Viacrucis con Alejandro y Rufo

Me llamo Alejandro; soy hijo de Simón, hermano de Rufo y, como todos vosotros, un hermano pequeño de Jesús

I. Jesús es condenado a muerte

Me llamo Alejandro y mi hermano pequeño se llama Rufo. Nuestro padre es Simón; es de Cirene, una ciudad muy lejana. Recuerdo perfectamente aquel primer Viernes Santo. Ese día, los tres habíamos salido temprano a trabajar en unos campos que hay cerca del monte Calvario. A papá no le gustaba pasar por el camino del Calvario, porque es allí donde se ejecuta a los condenados a muerte. Rufo es pequeño y siempre se asusta y se pone a llorar. ¡Ay, qué penoso es! Pero aquel día teníamos que volver pronto a casa, porque era la víspera de una gran fiesta: había muchas cosas que preparar. Así que ahí íbamos los tres, en dirección a la puerta de las murallas; esperábamos no encontrarnos con mucha gente, para poder llegar rápidamente a casa. Pero cuando estábamos delante de la puerta, ¡entonces se oyó un gran estruendo de gente que gritaba, que chillaba y de trompetas que sonaban! ¡Iba a haber ejecuciones! ¡Tres, nada menos! ¡Y seguro que nos íbamos a cruzar con los condenados a muerte!

II. Jesús carga con su cruz

De repente, se oyó una voz: «¡Aquí están los tres malhechores! Van a ser crucificados». Era demasiado tarde para dar media vuelta y, además, mucha gente ya empezaba a salir por la puerta. Muy pronto nos vimos completamente rodeados por una multitud, que esperaba con una mezcla de odio y curiosidad el paso de los. De repente, en una curva de la calle que baja hacia la puerta, vi a un hombre horrible y aterrador, cargado con su cruz; luego, a un segundo, más enclenque y débil que parecía tener mucho miedo; y después, a un tercero. Este último no parecía en absoluto un criminal. Más bien al contrario. Al verlo caminar, cargando con su pesada cruz, se pensaría más bien en un rey que llevaba su lanza para conquistar nuevos reinos. Era la primera vez que vi a Jesús.

III. Jesús cae por primera vez

Rufo se echó a llorar cuando vio a los condenados a muerte con sus cruces, mientras los soldados los maltrataban a latigazos. ¡Pobre niño! ¡Todo le daba miedo! Yo lo observaba todo con interés y no me preocupaba por él. Papá intentaba consolarlo; yo ni siquiera lo miraba. Tenía curiosidad por saber qué estaba pasando. Fue entonces cuando Jesús, el tercer condenado, tropezó y cayó al suelo. Ni siquiera lo conocía y, sin embargo, sentí como una punzada en el corazón: era que Él me miraba, con el rostro aplastado bajo su cruz. Como si me dijera: ¿no tienes piedad de mí? ¿No tienes piedad al menos de tu hermanito que llora y tiene miedo?

IV. Jesús encuentra a Madre

Miro a Jesús. Veo que le están ayudando a levantarse. He aquí que una mujer muy hermosa se acerca junto Él. Él la mira; ella lo mira. No pronuncian ni una palabra. Pero al observarlos, oigo una voz en mi corazón que me dice: «Mira cómo se aman». Entonces pensé que a mí también me gustaría tener una madre como Ella…

V. Simón de Cirene ayuda a Jesús a llevar la cruz

Seguía pensando en ello cuando, de repente, unos soldados se acercaron a nosotros con aire amenazador: «¡Eh, tú! Pareces fuerte y sano. Ven con nosotros: lleva la cruz de este hombre». ¡Así le empezaron a hablar a papá! Él no quería dejarnos; y tampoco quería ayudar a un condenado a llevar su cruz. Pero los soldados lo agarraron y lo obligaron, a latigazos, a tomar la cruz de Jesús. Rufo, presa del pánico, lloraba a lágrima viva. Yo miraba a papá sin saber qué hacer. Arrastrado por los soldados, papá alcanzó a decirme: «¡Cuida de tu hermanito!». ¿Yo? ¿Yo, consolar a un niño pequeño que llora? Miré a papá, miré a Rufo… Y miré a Jesús: Jesús me miró a su vez y comprendí que debía obedecer a papá.

VI. Verónica enjuga el rostro de Jesús

Cogí a Rufo de la mano. No sabía qué hacer. «Vamos, Rufo, todo va a acabar bien…». Pero no estaba nada seguro. Mientras tanto, una mujer se había acercado a Jesús: se quitó el velo de la cabeza y le limpió el rostro magullado y dolorido. Fue entonces cuando Rufo dejó de sollozar y, tirándome de la manga, me dijo: «¡Alejandro, Alejandro, mira! ¡El velo de la mujer! ¡Oh, qué bonito es!». En el velo de santa Verónica se veía perfectamente impreso el rostro de Jesús. Era como si sus propios ojos me miraran por todas partes: pues Jesús mismo también nos miraba. La imagen de Jesús comenzó a imprimirse también en mi corazón a partir de ese instante: empecé a experimentar compasión verdadera por los más pequeños y un auténtico amor de Dios.

VII. Jesús cae por segunda vez

Rufo volvía a tirarme de la manga: quería seguir a Jesús. Y a papá, que se arrastraba detrás de Él con la cruz. Jesús cayó al suelo por segunda vez. Rufo miró a Jesús y contempló su rostro, enrojecido por todas sus heridas. Estaba seguro de que mi hermanito iba a empezar a llorar de nuevo. Pero no. Se acercó a Jesús y, con sus escasas fuerzas, intentaba ayudarle a levantarse. Fue entonces cuando yo, el hermano mayor, tuve miedo: ¡no se ayuda a los condenados! ¡No hay que meterse en los asuntos de los mayores! Pero era Rufo quien tenía razón. Yo también tenía la cara roja, pero de vergüenza. Vergüenza por ser un cobarde y porque había sido un mal hermano mayor.

VIII. Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén

Rufo camina delante de mí. Quiere estar muy cerca de Jesús. Ya no parece tener miedo. Yo voy detrás, arrastrando los pies. Jesús se detiene ante un grupo de mujeres que lloran. Les habla. Les dijo palabras de consuelo, porque cuando Él sigue caminando, ellas ya no lloran. ¿Quién es este hombre que sufre, que cae, que derrama su sangre, pero que también tiene tiempo de detenerse para consolar a los demás, para pensar en los demás olvidándose de sí mismo?

IX. Jesús cae por tercera vez

Seguimos subiendo hacia la cima del Calvario. Ya no queda mucho y espero que pronto papá pueda volver con nosotros para regresar a casa. Por fin alcanzo a Rufo: «¡Ven! ¡Dame la mano y deja de correr! ¡Papá me ha encargado que te cuide!». Papá me había pedido que cuidara de él, no que lo vigilara como a una bestia feroz; pero yo todavía estaba enfadado con él. Rufo obedeció y se quedó muy cerca de mí. Entonces Jesús tropezó y cayó por tercera vez. Fue muy impresionante: era muy alto, pero cuando cayó al suelo, se había hecho, en cierto modo, pequeño como nosotros. Rufo me tiró de la mano, sin soltarme: «Ven, Alejandro —dijo—, Jesús quiere hablarnos». Nos acercamos a Jesús, que se esfuerza por levantarse; está de rodillas y su rostro está a la altura del nuestro. Jesús me habla: «Alejandro, cuida de tu hermanito».

X. Jesús es despojado de sus vestiduras

Eran las mismas palabras de papá: «Cuida de tu hermanito». Completamente conmovido, ahora era yo quien sollozaba. Ya no me atrevía a mirar a Jesús y Rufo se volvió hacia mí; él no lloraba, pero parecía muy triste: los soldados estaban despojando a Jesús de sus vestiduras. Ya no le quedaba nada. Solo le quedaba su Amor infinito, que quería dar a todos antes de morir. Para mí, esta lección fue impresionante: ¡Debo cuidar de los pequeños más que de mí!

XI. Jesús es clavado en la cruz

Jesús está en la cruz. ¡Qué pequeños nos sentíamos al pie de la Cruz, en el Monte Calvario! Yo, que me creía un chico mayor, lloraba a lágrima viva al mirar a Jesús: porque había comprendido que Él era el hermano mayor de todos. Es Él quien cuida de nosotros, quien nos defiende de los malvados, quien nos consuela en la tristeza. Quien se ofrece en sacrificio y da todo lo que tiene y todo lo que es sin pensar en sí mismo. ¡Oh, cómo me gustaría ser un hermano mayor como Jesús…! Papá vuelve hacia nosotros. Él también está conmovido: «Vamos a casa, hijos míos», dice sin entusiasmo. «Papá —preguntó Rufo—, ¿podemos quedarnos un rato más? ¿Con Él?». Él era Jesús. Papá asintió con la cabeza. Nos puso las manos sobre los hombros; los tres estábamos de pie, a la sombra de la cruz de Jesús, mirando con amor y con tristeza a nuestro hermano mayor.

XII. Jesús muere en la cruz

Jesús lanzó un gran grito y todo terminó. El final. Jesús había muerto. Mi hermano mayor había muerto. Pero yo había aprendido dos lecciones para el resto de mi vida. Porque Jesús murió por obediencia: hizo lo que su Padre del Cielo le pedía que hiciera. Y yo también debo obedecer a mis padres. Y Jesús nos había dado el ejemplo del amor que se entrega a los demás; del amor por los más pequeños que uno mismo: nos amó como un hermano mayor. Un hermano mayor que es el primogénito de una multitud de hermanos. Cuidó de nosotros, nos defendió, nos consoló, nos dio ejemplo. Me volví hacia papá y le dije: «Papá, me gustaría ser como Jesús. Quiero ser un hijo obediente y un buen hermano mayor». «Vamos —dijo papá— arrodillémonos y pidamos a Jesús que nos conceda su gracia».

XIII. Jesús es descendido de la cruz y puesto en brazos de su Madre

Papá quería volver a casa enseguida. Unas personas empezaba a bajar a Jesús de la cruz. Estaban su madre, María; otras mujeres que yo no conocía; y un joven que se llamaba Juan. Dos ancianos muy nobles y muy ricos que se llamaban Nicodemo y José. Esos dos señores tomaron el cuerpo de Jesús, como si fuera su propio hijo. Iban a lavar y preparar el cuerpo de Jesús para ponerlo en el sepulcro. «Papá —dije—, ¿puedo quedarme un rato más para ayudar a esos señores? No quiero separarme todavía de Jesús. Por favor, papá… Puedo volver solo después». Papá asintió con la cabeza y se marchó con Rufo. Me estaba convirtiendo en un chico mayor, al lado de mi hermano mayor. Crecer es también crecer en el amor y en el sacrificio. De lo contrario, no sirve de nada.

XIV. Jesús es sepultado

Me acerco a María: «Señora, ¿puedo quedarme con usted, con Jesús? Él es mi hermano mayor». Entonces María me miró con sus ojos llenos de cielo, con una hermosa sonrisa en medio de su rostro lleno de tristeza. El joven que estaba junto a ella, Juan, me dijo: «Si Jesús es tu hermano mayor, entonces debes amar a María como a tu madre». Y eso me esfuerzo en hacer desde ese día. Nicodemo y José depositan el cuerpo de Jesús en el sepulcro y luego cierran la cueva con una gran piedra. Son muy mayores, pero ellos también son hermanos menores de Jesús. ¡Oh, qué hermosa y grande es nuestra familia cristiana! Los mayores cuidan de los pequeños y todos tenemos un hermano mayor que nos da ejemplo a seguir y una buena Madre que vela por nosotros.

Me llamo Alejandro; soy hijo de Simón, hermano de Rufo y, como todos vosotros, un hermano pequeño de Jesús.

Fray José del Silencio, Círculo Sacerdotal Cura Santa Cruz

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