Madrid: discurso de D. José Gabriel de Armas en la fiesta de los Mártires de la Tradición

Entre las intenciones de Don Carlos sabemos que estaba tanto el procurar sufragios a las almas que nos precedieron en la lucha y honrar su memoria como el contribuir al fortalecimiento de los vínculos de las nuevas generaciones con las anteriores

Estimados amigos y correligionarios:

Quisiera primeramente agradecer al Círculo Antonio Molle Lazo y, en particular, a don Daniel Deogracias la invitación para intervenir en este acto.

Absolutamente siempre es una satisfacción venir desde Canarias a estos actos como son la Cena de Cristo Rey o la Misa y Almuerzo de los Mártires, a los que asistimos poco, fundamentalmente por razones obvias de la distancia física a la que se encuentran las islas.

Al intentar esbozar alguna línea para hoy le tiembla a uno el pulso al repasar los nombres y de los que han tomado la palabra con anterioridad, no sólo hoy, el profesor Alexander Becker, sino en los años anteriores de esta celebración. Es un honor estar aquí.

Es conocida por todos la fecha de la institución de esta Fiesta por Don Carlos VII, coincidente con el aniversario de la la muerte de su abuelo Don Carlos María Isidro, mediante las solemnes palabras también repetidas y conocidas por todos.

Para nosotros, que profesamos la Única Religión Verdadera, y no cualquier otra, las acepciones del término mártir en la R.A.E. nos parecen imprecisas o incompletas, sin duda: Persona que muere o sufre grandes padecimientos en defensa de su religión, creencias o convicciones. Y por ello, afirmamos con Don Rafael Gambra que, el «mártir es quien sufre la muerte o grandes tormentos por amor a Nuestro Señor o a la verdadera religión, y quien muere o sufre por causas derivadas directamente de la misma fe».

La instauración por Don Carlos VII de la fiesta que celebramos hoy hacía clara referencia concreta a los mártires de las tres contiendas carlistas que regaron copiosamente de sangre el suelo español bajo la bandera de Dios, Patria y Rey.

Entre las intenciones de Don Carlos sabemos que estaba tanto el procurar sufragios a las almas que nos precedieron en la lucha y honrar su memoria, —sin limitarse a satisfacer una necesidad del corazón y una deuda de gratitud—, como el contribuir al fortalecimiento de los vínculos de las nuevas generaciones con las anteriores, compartiendo así un referente común en el pasado, para mantener vivo el fuego sagrado del amor a Dios a la Patria y al Rey. 

Hojeando para esta ocasión un viejo librito que compendia varios artículos de don Eugenio Vegas Latapié, editado en 1940 y titulado «Escritos Políticos», destacan dos párrafos del breve artículo titulado «Un centenario», que, en referencia a las guerras carlistas, precisaban lo siguiente:  

«Sería ofender la memoria de nuestros abuelos el sostener que estas guerras civiles tuvieron por causa principal los derechos de una determinada persona a la Corona de España. No. Lo que se ventiló en los campos de batalla fue una verdadera guerra de religión (…)».

Y continúa Don Eugenio: «En estas guerras carlistas lucharon dos principios, aunque en aquel tiempo no se percibieran con la claridad con que hoy los vemos, debido a presentarse envueltos en pretensiones dinásticas y de otra índole: el tradicional, defensor de los derechos de la Iglesia y de la Civilización Cristiana, sostenido por el ejército carlista; y el principio revolucionario, que se presentó velado bajo las sugestivas apariencias de necesarias reformas, por lo que fue defendido por personas sinceramente católicas y monárquicas, que no supieron ver el germen de corrupción y descristianización que esas conquistas modernas encerraban».

Así mismo, acude algo más atrás en la historia, y explicando la causa del triunfo de la Revolución con mayúsculas en España, transcribe a Menéndez Pelayo refiriéndose a la Guerra de la Independencia: «en la mente de todos estuvo que aquella guerra, —tanto como española y de independencia—, era guerra de religión contra las ideas del siglo XVIII, difundidas por las legiones napoleónicas». Y refuerza así la naturaleza y el ser profundamente antieuropeo y antiliberal de los españoles del momento, en continua resistencia a la secularización revolucionaria que se pretendía en contra de los principios de la tradición hispánica.

En esta misma línea, se puede afirmar que también los Providenciales Tercios de Flandes o de Lepanto, recientemente recordados el día 31 de enero, encarnaban, en otro tiempo, el principio tradicional, defensor de los derechos de la Iglesia y de la Civilización Cristiana, contra el principio revolucionario del Protestantismo o del Islam, respectivamente, portando en una mano la cruz y en otra la espada. 

Otra vez, a principios del siglo pasado los católicos mejicanos, cuya causa ha comentado debidamente el profesor Becker, volvieron a empuñar la espada y, dando un ejemplo al resto del mundo, ofrecieron generosamente su sangre y su vida en defensa de la Religión y de la Patria.  

Y ya más recientemente, la contienda civil de 1936 en nuestra patria, de cuya calificación de Cruzada nadie cabal puede dudar, -de acuerdo con Don Alvaro D’Ors-, salvo los que nieguen la propia existencia de cruzadas y olviden la sangre de los mártires; contraponiéndose, en ese caso, a los obispos españoles (Carta Colectiva), a los pontífices del momento (Pio XI y Pio XII) y obviando, además, los cientos de mártires  beatificados y canonizados en esa etapa de nuestra historia.

Y en relación a los motivos y el auténtico origen de esta Cruzada, parece obligado concluir que en la mente de los Españoles que combatieron en la guerra estaba, como también ha expuesto Don Rafael Gambra, el combate contra la Revolución con mayúsculas, cuyo fin principal, entonces como hoy, era minar los fundamentos de toda civilización cristiana. Y en concreto, los que informan una sociedad que se adecúa individual y colectivamente al orden natural impuesto por Dios en las cosas, instaurándolo todo en Él, y reconociendo Su Reinado Social.

Y hoy nosotros, sin duda, también estamos en esto.

Reconocemos, asimilamos y profesamos el principio tradicional antes indicado, defendido por el ejército carlista en otro tiempo, con otros sacrificios y penalidades distintos de los actuales en su forma, convirtiéndose así en Mártires o héroes, dignos del justo reconocimiento que venimos hoy a manifestar desde distintos reinos del territorio hispano.

Esta celebración para nosotros los carlistas tiene sin duda un valor muy destacado, que nos permite, tanto expresar nuestra identificación con un ser y un ideario concreto, como extender lazos entrañables con los correligionarios.

Y, como acto religioso, siguiendo a Don Manuel Polo y Peyrolón, nos ofrece la posibilidad de que nuestras almas de vivos queden misteriosamente unidas a las de los muertos por el lazo de la piedad.

Nosotros, tal vez, no encontraremos el padecimiento físico o la muerte, por defender y vivir de acuerdo con estos sublimes Principios Eternos procurando su instauración social; pero, si permanecemos fieles y constantes tendremos o padeceremos otras tribulaciones en múltiples formas y manifestaciones, que serán más valiosas y fructíferas si las asumimos con la gallardía y el valor que se presupone y tienen los soldados de Cristo Rey, protegidos bajo el manto de la Santísima Virgen.

Muchas gracias.     

Viva Cristo Rey…! Viva España…!  Viva el Rey legítimo…!

José Gabriel de Armas

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