Continuamos recuperando para los lectores de La Esperanza algunos textos breves de nuestro querido maestro y patrón, Alberto Ruiz de Galarreta. En esta ocasión no podía faltar un escrito sobre los mártires de la Tradición, tema al cual se le superpone otro de los asuntos que más y mejor cultivó: el fomento de las vocaciones políticas. El artículo que rescatamos fue publicado originalmente en el n. 515 del quincenal Siempre P’alante (01-03-2005), y lo rubricó con su más célebre nom de plume.
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El día 10 de marzo de cada año los tradicionalistas de las Españas celebran la Fiesta de los Mártires de la Tradición, instituida por el Rey Don Carlos VII para honrar la memoria de los que ofrendaron sus vidas por servir a su Causa de Dios, Patria, Fueros, Rey.
Hay una cierta superposición entre los conceptos de Mártires de la Tradición, con expresión literaria amplia, y los mártires de la Iglesia, en sentido canónico estricto. Algunos mártires de la Tradición pudieron haber sido declarados, además, mártires de la Iglesia, si hubiera habido un texto canónico menos riguroso y más completo; y, a la vez, muchos mártires de la Iglesia pudieran participar de las celebraciones de los Mártires de la Tradición, de no ser por el funesto horror a la política que el liberalismo insufló en ciertas áreas religiosas.
En el umbral de esta conmemoración de este año de 2005, aparecen dos asuntos que invitan a un comentario que situaríamos en la zona de superposición dicha.
Uno, el enfrentamiento del Gobierno socialista con la Iglesia por unos proyectos de ley anticristianos; el cual ha acentuado el deseo de una mayor presencia de los católicos en la vida pública. El otro asunto es que en la reciente visita ad limina de los obispos españoles, el Papa recibió de sus manos las «actas» de 940 mártires de la Cruzada española de 1936, que así pasan ahora a la congregación de las Causas de los Santos, para que ésta les ascienda de su actual calificación de «siervos de Dios» a la de «beatos». (Véase el Boletín del Arzobispado de Toledo de 24 de enero pasado).
Leemos en las crónicas de los periódicos dedicadas a este acontecimiento, que los postuladores de las Causas «insisten» en que esos candidatos al título de mártires murieron SÓLO por su Fe, y NO por motivos políticos. Esta afirmación no es nueva.
Tanta «insistencia» en que no hubo motivos políticos en sus asesinatos, aunque así fuera, no deja de tener un cierto aire peyorativo para las actividades políticas, que convendría disipar.
No parece fácil discernir en ciertos casos si aquellos mártires no habían tenido, o sí, actividades políticas. Las fronteras entre religión y política, siempre imprecisas, fueron aún más complicadas en aquellas circunstancias. Dejemos el beneficio de la duda a favor de los postuladores de las Causas. Pero preguntemos: Y, si además de los motivos religiosos, hubiera habido motivos políticos, ¿qué? ¿Es que solamente se puede mencionar la política envuelta en tonos despectivos? Una respuesta desde un punto de vista positivista es rápida y clara: la presencia de motivaciones políticas notables en sus asesinatos, superpuestas e inseparables del preceptivo «odio a la Fe», hubiera bloqueado el proceso canónico.
Nuestro comentario, empero, se dirige a sugerir una nueva redacción del texto canónico que no resulte peyorativa para las actividades políticas, sino que, exactamente al contrario, muestre a éstas como un mérito acumulado al principal del «odio a la Fe». Lo cual sólo exigiría añadir la fácil precisión y cautela de que esas actividades políticas que se recogerían y ensalzarían hubieran sido, en caso de existir, al servicio inequívoco de la Iglesia. Se siente una cierta contradicción entre la promoción de que los católicos pesen más en política y esa declarada exclusión de las actividades políticas en la relación de actividades altamente meritorias. Esa exclusión tan pertinaz, ese «retintín», no es precisamente un estímulo para vocaciones políticas.
Alberto Ruiz de Galarreta y Mocoroa
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