Un silencio elocuente

Un hombre amado por Dios, San José; un hombre justo, es decir, santo; es decir, amado por Dios

San José con el Niño, por El Greco

Invitamos a leer este sermón en este día final del mes de marzo, tradicionalmente dedicado al santo Patriarca San José.

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Queridos fieles, es difícil detenerse en un solo aspecto de la multiforme santidad de San José. Podríamos intentar, por ejemplo, acercarnos al santo Patriarca a través de la mirada de los artistas de todos los tiempos.

Así, veríamos en primer lugar a ese San José en segundo plano que nos presentan la mayoría de los grandes artistas hasta el siglo XVII. En los cuadros medievales encontramos una escena como esta: la Santísima Virgen presenta al Niño Jesús a la adoración de los Reyes Magos o de los pastores, mientras que San José se mantiene un poco apartado, en la sombra, atreviéndose apenas a echar una mirada al misterio que se desarrolla ante sus ojos; o incluso, dormido o, al menos, como un invitado ajeno al misterio de la Natividad.

A partir del siglo XVII, sin embargo, vemos más a menudo a San José con el Niño Jesús en brazos; un San José que hace las veces de padre, sin por ello actuar del todo como un padre corriente. Es un San José que, al parecer, se ha unido por fin a la Sagrada Familia como miembro de pleno derecho, pero que mira al Niño Dios con una mirada contemplativa y de adoración. No vemos a un papá que juega con su hijo, sino a un fiel que reza o que se arrodilla para besar la mano del pequeño Niño Jesús.

Más tarde, encontramos esas imágenes de San José que nos resultan más familiares: el santo artesano que trabaja la madera, y el Niño Dios que se mantiene a su lado para ayudarle.

¿Nos sirve de algo este rápido repaso de la imagen de San José? Pues sí, ¡por supuesto! Esta evolución de la percepción de San José a través de la mirada del artista da testimonio del progreso en la comprensión de su misterio por parte de la Santa Iglesia; como la Epístola acaba de enseñarnos, José era, un hombre amado por Dios y por los hombres, a quien [Dios] sacó de Jacob; que halló gracia ante toda carne.

Hay tres elementos fundamentales en la hermosa figura de San José; tres aspectos de su misterio, que los artistas de las diferentes épocas han sabido poner de relieve.

En primer lugar, ¿por qué encontramos a San José en un segundo plano? ¿Por qué no ocupa el primer plano? ¿Por qué se nos muestra casi como un testigo ajeno a la sublime escena de la Natividad? Esta pregunta es fácil: San José no es el padre de Jesús. La Santísima Virgen, ella sí, es Madre de Jesús y, por tanto, Madre de Dios. San José, por su parte, fue elegido desde toda la eternidad por el Padre celestial para ocuparse aquí abajo de su Hijo, Dios hecho hombre. A veces se llama a San José Padre de Jesús, pero sabemos que en realidad no lo es. A María se la llama «Madre de Dios»; es justo, porque es verdad. Pero nunca se llama a su esposo, San José, «Padre de Dios»; es falso; es incluso herético. La Santísima Virgen pertenece a la familia divina, a esa familia compuesta por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Al convertirse en Madre de Jesús, se convirtió también en Madre de Dios. San José preside la Sagrada Familia, sin duda, pero no pertenece a la «familia de Dios», salvo por alianza. Por eso, con razón se mantiene un poco al margen, como si temiera, al acercarse demasiado a la Santísima Virgen y al Niño Jesús, quemarse los dedos con la aureola.

En segundo lugar, y como consecuencia de ello, San José mira, contempla y admira ante el misterio de la Encarnación del Verbo de Dios y ante el misterio de la Maternidad Divina de Nuestra Señora. El artista nos muestra aquí a San José que, en cierto modo, se atreve por fin a acercarse a María y a Jesús, a tomar a este último en sus brazos y a mirarlo atentamente, con ojos en los que arden a la vez la adoración y la ternura. Intenta comprender estos misterios que siempre se le escaparán, pero que sueña con poder profundizar mejor, en la bienaventuranza eterna. Eso es lo que también haremos un día, si Dios quiere: contemplar, contemplar sin cesar el misterio de nuestra redención, sin llegar nunca a comprenderlo del todo; tal y como San José contemplaba al Niño Dios en su cuna, y a la Virgen María junto al hogar.

En tercer lugar, ni la conciencia de su pequeñez frente a su Esposa y al Verbo hecho carne, ni su contemplación de los divinos misterios, extinguieron jamás en San José una ardiente sed de cumplir con su deber de estado. Ya fuera obedeciendo prontamente a las instrucciones que Dios le transmitía en sueños, como en la huida a Egipto. O durante la vida oculta en Nazaret, ejerciendo el papel de cabeza de familia de la Sagrada Familia y el oficio de carpintero. Esto es lo que nos muestran los artistas más recientes (del siglo XIX o del siglo XX), con un claro interés por poner de relieve la vida familiar y el trabajo: Dios me ha dado esta extraña fuerza: desear lo que no merecía: ser el guardián de la Virgen y el padre del Niño Dios.

¿Qué nos aporta todo esto? Nos ofrece un retrato muy completo del vir iustus; del hombre justo, es decir, santo. Del hombre humilde, que comprende su lugar ante Dios (pues, como dice Santa Teresa de Ávila, ser humilde es «caminar en la verdad»). Del hombre contemplativo, que reza y busca comprender la inmensidad, la bondad y la caridad de Dios. Del hombre activo, que cumple de manera ejemplar con su deber de estado.

Y la palabra que lo resume todo, si pudiéramos darla como lema de San José, es, paradójicamente, la palabra silencio. El silencio de aquel de quien ni una sola palabra aparece recogida en los Evangelios. El silencio que debe inspirarnos, servirnos de ejemplo, para que también nosotros intentemos convertirnos en «amados de Dios».

Practiquemos, pues, este silencio salvífico: ese silencio necesario para entrar en el alma y contemplarse a uno mismo, su pequeñez, su nada, ante la grandeza de Dios. El silencio absolutamente vital para la oración y la contemplación. El silencio para ser fieles en las pequeñas cosas, en el deber cotidiano de nuestro estado de vida, que, lejos de ser una carga para nosotros, puede convertirse en una oración continua; un regalo de amor al Buen Dios. Cada queja reprimida, cada crítica que muere en nuestros labios, es un pequeño sacrificio de agradable aroma que nos hace semejantes a este santo Patriarca, que nunca difamó a la Santísima Virgen, que nunca se quejó de su suerte, al tener que huir de su país; que nunca se negó a ejercer el papel de padre nutricio del Hijo de otra persona.

Recemos a San José, humilde, contemplativo, trabajador silencioso. Recemos a menudo a San José, hombre justo y amado por Dios. Recemos siempre a San José, a quien el Dios hecho carne no desdeñó tener por padre en esta tierra.

Fray José del Silencio, Círculo Sacerdotal Cura Santa Cruz

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