Hay días en que uno abre la prensa —esa nueva Summa Theologica del desconcierto— y no sabe si ha entrado en la sacristía o en el camerino de una comedia bufa, si está leyendo crónica eclesial o libreto de entremés, si la Iglesia peregrina sigue siendo Esposa de Cristo o se ha mudado, con baúles y tiestos, a la república independiente del disparate.
Porque, lector, detente un instante y contempla el cuadro: mientras el mundo arde, mientras las almas se enfrían, mientras la fe se desangra en silencio, la pluma pontificia vuela —ligera como paloma, pero quizá no tan inspirada— hacia Canterbury, no para convertir, no para corregir, no para recordar aquello de «extra Ecclesiam nulla salus», sino para felicitar, bendecir y animar… a una arzobispa anglicana, novedad no tanto teológica como zoológica, pues ya no sabemos si estamos ante un cisma, un experimento o una feria de especies eclesiales.
Y allí, en la catedral de Canterbury Cathedral, donde antaño resonaba el eco del martirio de Santo Tomás Becket, hoy se entroniza a Sarah Mullally, mujer, casada, madre, primada de una comunión desgarrada y, sin embargo, destinataria de un mensaje que insiste en «caminar juntos en la verdad y el amor».
Caminar juntos… sí, como el ciego y el cojo, que juntos hacen camino, pero ninguno ve ni anda.
Porque el problema, querido lector —y aquí empieza la risa amarga— no es que se dialogue, sino qué se dialoga y desde dónde. Que cuando el error se sienta a la mesa y la verdad le sirve el vino, no hay ecumenismo: hay confusión con mantel de lino, mantel que, por cierto, ya fue levantado y sacudido con bastante claridad por Apostolicae Curae, donde León XIII tuvo la descortesía —hoy imperdonable— de declarar nulas y absolutamente inválidas las órdenes anglicanas, es decir, sin sucesión apostólica, sin sacramento y, por tanto, sin más linaje que el del teatro… que es actividad simpática, pero no imprime carácter.
Mas no acaba aquí la función. Porque, mientras en Inglaterra se inaugura el episcopado femenino con incienso diplomático, en Alemania se nombra —¡oh sorpresa de nadie!— a Heiner Wilmer como nuevo obispo de Münster y, además, colocado al frente del episcopado alemán, es decir, se entrega el timón a quien no lleva brújula en el barco, quién no ha ocultado precisamente su simpatía por las tesis más avanzadas del llamado «camino sinodal», ese laboratorio donde la doctrina se somete a votación y la moral se negocia como si fuese convenio colectivo.
Y así, entre sínodos, comités y asambleas, la Iglesia en Alemania continúa su deriva, no ya hacia puerto incierto, sino hacia un puerto perfectamente conocido: el de una iglesia nacional, adaptada, negociada y, si hace falta, reinventada, donde lo que ayer fue pecado hoy es proceso, y lo que siempre fue verdad ahora es «discernimiento en camino».
Y en ese clima —donde cada sínodo parece una asamblea constituyente y cada documento una reforma del Evangelio— la danza continúa, que no es de Salomé —aquella al menos sabía lo que pedía—, sino de un modernismo que pide la cabeza… pero de la Tradición.
Porque si no ha llegado a comprender, asombrado lector, de que hablo, se lo explico. El Sínodo de la Sinodalidad es ese evento donde se reúnen muchos para decidir juntos… que hay que reunirse más para seguir decidiendo juntos que hay que reunirse.
Es decir, un sínodo tan sinodal que si no es sinodal, no es sínodo, y si lo entiendes… ya no eres sinodal.
Porque, claro, antes un sínodo servía para aclarar cosas; ahora sirve para aclarar que nada debe quedar claro, no sea que alguien, imprudentemente, llegue a una conclusión.
Y en España, para que el lector no crea que el disparate es importado, la CONFER se adentra en espiritualidades de aire oriental, perfume de incienso sospechoso y resonancias de mindfulness bautizado, como si Santa Teresa hubiese sido coach de respiración consciente y S. Juan de la Cruz un instructor de retiros energéticos.
Y no contentos con ello, se nos ofrece incluso el espectáculo —que haría enmudecer a más de un padre del desierto— de procesos de beatificación como el del obispo misionero Alejandro Labaka, presentado como modelo de entrega, mientras salen a la luz textos suyos donde describe, con inquietante naturalidad, escenas de convivencia desnuda con jóvenes indígenas, intentos de excitación y tocamientos genitales en su entorno inmediato, todo ello interpretado bajo la categoría de «inculturación» y adaptación pastoral.
¿Y qué haría San Pío V, Papa que afronta la más grande evangelización conocida, ante semejante cuadro? Sin duda convocaría un grupo de trabajo, redactaría un documento de síntesis y propondría un camino de discernimiento acompañado… salvo por un pequeño inconveniente: que la historia, esa señora tan poco sinodal, nos recuerda que no hizo absolutamente nada de eso.
Porque el mismo Pontífice que hoy sería acusado de rigidez firmó disposiciones en las que los clérigos que incurrían en estos desórdenes no eran invitados a compartir su proceso, sino apartados sin ceremonia, despojados de su estado y entregados a la justicia, sin mesas redondas, sin cafés sinodales y, lo que es peor, sin un solo facilitador que tomara notas; y allí, en manos de una justicia civil poco dada al matiz y nada inclinada al acompañamiento, el discernimiento solía ser breve, la sentencia clara y el final, no pocas veces, ardientemente concluyente.
Así, donde antes había confesión, ahora hay «itinerarios de acompañamiento personalizado»; donde había examen de conciencia, se ofrece «evaluación de procesos vitales»; donde se hablaba de pecado, se habla de «situaciones complejas en desarrollo»; y donde la enmienda era propósito firme, ahora basta con «seguir caminando en discernimiento».
El director espiritual se convierte en facilitador, el pastor en coordinador, la parroquia en espacio de encuentro y la doctrina en documento de trabajo —siempre abierto, por supuesto—. Y si alguien pregunta por la Verdad, se le invita amablemente a una mesa redonda con café, dinámicas participativas y una pizarra donde escribir, entre todos, lo que quizá ya estaba revelado.
Porque lo importante, nos dicen, no es llegar a la meta, sino el proceso; no es la claridad, sino el camino; no es la conversión, sino la conversación.
Todo muy elevado, sí… pero no hacia el cielo.
Y en medio de esta sinfonía, aparece la nota grave —o cómica, según se mire—: reunirse con León XIV tiene tarifa. No indulgencias, no penitencias, no ayunos: euros. Quinientos mil, nada menos.
Cinco. Ceros. Como los panes y los peces, pero al revés: aquí no se multiplican, aquí se recogen.
Y uno recuerda, con inevitable malicia evangélica, aquella línea breve, seca y eterna:
«Judas tenía la bolsa» (Jn 12,6).
Y la tenía, sí, no digo más.
Pero aún queda la joya de la corona, el relicario del absurdo: las imágenes de Robert Prevost participando —o al menos asistiendo con sospechosa proximidad— en rituales de la Pachamama. Ese ídolo de barro que cruzó el Atlántico no como mercancía, sino como síntoma, y que algunos han querido bautizar a golpe de fotografía y silencio, no sea que el escándalo, si se nombra, deje de ser pastoral y pase a ser simplemente lo que es.
Porque, y aquí viene la ironía geográfica además de la teológica, la Pachamama no es precisamente una divinidad amazónica, sino una deidad propia de la cosmovisión andina —Perú, Bolivia, el altiplano, los cerros y las alturas—, de modo que uno ya no sabe si estamos ante inculturación, trasplante o simple importación con gastos de envío incluidos. La selva, al parecer, necesitaba un préstamo del altiplano para completar el cuadro.
Y mientras tanto —detalle delicioso para el entremés— el Jefe del Estado español, Felipe, entra solemnemente en la Basílica de Santa María la Mayor para ocupar su asiento de protocanónigo, título antiguo, honorífico, heredado de siglos, símbolo de una Cristiandad que supo ser algo más que protocolo y fotografía.
Y allí se habla de tradición viva, de vínculos históricos, de memoria agradecida… mientras alrededor la misma palabra «tradición» se trata como si fuese contrabando ideológico, tolerada en vitrinas pero perseguida en los altares, diseccionada con bisturí conceptual por doctores sin pulso y archivada con guantes de látex, como si haber tenido abuelos —y más aún, si fueron leales a Dios, a la Patria y al Rey legítimo— fuese ya una forma agravada de herejía genealógica digna de expediente y corrección.
Ironías de la historia: se conserva el título… y se extravía el contenido.
Y así, lector, llegamos al diagnóstico final, que no es teológico sino clínico: el famoso «estado de necesidad» del que tanto se habla ya no es una hipótesis canónica, es una urgencia hospitalaria. No estamos en debate; estamos en UCI.
Con respiración asistida, claro está… pero no precisamente del Espíritu Santo.
Y mientras tanto, desde Roma se escribe, se felicita, se nombra, se sonríe… se organizan audiencias, se afinan mensajes, se reparten gestos, como si la Iglesia fuese una diplomacia espiritual donde lo importante no es la verdad que se proclama, sino la imagen que se proyecta, como si el Vicario de Cristo hubiese sido sustituido por un maestro de ceremonias del consenso.
Pero no te engañes, lector: cuando la Iglesia empieza a parecerse demasiado al mundo, no es que haya conquistado al mundo… es que el mundo ha tomado la Iglesia.
Y entonces ya no hay comedia.
Hay tragedia.
Roberto Gómez Bastida, Círculo Tradicionalista de Baeza
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