
«Quisiera darte algún consejo práctico. Son muchas las jóvenes que, con el afán de agradar, olvidan la honestidad; sin embargo, el agrado y la modestia nunca debieran separarse. ¡Éste es el secreto de la joven auténticamente cristiana! (…). Las muchachas, generalmente, suelen estar convencidas de que la belleza, por sí sola, es lo único que puede darles el dominio, la conquista que ambicionan. ¡Lamentable equivocación! «La hermosura por sí sola no basta para agradar contínuamente», ha escrito una mujer, madame de Lambert. Para la joven cristiana de verdad, su mayor interés ha de concentrarse «en agradar con la dulzura, las atenciones, el espíritu de orden, el amor al trabajo, el afecto desinteresado, la paciencia y la cordura.La hermosura más fresca y lozana desagrada si a ella van unidas la exigencia, la aspereza, el egoísmo y los arrebatos», continúa la citada escritora (…).
De estos defectos quisiera ver libres a mis lectoras al estrenar sus gracias en el gran teatro del mundo. Una exhibición exagerada de vestidos, peinados y adornos, puede poner en gran peligro la pureza femenina; por eso quisiera darte algunas reglas que te ayudarán y que debes interpretar discretamente, siempre que trates de agradar:
Primera.— Conserva y realza los atractivos de que Dios te dotó.
Segunda.— Procura atenuar y corregir las imperfecciones que tengas, pero con la discreción que no desfigures tu persona.
Tercera.— Muéstrate, anda y habla con gracia, sin afectación ni modales violentos.
Cuarta.— Aprende a vestir con elegancia y huye de las exageraciones. La exageración denota siempre mal gusto, aparte de revelar insignificancia personal.
Huye joven querida, huye con santo horror de la exageración, ya que todo lo echa a perder y denota siempre falta de educación. No hagas del agrado un arte afectado, porque con facilidad caerás en el ridículo… Mis jóvenes lectoras, ¡alerta con el imperio de la moda, no sean sus esclavas! Vistan bien, pensando que deben agradar, pero no tentar, inspirando al mal…La Iglesia, velando por el bien de las almas, ha trazado ya sus normas a la mujer cristiana; procura conocerlas y aplicarlas con buena intención. Tu conciencia nada te reprochará a la hora de la muerte.»
Monseñor Tihamer Thót: Pureza y Hermosura, páginas 182-185.
Fragmento seleccionado por:
María Nazaret Morenate, (Argentina)
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