Discurso pronunciado por Alexander G. Becker, presidente del Círculo Tradicionalista Celedonio de Jarauta, durante la celebración de los Mártires de la Tradición el día 7 de marzo de 2026 en Madrid.
***
Muy buenas tardes, reverendos padres, admirables maestros, queridas familias y correligionarios de la Comunión Tradicionalista:
Es para mí un honor —pero también una responsabilidad— estar hoy aquí, en los actos centrales por los Mártires de la Tradición en Madrid.
Agradezco profundamente a Su Majestad Enrique V, a su Secretaría Política y a los Círculos Carlistas de todas las regiones de las Españas por su gran trabajo y compromiso por la Cristiandad. Sin su constancia, sin su fidelidad, este encuentro simplemente no existiría.
Y agradezco, de manera especial, al Círculo Antonio Molle Lazo, cuya invitación me permite hoy cumplir un deber que considero sagrado.
Porque no he venido solo a acompañarlos.
He venido a dar voz.
A dar voz a aquellos que murieron sin renunciar.
A aquellos que fueron silenciados.
A aquellos héroes que no son anónimos ante Dios.
He venido a rendir homenaje a los Mártires Cristeros, que en este año de 2026 cumplen el primer centenario de su levantamiento en defensa de la Fe Católica en Méjico.
Y me pregunto:
¿Qué mejor homenaje que tenerlos presentes en esta gran festividad?
¿Qué mejor homenaje que hacerlos presentes entre nosotros?
Pero sería injusto —profundamente injusto— comenzar con ellos y olvidar a quienes abrieron el camino.
Porque antes de los cristeros… ya había Mártires de la Tradición en Méjico.
Hombres que defendieron la Fe y la Unidad Católica cuando todo parecía perdido.
Hombres que permanecieron fieles cuando la traición se volvía norma.
Como bien ha dicho su paternidad, en el sermón de la Santa Misa: la gran virtud de nuestros mártires ha sido la fidelidad.
Y por justicia, debemos recordarlos.
La revolución —esa revolución que durante doscientos años ha querido desgarrar a las Españas— no solo ha golpeado a las instituciones.
Quiso la revolución destruir almas.
Quiso la revolución borrar memorias.
Quiso la revolución reescribir con mentiras la Historia.
Pero no lo logró.
Porque hay una verdad que no puede ser enterrada:
La sangre del mártir siempre habla al confirmar su fidelidad con Nuestro Señor Jesucristo.
Habla más fuerte que la propaganda.
Habla más fuerte que la mentira.
Habla más fuerte que el olvido.
En Nueva España tras la ruptura traidora de la revolución iturbidista con la cristiandad hispánica, los realistas fieles fueron perseguidos, expulsados o condenados al exilio.
Pero dichos realistas leales a Su Majestad Fernando VII no cedieron.
Prefirieron perderlo todo… antes que traicionar.
Prefirieron el destierro… antes que la apostasía.
Prefirieron la muerte… antes que negar a su Rey Católico.
Como lo pedía Su Santidad León XII en 1824 en su encíclica Etsi iam diu: Manténgase leales a su Rey Católico Fernando VII.
Por ello…
¡Gloria a esos Mártires Realistas que la historia oficial ha querido ocultar!
Y sin embargo, incluso después de aquella ruptura, la llama no se extinguió en Méjico.
Siguió viva.
Siguió ardiendo.
Siguió encarnándose en hombres concretos.
Inicio con el patrono del Círculo de la Ciudad de Méjico: el padre Celedonio Domeco de Jarauta, antiguo veterano de la Primera Guerra Carlista bajo las órdenes del general Ramón Cabrera, y que tiempo después tomaría el orden sacerdotal para ejercerlo en América, primero en Cuba y después en Méjico.
El padre Jarauta llegaría a Méjico en tiempos de la guerra contra los estadounidenses. Los yankees, con sus huestes masónicas y protestantes, ultrajaron al Méjico católico de aquellos años. El padre Jarauta no se quedaría con los brazos cruzados y organizaría la guerrilla contra los invasores, defendiendo el Reinado de Cristo y recordando a los mejicanos la necesidad de despertar contra los yankees. Dichas palabras, que hoy son una realidad que nos azota —no solo a los mejicanos, sino a todos los pueblos hispanos—, son las siguientes:
«Habitantes de la Ciudad de Méjico, despertad ya del peligroso letargo en que os halláis. Ved vuestra religión y cara patria sumergidas en la mayor de sus desgracias, esperando tan sólo el día en que sus valientes hijos se decidan a vengar el agravio que les hacen esos invasores ambiciosos, desmoralizados y crueles. Levantaos en masa y unidos a una sola voz clamemos: ¡Viva Méjico!, ¡Viva su Religión Católica!, ¡Viva Cristo Rey!, ¡Viva el Santo Papa! Que, por salvar a su patria y a su religión, vuelva el pueblo a echarse encima de los yanquis, aunque sea con sus puras manos. La muerte es preferible a esa aparente paz que les han impuesto, y que no hace sino acrecentar su ambición de despojo y diabólico orgullo. Este es el único medio de salvar a la Patria, a la Religión Católica y a nosotros mismos de los grilletes de la indigna esclavitud. Primero moriremos matando norteamericanos y gente norteamericanizada, que rendirnos a sus poderosas armas, a sus falsos dioses como el dinero y el “progreso”, y a sus falsos ofrecimientos de democracia»
El Padre Celedonio Domeco de Jarauta:
Sacerdote, Soldado y Mártir.
Un hombre que no aceptó la humillación a la Unidad Católica en Méjico.
Un hombre que comprendió algo que hoy sigue siendo verdad:
No podemos callar cuando la Fe es atacada…
Hay que defenderla.
Y así lo hizo.
Y así murieron muchos.
Durante la misma guerra contra los estadounidenses, en la década de los cuarenta del siglo XIX, surge el Batallón de San Patricio, una unidad de voluntarios irlandeses que, ante las dificultades de su tiempo, terminan enrolados en el ejército de Estados Unidos; pero al ver la realidad de la guerra y los abusos contra Méjico, deciden cambiar de bando y defender la causa católica mejicana.
La historia no termina ahí.
Porque cada generación tuvo sus defensores.
Pasados los años, y con el crecimiento de la revolución liberal mediante constituciones como la de 1857, surge la figura de los Macabeos, generales mejicanos que defendieron la religión y los fueros entre 1855 y 1867.
Varios nombres podemos considerar para tener presentes a estos héroes de la cristiandad mejicana: Tomás Mejía, Manuel Ramírez de Arellano o Leonardo Márquez; pero aquel que destaca entre ellos es el ultramontano por excelencia del Méjico de la mitad del siglo XIX: el general Miguel Miramón, el terror de la masonería juarista, que defendió la causa de la Iglesia en aquellos años turbulentos.
El final de Miramón llegaría por las tibiezas de propios y extraños, siendo pasado por las armas de los liberales junto a Tomás Mejía y Maximiliano de Habsburgo. El propio Miramón escribiría en sus epistolarios que, para sus últimos días, todas las puertas estaban cerradas, menos ¡las del Cielo!
Miguel Miramón y los Macabeos mejicanos: hombres notables que recuerdan, con su vida y muerte, la bravura hispánica por defender la cristiandad de su tiempo.
Ya llegando al final del siglo XIX, y como antecedente directo, tenemos a los Religioneros (1873-1876). Este movimiento católico defendía el lugar de la Iglesia en la sociedad mejicana, golpeada por el liberalismo radical. Se trató de un movimiento principalmente popular en las regiones de Michoacán, Querétaro, Guanajuato y Jalisco.
Durante el gobierno republicano del liberal Sebastián Lerdo de Tejada, se permitió —al igual que en gobiernos anteriores, tanto liberales como conservadores— la llegada de sectas protestantes. Esta situación, junto con el establecimiento de las Leyes de Reforma, provocó el levantamiento de aquellos que defendían, a viva voz: ¡Viva el Papa! ¡Viva la Religión Católica! ¡Muerte a los protestantes!
Esos eran los religioneros: defensores del principio católico en Méjico.
El propio Sebastián Lerdo de Tejada llegó a temer que los religioneros contactaran con Don Carlos VII, quien por aquellos años se encontraba de visita en Méjico. Sin embargo, por razones que solo Dios y su Divina Providencia puede entender, dicho contacto no se concretó; aun así, el temor liberal ante esta posible cercanía fue una realidad.
Y finalmente… los cristeros.
Ah, los cristeros.
Después de este recorrido histórico llegamos al caso de nuestros cristeros en su centenario, quienes ante la avanzada de gobiernos anticatólicos como fueron los de Alvaro Obregón y Plutarco Elías Calles producto de la revolución mexicana buscaron acabar con la Iglesia Católica en Méjico. De los cristeros se pueden decir muchas cosas, por eso mismo se ha tenido un gran congreso en Ciudad de Méjico en el mes de febrero del presente año, que hemos coordinado y presentado con gran éxito desde la Comunión Tradicionalista. Pero aquello a lo que quiero dar lugar es a exaltar la virtud heroica de nuestros mártires cristeros.
La virtud del martirio entre los cristeros se manifiesta como el supremo testimonio de fidelidad a la fe católica frente a la persecución religiosa en Méjico. Para estos hombres, mujeres e incluso niños —como el joven San José Sánchez del Río—, el martirio no fue un acto de desesperación, sino una preparación espiritual heroica que transformó el sufrimiento en una vía de santificación. Al grito de «¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!», los mártires cristeros aceptaron la muerte con una seguridad jubilosa, viendo en su sacrificio el «testimonio de la sangre» necesario para defender el Reinado de Cristo.
La defensa de la unidad católica en Méjico encontró su pilar en el testimonio convergente del Padre Pro, Anacleto González Flores y Enrique Gorostieta, quienes desde el altar, la cátedra y el campo de batalla, articularon la gran defensa de la Fe Católica. Mientras el Padre Pro sostenía la unidad sacramental en la clandestinidad, Anacleto González Flores forjaba la unidad social del laicado, y el genio de Enrique Gorostieta dotaba de unidad estratégica a la resistencia. A esta tríada de entrega absoluta se suma el testimonio conmovedor del joven San José Sánchez del Río, quien con su sangre adolescente selló la unidad del sacrificio, demostrando que la fidelidad a Cristo no conoce edades y que el martirio es la rúbrica final de un pueblo que se niega a claudicar. Juntos, el místico, el apóstol, el estratega y el niño mártir demostraron que la unidad católica no es una abstracción, sino una fuerza viva que exige la entrega total del ser para preservar la identidad espiritual de la patria frente al intento de desarticular su alma.
Aquí ya no hablamos solo de historia.
Hablamos de heroísmo puro.
Heroísmo con la vista en lo eterno gritando lo que hoy sigue resonando en el cielo y en la tierra:
¡Viva Cristo Rey!
Ese grito que no es solo una consigna.
Es una declaración de guerra.
Es una afirmación de la verdad.
Es una victoria… incluso en la muerte.
Porque el mártir no pierde.
El mártir vence.
Siempre vence.
La sangre de nuestros mártires no es derrota.
Es semilla.
Es fundamento.
Es vínculo.
La sangre de nuestros mártires es el lazo imborrable de la lucha viva por la unidad católica de las Españas, a pesar de los embates de la revolución y las confusiones doctrinales producto de los males del liberalismo, es en dicha sangre testimonial de los mártires en dónde encontramos la fuerza y el camino para la reconquista de las Españas.
Y sin embargo…
Debemos reconocer una verdad incómoda:
Muchos de estos hombres lucharon en soledad política, por los males de su tiempo.
En abandono político.
En orfandad.
Pero hoy… eso ha cambiado.
Hoy no estamos solos.
Hoy hay continuidad.
Hoy hay legitimidad.
Hoy hay esperanza.
Por eso agradezco públicamente a Su Majestad Enrique V:
Por no abandonar a sus hijos de ultramar.
Por mantener viva la llama de la Santa Tradición.
Por recordarnos que esta lucha… no ha terminado.
Porque no ha terminado.
Y no terminará… mientras haya una sola alma dispuesta a resistir.
Por eso, queridos amigos, no hay lugar para la tibieza.
No hay lugar para las medias tintas.
Nuestro deber es claro.
Nuestro deber es firme.
Nuestro deber es histórico
Nuestro deber es eterno:
luchar por la reconquista de la Cristiandad.
Reconquista espiritual.
Reconquista cultural.
Reconquista política.
Bajo los principios que no cambian:
¡Dios, Patria, Fueros y Rey legítimo!
Y termino con una súplica —que es también una promesa—:
Concédenos, Señor, que nuestro último grito en la tierra
sea también nuestro primer canto en el cielo:
¡Viva Cristo Rey!
¡Vivan los Mártires de la Tradición!
¡Viva la Unidad Católica de las Españas!
¡Viva Enrique V!
Alexander G. Becker, Círculo Tradicionalista Celedonio de Jarauta
Deje el primer comentario