Hay escenas —no pocas— en las que la Semana Santa, en lugar de elevar el alma, parece ensayar una liturgia que ha olvidado su propio idioma. Y entonces uno, situado entre el incienso y la música, entre la emoción popular y el esplendor del paso, advierte que está todo… y, sin embargo, algo esencial falta: el significado.
Porque el drama no es estético —que no lo es, pues hay belleza, y mucha— sino semántico y teológico: los signos ya no dicen lo que deben decir. Y cuando el signo deja de significar, deja también de ordenar la inteligencia y de elevar la voluntad. Se vuelve ruido visual, espectáculo, gesto vacío. Dicho sin rodeos: se convierte en un lenguaje muerto que aún se pronuncia.
Un ejemplo.
Avanza la procesión. El paso predica en silencio lo que el mundo ya no quiere oír; la talla conserva una catequesis que el discurso ha olvidado; la multitud se conmueve. Y, de pronto, entre la seda y el oro, aparecen las dalmáticas: amplias, solemnes, antiguas como la Iglesia… y, sin embargo, usadas hoy como si fueran traje de ocasión.
Conviene detenerse —didácticamente, sin concesiones—: la dalmática es la vestidura propia del diácono, grado real del sacramento del Orden. No es un complemento, no es un distintivo honorífico, no es un adorno que «queda bien». El diácono, en la tradición romana, es ministro del altar: proclama el Evangelio, asiste al sacerdote, prepara los dones, sirve a la liturgia y a la caridad. Su vestidura no lo «embellece»: lo significa.
Por eso la Iglesia fue siempre celosa en el uso de los signos. Porque sabía —con una sabiduría hoy considerada incómoda— que la forma educa la fe. En Mediator Dei, n. 23 Pío XII enseñaba que: «La sagrada liturgia está compuesta de signos sensibles que significan y, cada uno a su modo, realizan la santificación». Y en el número 58 de esa misma encíclica añadía con claridad meridiana: «Nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia».
Pero si el signo se aplica a quien no corresponde, si la vestidura se separa del ministerio, si la dalmática cubre lo que no es diácono… entonces el signo miente. Y un signo que miente no santifica: confunde.
Aquí asoma —inevitable— la pluma de Francisco de Quevedo, que, de ver estas escenas, escribiría que hemos pasado del orden sagrado al guardarropa universal, donde cada cual se reviste según gusto, y el sacramento parece dispensarse por tallas y no por carácter. Porque lo que antes era jerarquía, hoy es coreografía; lo que era ministerio, hoy es figuración; lo que era signo eficaz, hoy es disfraz con bordados.
Y no sólo la dalmática. También el incienso, que era oración que asciende, se convierte en atmósfera; el gesto, que tenía número y medida, en improvisación; el servicio, que exigía formación, en rotación de voluntarios. Todo está… pero todo ha sido desplazado de su eje.
Alguien dirá —y no faltarán voces doctas para sostenerlo— que estos fenómenos pueden leerse en clave antropológica: que el rito evoluciona, que la comunidad resignifica, que la tradición se adapta. Y no es falso que el hombre, incluso cuando pierde la fe, conserva el gesto religioso. Pero precisamente ahí está la tragedia: cuando el gesto sobrevive a la verdad, el rito se convierte en folklore sacralizado, en espectáculo emotivo donde la forma permanece mientras el contenido se disuelve.
La Iglesia, sin embargo, no entendió nunca así los signos. El Concilio de Trento (Sesión XXV, Decreto sobre las imágenes) fue tajante al defender el uso de las imágenes sagradas, pero con una condición esencial: «se ha de enseñar con diligencia que por medio de las imágenes… se instruye y confirma al pueblo en los artículos de la fe» . Es decir: la imagen no es espectáculo, sino vehículo de verdad.
Pero, ¿qué ocurre cuando el signo ya no remite a la realidad que significa? Ocurre lo que vemos: la imagen queda, el rito continúa, la emoción se produce… pero el contenido se ha evaporado. Y entonces lo sagrado no es negado frontalmente —lo cual sería más honesto—, sino imitado sin fe, reproducido como forma sin fondo.
Y aquí aparece la contradicción más hiriente de nuestro tiempo: mientras se multiplican los signos exteriores —vestiduras, gestos, símbolos—, se debilita la comprensión de aquello que significan. Se conserva la arquitectura… pero se ha perdido el plano.
No es extraño, en ese contexto, que el antiguo orden —subdiaconado incluido— haya sido desdibujado hasta casi desaparecer en la práctica, mientras proliferan figuras funcionales sin arraigo sacramental claro. Y así, lo que antes estaba cuidadosamente delimitado —quién sirve, quién distribuye, quién asiste— se difumina en nombre de una participación que, paradójicamente, termina banalizando lo que pretende acercar.
El resultado no es mayor cercanía a lo sagrado, sino su domesticación.
Porque cuando todo puede hacerlo cualquiera, nada conserva su carácter propio.
A este vaciamiento del signo se añade otro fenómeno, menos comentado pero no por ello menos real: la conversión de ciertas expresiones de religiosidad popular en espacios donde la pertenencia social pesa más que la conversión moral. No faltan análisis sociológicos —especialmente en torno a ciudades como Sevilla— que describen las cofradías como ámbitos de identidad, estética y sociabilidad donde confluyen estilos de vida muy diversos, incluso abiertamente contrarios a la moral católica, sin que ello suponga tensión visible con la participación externa en el rito. No se trata aquí de señalar personas, sino de constatar una disociación: la del símbolo que emociona y la vida que no se deja juzgar por él.
Y es ahí donde aparece otra paradoja aún más profunda: hombres y mujeres que viven en contradicción objetiva con lo que esas imágenes representan pueden, sin embargo, emocionarse sinceramente ante ellas. Lloran ante un Cristo que no están dispuestos a seguir, se conmueven ante una Virgen cuya pureza no desean imitar, participan del rito… sin dejarse interpelar por él. No porque el signo sea débil en sí, sino porque ha dejado de ser presentado —y vivido— como portador de un juicio. No el juicio del hombre, siempre falible, sino el juicio de Dios, que ilumina, corrige y llama a conversión. Cuando el signo pierde esa dimensión, deja de ser espada que separa y se convierte en espejo que halaga. Y así, lo que debería ser irrupción de lo eterno en el tiempo se transforma en una escenificación emocional, donde la única argamasa común es el sentimiento compartido: una emoción que cohesiona sin exigir, que une sin convertir, que conmueve sin transformar. De ahí que estas celebraciones sean cada vez más promovidas como objeto de consumo cultural —itinerarios turísticos, declaraciones de «interés turístico internacional», patrimonio inmaterial, escaparate en ferias como Fitur—, en una competencia silenciosa por atraer miradas antes que almas. Y en esa lógica, la emoción —erigida casi en principio teológico práctico— se convierte en el lenguaje común capaz de integrar a todos, al precio de vaciar de exigencia aquello mismo que pretende representar.
Y uno tiene entonces la impresión —tan sugerente como inquietante— de estar asistiendo a algo que la historia ya conoció. Como observaba Oswald Spengler en La decadencia de Occidente al describir las civilizaciones agotadas, llega un momento en que «las formas siguen en pie, pero el alma que las creó ha desaparecido». Y en ese mismo sentido, advertía Edmund Burke en su obra Reflexiones sobre la Revolución en Francia que las instituciones sólo viven mientras se conserva el espíritu que las anima, pues «un Estado sin los medios de algún cambio es un Estado sin los medios de su conservación», lo cual, aplicado al caso inverso, muestra el peligro de conservar la forma vaciada de su principio.
Así, como aquellos pueblos que, tras la caída del Imperio, paseaban entre columnas, foros y templos cuya grandeza admiraban sin comprender su significado, habitamos las formas de la Iglesia sin poseer ya su alma. No destruimos los monumentos: los conservamos… pero ya no sabemos para qué fueron levantados.
Y así, la procesión avanza —hermosa, conmovedora, impecable— mientras, bajo la seda y el oro, late una pregunta que no se atreve a formularse: si lo que vemos ya no corresponde a lo que significa, ¿qué estamos realmente contemplando?
Tal vez —y aquí la sátira se vuelve casi piedad— no sea otra cosa que una representación de lo sagrado sin su sustancia, un eco de lo que fue, una forma que ha sobrevivido a su alma.
Y entonces se comprende, con una claridad que duele, que no hay mayor profanación que ésta: conservar los signos… después de haber olvidado lo que dicen.
Sandra Conde
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