I. Jesús es condenado a muerte
La Pascua se anunciaba magnífica; y, sin embargo, la ciudad santa, la ciudad de la Paz, bullía de ira y de odio vengativo; sedienta de sangre, como en tiempos de los macabeos. Era un auténtico hormiguero que esperaba saciarse con los sufrimientos y la lenta agonía de los condenados a muerte. Yo no era de los que se complacen con las muecas de los agonizantes; y nunca me he deleitado con los gritos y alaridos de los flagelados. Pero se me había ocurrido acercarme al Pretorio aquella mañana.
II. Jesús es cargado con la cruz
Todos los demás barrios de la ciudad se encontraban en silenciosa espera del final del drama que se desarrollaba entonces ante Poncio Pilato. El asunto merecía ser conocido. En la plaza, mi mirada divisó rostros hoscos y brazos levantados que gesticulaban con aire amenazador. Y vi también el triste rostro de tres prisioneros. El último, más delgado, más magullado y más desamparado, tenía sin embargo un atisbo de majestad bajo el peso de su cruz. Su mirada, humilde y sin embargo noble, parecía dominar toda la escena.
III. Jesús cae por primera vez
La sombría procesión avanzaba lentamente, marcada por el ritmo de los latigazos de los verdugos y los gemidos arrancados a los condenados. Solo el tercero permanecía en silencio; no es que no sufriera los golpes de los brutos que lo rodeaban. Su rostro, de repente tenso, dejaba entrever a veces una expresión de dolor y acabó cayendo, aplastado bajo el peso de su cruz. Desde lejos, mezclado entre la multitud, no había logrado apartar la mirada de Él, experimentando una rara piedad hacia ese extraño condenado, ese enemigo del género humano.
IV. Jesús se encuentra con María, su Madre
Contra todo pronóstico, se levantó. Las feroces bestias que lo acompañaban le abrieron paso entre los rostros llenos de odio que le cubrían tanto de insultos como de escupitajos. Solo un rostro, de una blancura inmaculada, contemplaba aquella figura lastimosa con tranquila serenidad. Más tarde comprendí todo el alcance de aquellas palabras: María estaba allí. María estaba, en efecto, allí, en la hora de los sufrimientos de su Hijo, ofreciendo al Padre el sacrificio del fruto bendito de sus entrañas. Solo María podía añadir a la alegría de la Redención un abismo de compasión que solo un Corazón de Madre puede albergar.
V. Simón de Cirene ayuda a Jesús a llevar la cruz
Aún me hallaba sumido en la contemplación indiscreta de aquel rostro purísimo, cuando me vi asaltado yo también por una tormenta de latigazos y órdenes ásperas; comprendí entonces que los soldados querían obligarme a llevar Su cruz. Me invadió el terror ante aquellas figuras que parecían más bestias que hombres. Sin embargo, bajé la cabeza y obedecí. Así fue como me encontré con Aquel a quien antes llamaban el Rabí Jesús, pero a quien, en esta ocasión, trataban, en el colmo de la ironía, de Rey de los Judíos.
VI. Verónica enjuga el rostro de Jesús
Poco después tuvimos otro encuentro extraordinario: una mujer, desafiando a la multitud, se coló delante del cortejo, se quitó el velo de la cabeza y se acercó valientemente a nosotros. Movida por la compasión hacia nosotros, comenzó a secar nuestros rostros empapados. Pero solo tenía ojos para Él. Parecía no verme a mí, el hombre honrado requerido injustamente para prestarle un servicio a un malhechor. Y me sorprendía que Él le inspiraba más piedad que yo.
VII. Jesús cae por segunda vez
Nunca olvidaré, mientras viva, esa mirada de un hombre aprisionado entre la pesada madera de su cruz y el suelo despiadado que salpicaba su rostro de polvo, arena y guijarros. En la calma y el silencio de su humillación, habría podido jurar, sin embargo, que era Él quien me miraba con piedad. De hecho, su mirada, traspasando mi alma, veía con dolor la dureza de mi corazón, aún sordo a su gracia.
VIII. Jesús se encuentra con las mujeres de Jerusalén
Hasta entonces no había dejado escapar ni el más mínimo suspiro ni la más mínima queja. Pero de repente abrió sus labios divinos, no para hacernos partícipes de la injusticia soberana que se estaba cometiendo contra Él, sino para mostrar hasta qué punto su corazón estaba lleno de misericordia incluso hacia aquellos que lo condenaban a muerte: «Mujeres de Jerusalén», dijo, «llorad por vosotras mismas». Es decir, haced penitencia, como los ninivitas de antaño, pues de lo contrario, vuestro destino será digno de vuestra malicia.
IX. Jesús cae por tercera vez
¡Humillación tras humillación! La humillación total de aquel que ya no puede levantarse sin la ayuda de un brazo fuerte; yo le ayudaba a ponerse de pie de nuevo, sin sospechar, sin embargo, que era todo lo contrario: no era Él quien necesitaba mi ayuda, aunque yo estaba sano; sino que era yo quien estaba caído por tierra y Él, el único que podía levantarme.
X. Jesús es despojado de sus vestiduras
Al llegar a la cima de la colina, me vi apartado de su lado; pero Él me dirigió aún una última mirada de agradecimiento, que parecía decir: «No tires por la borda la gracia que se te ha concedido». Asistí impotente a esa cima suprema de desprecio y humillación que consistía en ser despojado de sus vestiduras. Llevaba una túnica sin costuras, pues solo una túnica sin mancha, sin la menor marca de mano de artesano, convenía a ese Cuerpo formado por el Espíritu Santo en el seno purísimo de la Virgen.
XI. Jesús es crucificado
Ya casi parecía muerto, con las manos y los pies perforados por clavos que hacían brotar su preciosa Sangre. Pero Él aún encontró fuerzas para dirigir unas palabras salvadoras. No pude captarlo todo, pero comprendí enseguida que la Mujer de aspecto regio que le había seguido hasta allí ocupaba un lugar de suma importancia en su Corazón. Y entonces quise acercarme a Ella, aunque sabía que era indigno; me hubiera gustado contemplar los últimos instantes de la existencia mortal de su Hijo postrado a sus pies, como haría un perro guardián.
XII. Jesús muere en la cruz
Cuando terminó de decir todo lo que tenía que decir, calló. Y se hizo un gran silencio: silencio entre todos los que miraban. Silencio de los que se burlaban, silencio de los judíos, silencio de los romanos. Silencio de la Madre y del discípulo; silencio de los transeúntes y silencio impresionado de sus compañeros de martirio. Y a continuación se escuchó el grito de toda la Creación, que ya no soportaba esa iniquidad suprema de ver a su Creador ejecutado. Las tinieblas llegaron, la tierra tembló y el velo del Templo se rasgó, porque el Adonai de Israel había abandonado a su pueblo elegido.
XIV. Jesús es bajado de la cruz
Su cuerpo exhausto fue bajado de la cruz y entregado a los brazos de su Madre. Ella, la que tantas veces lo había llevado en brazos cuando era un niño pequeño. Yo esperaba, temeroso de entrometerme entre los sirvientes de los dos Sanedritas que se habían apoderado de Su Cuerpo. ¿Cómo era posible que este desdichado, rechazado por el Sanedrín, condenado por los sacerdotes y por los romanos, disfrutara tras su muerte de los honores que le rendían los ilustres Nicodemo y José de Arimatea? ¿Quién era entonces este Jesús de Nazaret?
XIV. Jesús es sepultado
Seguí desde lejos el cortejo fúnebre que, a toda prisa pues se acercaba la Pascua, había depositado el cuerpo en un sepulcro nuevo. Allí estaba yo, de nuevo, contemplando, reflexionando, rezando tal vez. Aquella noche, Jesús, el Cristo, había sido sepultado. Pero no había descendido solo a la tierra. Simón de Cirene había muerto y había sido enterrado con Él. Yo era ahora Simón, el Portador de la Cruz.
Fray José del Silencio, Círculo Sacerdotal Cura Santa Cruz
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