Tras un primer momento de dolor por ver frustrada su vocación religiosa, debidamente aconsejada por su confesor y confiada de cumplir la voluntad de Dios, aceptó generosamente la propuesta y se casó con don Teodoro el 4 de mayo de 1799 en la iglesia parroquial de Nuestra Señora del Pino, en Barcelona, donde había sido bautizada».

El día de la boda provocó en Joaquina un fuerte dolor: la nostalgia de la celda de Carmelita, a lo cual se añadía el débito conyugal, que le generó gran agobio. Disimulaba frente a su esposo, pero desperdigaba un desorbitado torrente de lágrimas en su ausencia. Un día don Teodoro la encontró llorando y se le rompió el corazón, pues la amaba con locura. Al preguntarle el motivo de su pena, Joaquina le contestó con la verdad, ante lo cual su esposo se mostró profundamente comprensivo, lo que tranquilizó a Joaquina y convinieron fundar un santo hogar cristiano. Acabó siendo madre de ocho hijos.

Como madre, la señora de Mas siguió siendo siempre Joaquina de Vedruna: pese a su condición de mujer de alta sociedad, «solía, muchas veces, buscar con habilidad modo de quedarse sola en casa, mandando a los criados afuera con distintos pretextos y, libre de miradas extrañas, ejecutaba los quehaceres más humildes: barría la casa, preparaba la comida, fregaba los platos; y cuando, fatigada, sentía sed, bebía agua servida en memoria de la hiel y vinagre que gustó Jesús en su agonía; se inmolaba a la vista de Dios solo. Pero… tenía testigos, testigos aparentemente inconscientes, sus pequeños hijos, que revoloteaban en derredor de ella mientras trabajaba, que miraban a su santa madre en aquel retiro de faenas radiante de gozo sobrenatural…».

Estamos en el primer decenio del Siglo XIX. Esto implica que Napoleón ha invadido la península, provocando a su paso muerte y desolación. Don Teodoro renunció a sus comodidades y fue fiel a su honorable linaje: se fue de Barcelona a Vich para alistarse en el ejército contra el francés.

Una muestra de hasta qué punto llegaba el amor a Dios y el rechazo al pecado de la señora de Mas, viene relatada por el Padre Ignacio de Pamplona: «tuvo ocho hijos: dos niños y seis niñas; los amaba con ternura inefable; pero como observara que su segundo hijo varón, llamado Francisco, era de carácter pendenciero y rebelde, sufría intensamente y rogaba a Dios que se lo llevara al cielo, si en la tierra había de extraviarse y ofenderle. Oyó Dios el grito angustioso de aquella madre heroica, y el niño Francisco murió a los cinco años, antes que la malicia trastornase su mente y su corazón». Esta pérdida produjo, eso sí, un profundo dolor en Joaquina.

Recuperándose del dolor se encontraba cuando fue asaltada con otra prueba. Comiendo un día en familia, repentinamente, «quedó traspuesta y vio en su imaginación el cadáver de don Teodoro. Su esposo trabajaba con tesón por su hogar querido; meditaba nuevas hazañas para su patria; consiguió que el Gobierno del Rey Fernando VII, vuelto del destierro, reconociera sus méritos y grados militares con intención de hacerlos valer en su vida y en los blasones de su noble escudo. A los seis meses del aviso del cielo, cayó don Teodoro gravemente enfermo. No se alteró la calma del cristiano caballero; recibió piadosamente los últimos sacramentos de la Iglesia y murió el 5 de marzo de 1816. En un momento que don Teodoro estaba siendo atendido por su suegra, le pidió despidiese a Joaquina, diciendo: Ella [Joaquina] será religiosa; lo verá usted: siempre noté en ella tan santa inclinación». Murió a los cuarenta y dos años, lleno de méritos y de gloria. Dejó viuda a Joaquina a los treinta y tres años de edad y diecisiete de matrimonio. En el instante que moría su esposo, a Joaquina le parecía oír que el crucifijo colgado en la cabecera de su cama hacía ademán de abrazarla y le decía: «Ven… ahora que pierdes a tu esposo, te elijo por esposa mía».

Desde aquel instante quedó formada su resolución: en adelante, sería toda de Dios; y en cuanto lo permitiera la edad de sus hijos, abrazaría el estado religioso. Dejó Barcelona y se fue al Manso del Escorial (Cataluña), convencida de las dificultades de levantar un hogar cristiano en la ciudad. Cuatro de sus hijas acabaron en el claustro, un hijo siguió los pasos de su padre y otra hija fue tan buena esposa y madre como ella. El varón, heredero del apellido paterno, fue don José Joaquín de Mas y de Vedruna. A los dieciséis años acudió al Monasterio de la Trapa de Grenoble, donde aguantó diez meses la austeridad trapense, que abandonó al ver minada su salud. Volvió al lado de su madre y contrajo matrimonio en 1823. «Fue un digno continuador de aquella raza de santos y de nobles patriotas». La hija de Joaquina que se casó probó también en un primer momento vocación religiosa, pero finalmente contrajo matrimonio, del que surgirían vocaciones religiosas. «Tal fue la gloriosa prole que formó para la tierra y para el cielo la santa viuda del Escorial, saturado todo de virtudes heroicas y donde algunas veces viéronla sus hijas arrobada en dulces coloquios con el Amado para quien trabajaba aquel jardín viviente».

Ligado y entrelazado con la vida de nuestra santa se encuentra el padre Esteban de Olot, ejemplar capuchino, que tuvo que sufrir las anticristianas políticas de los gobiernos liberales y que acabó dirigiendo a la fundadora: «Era el venerable capuchino uno de esos hombres extraordinarios que aparecen providencialmente en la historia en momentos de grandes trastornos civiles y sociales. Tales eran los tiempos que siguieron en España a las épicas luchas contra la invasión francesa, al principio del Siglo XIX. Todo yacía en tierra con el desorden traído por la invasión; las doctrinas de la Revolución francesa se infiltraron en la Madre Patria, arruinando la base del orden cristiano y poniendo a los mejores en trances difíciles para defender la religión y el honor de su conciencia». Hombre profundamente santo y apostólico, ejerció un altísimo nivel de patriotismo al ver la descristianización de España: Esteban de Olot sufrió el destierro en Francia durante el furibundo régimen del Trienio liberal, en el año 1822, y desde Francia celebró la entrada de los Cien Mil Hijos de San Luis, a los cuales se unió el hijo de doña Joaquina, José Joaquín, que acabarían con el anticristiano régimen de Riego.

La firma del padre capuchino era un sencillo Lo pecador de pecadors. Rogaba constantemente a Dios para que enviase almas puras y santas que se dedicasen a las obras de caridad y a la enseñanza de los niños para reparar la pérdida de tantas almas. Aconteció que un día no encontraban al padre Olot en el convento y lo vieron completamente arrobado. Al preguntarle el Padre Guardián qué le ocurría, respondió que, en el arrobamiento, Dios Nuestro Señor, le había hecho saber que en Vich habitaba una señora viuda destinada a realizar los planes de caridad y educación que él proponía en su oración y que debía guiarla.

Entretanto, después de cuatro años de viudez, en el año 1821, la santa viuda preparaba ya su consagración a Dios. Su hijo mayor se encontraba ya en la mayoría de edad y, «fiel trasunto de su heroico padre, supo luchar con las armas en la mano denodadamente contra los liberales constitucionalistas que intentaban borrar la fisonomía de España con las doctrinas enciclopedistas francesas». Cabe destacar la profunda virilidad de la fundadora. Su marido partió para luchar contra el francés; su hijo para luchar contra el liberal. Y pese a todo el desgarro de ver en peligro y lejos a sus seres queridos, en todo momento les animó a luchar, consciente del deber existente en aquellas horas críticas para España.

Conoció al padre Olot de un modo totalmente providencial y se dejó dirigir por él. Si en un primer momento pensaba en la soledad del claustro carmelitano, pronto comenzó a ver que lo que Dios le tenía preparado era la fundación de una Congregación de Hermanas para asistir a los enfermos y enseñar y educar niñas en colegios.

La política ardientemente anticlerical de Riego mandó a la cárcel y luego al destierro al padre Olot en el año 1822. También en esa época la viuda de Mas tuvo que marchar al exilio, con toda su familia. La gloriosa entrada de los Cien Mil Hijos de San Luis permitió a ambos regresar a España en mayo de 1823.

La devoción de la viuda Vedruna a San Francisco de Asís le llevó a vivir en Vich desde 1825 como terciaria franciscana, llegando a vestir desde entonces el hábito y cordón franciscanos, en una ciudad en la que todos la conocían como gran señora y de alta clase, lo que le valió burlas y desprecios a los que no estaba acostumbrada. Insultos y todo tipo de vejaciones recibió nuestra santa, tachándola de exagerada y visionaria y tirándole de la cuerda y del hábito como objeto de diversión. Entre su familia recibió también la incomprensión, acusándola de rebajar el nombre del apellido. Ante esto, la ahora Hermana Joaquina de San Francisco continuó imperturbable. Comenzó ya a realizar obras de caridad en hospitales y se le unieron algunas compañeras.

Desde 1823, la diócesis de Vich se encontraba vacante, debido al sacrílego asesinato del venerable Raimundo Strauch y Vidal, obispo de la diócesis, perpetrado por los revolucionarios del Trienio liberal. En 1825 llegó D. Pablo de Jesús de Corcuera como obispo de Vich. Uno de sus rasgos era su profunda y entusiasta devoción a la Virgen Santísima del Carmen.

Conociendo el señor obispo la intención de la Hermana Joaquina de fundar una orden destinada a la educación de las niñas y las obras de caridad, pidió conocerla. Le animó a poner el instituto bajo la advocación de la Virgen del Carmen, interpretando que a tal labor no se adecuaba del todo el espíritu franciscano. En este acontecimiento se ve también la mano de la Providencia, que le permitió a la madre Vedruna vestir por fin su amado hábito carmelitano.

Tras las Cortes de Cádiz y la aprobación de la Constitución de 1812, «la revolución pretendió conquistarse las generaciones futuras y comenzó por mandar enfáticamente en el artículo 371 de la Constitución, que en todos los pueblos de la Monarquía se establecieran escuelas de primeras letras y declaraban que todos los españoles tendrán, en adelante, libertad absoluta para escribir, publicar e imprimir sus ideas sin ninguna revisión o licencia. Proclamada así la libertad de imprenta, se proclamó la libertad de negar, atacar y ridiculizar el dogma católico: de manera que cuanto más difundida estuviera la instrucción primaria mandada, cuantos más fueran los que supieran leer y escribir, tanta mayor difusión y arraigo tendrían las ideas racionalistas de los políticos reinantes y las páginas volterianas importadas a España». En este contexto llegó providencialmente la Orden de Dios fundada por la viuda de Mas, como si saliera al paso a las perversas intenciones de los liberalizantes de Cádiz. «Y mientras los ayuntamientos fundaban escuelas rudimentarias para cumplir la Ley, la Hermana Joaquina se presentaba en escena para encauzar el movimiento educador y oponerse con la misma Ley a las mal disimuladas intenciones de sus inspiradores».

Redactadas las Constituciones del Instituto por el propio Obispo, el 6 de enero de 1826, Santa Joaquina hizo la profesión religiosa, su consagración definitiva a Dios, en presencia del señor obispo. Comenzó a vivir con otras nueve Hermanas. Otra fecha clave es el 26 de febrero de 1826, hace exactamente doscientos años, cuando reunió a las jóvenes que echaron las raíces de la congregación religiosa que se adelantaba a sus tiempos en la educación de la niñez.

Poco a poco comenzó a crecer el instituto. Comenzaron a asistir a escuelas en Igualada. Los bulos extendidos por los liberales, que decían que en Igualada instalaban salas y cuartos no para atender enfermos y niños, sino para instaurar tribunales de la Inquisición, acabaron por echarlas del lugar. Se fue produciendo poco a poco una expansión de las labores de la congregación, atendiendo enfermos principalmente.

Es de sumo interés la estrecha vinculación de la congregación con la defensa de los principios tradicionales de España contra las ideas revolucionarias. Se pregunta el Padre Ignacio de Pamplona por qué las vedrunas se dedicaban tanto a la caridad como a la enseñanza, siendo aparentemente labores difíciles de compaginar, más si se tiene en cuenta que tras las primeras décadas, su labor se ha ido orientando principalmente a la educación. «Nosotros mismos pensábamos en ello. Cómo podrían dedicarse tanto a los enfermos como a la educación de las niñas. Pensando que esa benemérita institución fue azotada en su cuna por el torbellino de la invasión francesa, por el huracán de las revoluciones políticas que siguieron en España a la invasión, y por los grandes trastornos que sobrevinieron a España con las guerras civiles, y la sañuda persecución religiosa, se comprende luego cuán providencial fue que las Madres Carmelitas se preocuparan en sus primeros tiempos, con preferencia, de las obras de Caridad en los Hospitales. Sentíase en verdad necesidad urgente de escuelas y colegios cristianos. Los impíos del siglo pasado miraban como los del nuestro con preferencia a la conquista de los niños, para asegurar los progresos del error y de la herejía».

En tiempos de hostilidad contra la religión, la fundadora mostró un amor profundo por su hábito religioso. «Puede decirse que el conato de la Madre Joaquina y de las Carmelitas para lucir el hábito religioso públicamente en época de tan fiero apasionamiento antirreligioso fue casi heroico, y lo sostuvo varonilmente, mal que pesara a los enemigos y aun a los tímidos amigos», llegando incluso hasta a ser atacada con piedras por la calle.

Un episodio lamentable tuvo lugar el 7 de febrero de 1837, en plena Guerra, cuando un oficial armado entró en la Casa Madre de las carmelitas, en Vich, para llevarse a la Madre Vedruna a la cárcel pública, mostrándola ostensiblemente como un trofeo por las calles de la ciudad. «¿Qué había sucedido?… Para nadie era un misterio que el hijo de la Madre Fundadora y heredero de los blasones de la Casa de Mas, don José Joaquín, era fervoroso católico, enemigo jurado del liberalismo imperante, y su opugnador irreductible en los campos de batalla donde se disputaba en aquellos años la dinastía y la fe de la España tradicional. Toda la familia de Mas y de Vedruna sufrió por ello vejámenes de irritantes de los sectarios, los cuales, viendo que la madre del héroe de la buena causa llevaba adelante un Instituto que se les oponía en el camino de sus ideas desquiciadoras, pensaron sencillamente en destruirlo». En la cárcel fue maltratada y salió a los cinco días, pues no podían seguir justificando su aprisionamiento.

A continuación, la santa aceptó la invitación del obispo de Solsona de acudir a Berga, pues una vez entraron las tropas carlistas en el lugar, la Santa vio que podía llevar a cabo sus labores, atendiendo a los soldados carlistas. Viendo que los liberales estaban cerca de conquistar Berga, marchó a refugiarse a las montañas con otros que también huyeron, aguantando desagradables penurias y llegando finalmente a Francia. Estaba con doce de sus hijas y dos novicias. Acabaron en Perpiñan, donde estarían desde ese año de 1837 hasta 1843 desterradas por los liberales.

Cuando describe el grupo de religiosas que estaban en Francia, dice el Padre Ignacio de Pamplona: «Era la madre Joaquina, en lo humano, hija de su tiempo y de la región donde nació. La religión estaba identificada en el alma española con todos los caracteres de la raza, y con todos los nobles sentimientos de dignidad, de pudor, de caballerosidad y de espíritu de sacrificio. La ola antirreligiosa de principios del Siglo XIX que llegaba arrollando la patria y el hogar, y trayendo el légamo del materialismo y de la voluptuosidad como avalancha de lodo sobre el suelo de España tan próximo al gran foco revolucionario de Francia, intentó asfixiar el alma española, que no pudo resignarse a morir sofocada en aquella atmósfera irrespirable; alzóse contra ella por instinto de propia conservación y salió victoriosa con lo más selecto de la Madre Patria. El hogar de la Madre Joaquina era uno de los vigorosos auxilios de reacción salvadora del alma nacional, y ella, desde niña, refleja ese carácter sobrio, valeroso y cristiano del catalán, indomable siempre que se le impone algo sobre Dios o sobre su patria».

Pudo regresar finalmente en 1843, pero su hijo, José Joaquín, tuvo que quedarse en Francia sin esperanzas de vuelta, debido a su fidelidad al rey legítimo, Carlos V. Pudo proseguir, por tanto, con su obra a partir de 1843, no sin graves penurias, donde pudo mostrarse la santidad de la hermana Vedruna, pero remitimos para ello a Ignacio de Pamplona.

Resulta destacable una interesantísima anécdota cuando vuelve la Vedruna a Vich después del destierro y ya no está el obispo con quien trató, sino que se encontraba en sede vacante, con el señor don Luciano Casadevall como Vicario Capitular. Resulta que este último recibió muy fríamente y con distancia a la Madre Vedruna cuando esta regresó de Francia. Apenas quería verla ni escucharla. «¿Qué motivos había para que tratase con ese mortificante desvío a la Sierva de Dios quien parecía hubiese alegrarse más de su presencia… El Padre Nonell, minucioso investigador de todos los incidentes aun pequeños de su biografiada, avanza una opinión que creemos muy razonable: «La Sierva de Dios, dice, tuvo que buscar un asilo en Berga por un tiempo, y después por otro más largo en Perpiñan, contra las persecuciones personales de que era víctima por ser madre de un hogar notoriamente afecto a Don Carlos, por cuyo reinado peleaba en los campos de batalla don José Joaquín de Mas y de Vedruna desde el primer día de las hostilidades, en lugar siempre preferente. Los que tuvieron que soportar las calamidades inevitables de la larga guerra sin participar de los entusiasmos carlistas, aun siendo buenos cristianos, no podían justificar la consiguiente perturbación civil y religiosa que la contienda acarreaba. Uno de estos era el señor Vicario Capitular de Vich, quien, apreciando en lo que valía la obra de la Madre Joaquina, no podía tenerle simpatías personales por las causas dichas»». Es decir, por su condición de indiscutible carlista.

Santa Joaquina morirá el 28 de agosto de 1854 en fama de santidad, siendo beatificada por el Papa Pío XII en 1940 y canonizada en 1959 por Juan XXIII.

La importancia de la figura de Santa Joaquina fue perspicazmente atisbada por Manuel Fal Conde, quien en 1965 convocó un premio destinado a trabajos que defendieran la unidad católica de España frente a la creciente aceptación de la libertad religiosa en ciertos ambientes eclesiales y políticos. El galardón recayó en Rafael Gambra por su obra La unidad religiosa y el derrotismo católico, ensayo en el que analizaba críticamente lo que consideraba una claudicación doctrinal ante las corrientes contemporáneas.

Lamentablemente, como tantos santos, la Madre Vedruna ha sido sometida a un proceso de aggiornamiento para hacerla más «accesible a nuestros tiempos». Hasta el punto de que en recientes biografías sobre su figura se llega a decir que el exilio que sufrió en Francia fue por culpa de los fanáticos carlistas, que la vincularon con sus ideas políticas y que pusieron en peligro toda la obra de la santa… hasta ese punto hemos llegado. Valgan estas sencillas líneas para mostrar la verdadera cara de la santa.

Un devoto de Santa Joaquina

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