Wagner, el abuelo del psicoanálisis y la sublimación del mito a la neurosis (II)

Aquí la anterior entrega.

Wagner nos ayudará a conectar la lectura hermética de los mitos con la filosofía y la ciencia psicológica de los siglos XIX y XX. Con él veremos que lo que pretende ser una novedad, fruto de la iluminación de la razón y del progreso de la humanidad que Comte pregonaba, no es más que un cambio de decorado de la misma cantinela de siempre.

Empecemos por el principio.

La obra, según nos cuenta el barítono Ramón Gener[1], empieza en Re menor, tonalidad asociada a lo trágico desde Mozart y adoptada mayoritariamente, en el mismo sentido, por los compositores románticos. Su obertura recorre los leitmotivs importantes, como son: el del holandés, su tripulación, la tormenta, la redención, la fidelidad y la candidez de los pescadores. Estos fragmentos se entremezclan dibujando lo que será el argumento. Al final de esta introducción, el tono se invertirá hacia el Re mayor, acorde que nos anticipa que habrá un cese del tormento; esto es, la redención, igual que la hubo en Tosca.

A partir de aquí nos acompañarán durante la trama robustos cantantes que lucharán frente a una orquesta densa (que todavía crecerá más en futuras obras) para no perecer ahogados en la tormenta instrumental. No en vano, la historia se inicia en una violenta tempestad marina que obliga a un barco de pescadores escandinavos ─profanos como ustedes y un servidor, ya verán─ a refugiarse en un puerto diferente al de su destino.

Los lobos de mar se lamentan del viento del norte, que les ha desviado a un lugar no deseado. Relacionan a Bóreas con el diablo y sus tretas. En sentido opuesto, el viento del sur es el que desean, lo asocian con la llegada a buen puerto y a la vez con el amor terrenal, con la vida cotidiana.

Introduzcamos ahora el psicoanálisis y veamos si encaja. Postulemos, haciendo el paralelismo de los hermetistas, que el mar es el inconsciente, el agresivo viento del norte se corresponde con la pulsión de muerte (diabólica según Freud) y el viento del sur es el instinto de vida. Comprobaremos que ello nos permite una lectura coherente de la trama.

Sigamos el relato. Casualmente, llega al mismo lugar, poco después, un barco muy extraño, algo así como uno de los turbadores navíos que aparecen en el filme Los piratas del Caribe[2], cuya deuda con esta obra parece innegable.

Todo apunta a que la tormenta causada por los vientos del norte ha hecho coincidir los barcos en un lugar concreto, como si el destino les hubiera hecho encontrar. Con esto topamos con la idea del fatum, que se repetirá en varias ocasiones y de nuevo nos permite introducir el psicoanálisis, pues este postula una materialidad del inconsciente y por lo tanto un claro determinismo, ya que la interacción de la materia no puede tener dirección si no es sometida a sus leyes.

El holandés nos recita su situación: vive, o no vive (depende de cómo lo miren), condenado a vagar por los mares eternamente y cada siete años debe recalar en tierra para buscar su redención a través de una mujer que le ame fielmente.

Pues bien, señalemos dos temas: primero, no me digan que no evocan aquí el eterno retorno de nuestro gran amigo Nietzsche, antes de que este lo “profetizara”; y, segundo, fíjense bien: de nuevo sale la redención del masculino a través de la mujer, como ocurría en Tosca.

El reo que vaga por los mares se muestra contrariado, por un lado mantiene la esperanza de que puede redimir el castigo, por otro está desesperado porque esto jamás se cumplirá. Su conclusión, pues, es desear la aniquilación del mundo para sumirse en la nada. Mientras lo canta, la orquesta lo acompaña con el motivo de la muerte, interpretado por las cuerdas graves y las maderas. ¿Les suena?, tratamos de este mismo tema en la última entrega de Tosca. La muerte como escape al sufrimiento o, en este caso, la neurosis ineludible.

La historia avanza, se encuentran el holandés y el capitán del barco de pescadores, Daland. Este último, un pobre espíritu ambicioso aferrado al sistema burgués que el autor tanto critica. Su codicia, al ver que el holandés posee numerosos tesoros, hace que se apresure a ofrecerle su hija al misterioso capitán en cuanto este le pregunta si tiene alguna. De nuevo resuena el destino; de nuevo, todo encaja.

Rápidamente se hace el pacto, regresarán al pueblo a encontrar a la joven Senta. El capitán mundano da gracias a la tormenta por hacerle topar con el holandés, bendice los vientos que hace un momento llamaba diabólicos. No es casualidad, es la inversión; el libretista Wagner no da puntada sin hilo.

En el segundo acto llegamos a la vida profana, entramos en el hogar de Daland: lo que vemos quienes no vemos la realidad.

El coro de las hilanderas suena en el pueblo de los pescadores. En el centro de la escena, Senta, la hija de Daland, contempla un retrato del holandés que guarda desde tiempo atrás y canta una balada donde cuenta la historia del navegante, postulándose como su redentora antes de saber que él se dirige hacia allí con su padre. Bien clara nos debería quedar la predestinación, si todavía teníamos dudas.

Digo más, si en el primer acto estábamos en el inconsciente, en este segundo hemos llegado a la manifestación del mundo consciente. Senta, la mujer protagonista, representaría, así, la razón. Una razón prototípica de la  modernidad, que se mueve continuamente, pues sabe que no hay verdad ni bien, en todo caso voluntad.

Además, esta razón conoce perfectamente las fuerzas afectivas y las pasiones del inconsciente, a las cuales se ve estrechamente vinculada, hasta el punto de ser esclava de ellas. Por ello, la imagen, reminiscencia del holandés, y su contemplación del retrato antes de haberlo conocido.

No nos encontramos con la razón tradicional que conoce al ente a partir de los sentidos y la luz del intelecto agente, la que nos eleva por abstracción del mundo que nos rodea. Nunca, por mucho que busquemos, encontraremos en Wagner ningún planteamiento que se acerque a este último.

Continuará

Serafí de Torroella, Safarnaria, en un viernes soleado de témporas de primavera de 2026.

[1]      Es recomendable ver su explicación en la conferencia

[2]      Hay que ver cómo se ha degradado el arte en poco más de un siglo, no sé si hay un precedente de degradación tan claro en la historia.

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