Entre las procesiones que ya no se sabe a dónde van, hay algunas que terminan donde corresponde: en el cuartelillo. El pasado sábado, en Azuaga, la Semana Santa decidió innovar y, en lugar de incienso, ofreció mamporros; en lugar de penitencia, puñetazos, y en lugar de recogimiento, espectáculo de feria con final policial. Y no se crea el lector que se trata de una anécdota pintoresca de pueblo, una de esas historias que se comentan con media sonrisa y se olvidan al día siguiente; no, lo sucedido en Azuaga tiene la consistencia de un síntoma, la densidad de un diagnóstico y la gravedad de una advertencia que ya no admite más aplazamientos.

Porque lo que allí se vio no fue un exceso de fervor, sino su caricatura organizada. Una asociación de vecinos —esa nueva instancia eclesiológica que ha venido a sustituir a la cofradía, al cabildo y, si se tercia, al mismo obispo— decidió sacar en procesión una imagen de Cristo cargando con la cruz. Sin autoridad, sin adscripción, sin reconocimiento, sin bendición; pero con entusiasmo, que hoy parece suplirlo todo, como si la voluntad bastara para conferir legitimidad y la emoción pudiera sustituir al orden.
La escena, bien mirada, roza lo magistral en su capacidad de condensar nuestro tiempo: una imagen adquirida —probablemente con más garantía logística que sacramental, en algún país del lejano oriente de envío en 48 horas—, un grupo de fieles autoconstituidos, un liderazgo de tintes esotéricos y una estética que reproduce lo externo mientras ignora lo esencial. Todo está: las túnicas, los estandartes, las andas, los gestos. Falta únicamente aquello que lo justifica todo: la Iglesia.
Y, sin embargo, avanzan. Avanzan como si nada, como si el signo pudiera sobrevivir a la amputación de su significado, como si el símbolo pudiera seguir funcionando después de haber sido vaciado. Y cuando llegan a la parroquia, cuando intentan entrar por las bravas, se produce el choque inevitable entre la ficción y la realidad.
Allí estaba el sacristán.
Figura menor para el mundo, pero decisiva en el orden de las cosas. Hombre sin tribuna, sin micrófono y sin teoría, pero con algo infinitamente más peligroso: criterio, y, sobre todo, memoria. Memoria de lo que es una iglesia, de lo que significa una puerta, de lo que implica custodiar un espacio que no es neutro ni disponible. Porque la parroquia no es un escenario municipal, ni un centro cultural con horario ampliado, ni un decorado al servicio de iniciativas vecinales con vocación litúrgica de fin de semana.
Y dijo que no.
Ese «no» —tan humilde, tan seco, tan poco dialogante según los estándares actuales— fue suficiente para desencadenar la violencia. Porque cuando no hay verdad que ordene, lo que queda es la fuerza que se impone. Y cuando la religión deja de ser reconocida como algo objetivo, anterior y superior, se convierte en un terreno de disputa donde cada cual reclama su derecho a inventarla.
No es nuevo. Ya Pío IX, en Quanta cura, denunciaba la pretensión moderna de que cada individuo pueda erigirse en árbitro de la verdad religiosa, profesando aquello que le parezca según su propio juicio. Aquella doctrina, que en su momento se presentó como liberadora, ha desembocado en lo que hoy vemos: no libertad religiosa, sino dispersión religiosa con proliferación caótica de sucedáneos.
Y cuando esa proliferación invade el espacio público, el conflicto es inevitable. Porque, como recordaba León XIII en Immortale Dei, no hay sociedad bien constituida sin la religión verdadera, y cuando esta es sustituida por ficciones, la cohesión social se resquebraja.
España es, en este sentido, un laboratorio avanzado de esta mutación. Durante siglos, la Semana Santa fue expresión orgánica de una fe vivida, encarnada en formas, en tiempos, en jerarquías reconocidas. No era perfecta, pero tenía raíz. Hoy, en demasiados lugares, ha devenido espectáculo, turismo, identidad cultural desligada de su fuente, o —como en el caso de Azuaga— experimento autónomo que imita las formas mientras desconoce el fondo.
Se dirá que exageramos, que se trata de un caso aislado, que no conviene generalizar. Pero el problema de los síntomas es precisamente ese: que son aislados hasta que dejan de serlo. Y cuando dejan de serlo, ya es tarde.
El desenlace fue el previsible: golpes, heridos, denuncias y una imagen de Cristo estrellada contra el asfalto. Una caída más, sí, pero esta vez no redentora, sino reveladora. No causada por la maldad de unos enemigos externos, sino por la confusión interna de quienes creen poder manejar lo sagrado sin someterse a él.
Y, en medio de todo, el sacristán. Solo. Sosteniendo, sin saberlo quizá, una línea de defensa que muchos han abandonado. Porque hoy no faltan quienes, ante situaciones semejantes, optarían por abrir, por dialogar, por integrar, por «acompañar procesos». Él no. Él cerró.
Por eso conviene decirlo con toda claridad, aunque incomode: bien por el sacristán. Bien por ejercer una función que ya casi nadie quiere ejercer. Bien por recordar, con un gesto tan simple como cerrar una puerta, que no todo es negociable, que no todo es integrable, que no todo puede ser absorbido en nombre de una falsa paz.
Porque la paz que se compra al precio de la verdad no es paz, sino rendición.
Y aquí conviene ampliar el foco. Lo sucedido en Azuaga no es sólo un problema de orden público ni una disputa local entre vecinos exaltados y un empleado parroquial con carácter. Es la manifestación concreta de una enfermedad más profunda: la pérdida del sentido de lo sagrado y su sustitución por una religiosidad líquida, adaptable, sentimental y, en última instancia, conflictiva.
Se ha repetido hasta la saciedad que lo importante son los «valores», que las formas pueden cambiar, que lo esencial es la experiencia, la vivencia, la autenticidad subjetiva. Pero cuando se arranca la religión de su verdad objetiva, de su estructura, de su autoridad, lo que queda no es una fe más pura, sino una fe más débil, más manipulable y, paradójicamente, más agresiva.
Porque lo que no se somete a la verdad termina imponiéndose por la fuerza.
Así que no nos engañemos: no estamos ante un exceso de religiosidad popular, sino ante su degradación; no ante un conflicto entre creyentes, sino entre la religión y su caricatura; no ante un problema de convivencia, sino ante la consecuencia lógica de haber vaciado de contenido aquello que, durante siglos, daba forma a la convivencia misma.
Por eso, más allá de la anécdota, conviene extraer una conclusión que muchos considerarán incómoda, incluso provocadora: en determinadas circunstancias, cerrar es más caritativo que abrir y defender es más evangélico que ceder. ¡Si! No se escandalice estimado lector, esto ha sido siempre así; un católico no es un happy flower de guitarra en mano repartiendo amor. Cuando vean llegar la fe de catálogo, la devoción con envío rápido y la religión con política de devoluciones, no se dejen impresionar por la estética ni por el número.
Recuerden al sacristán y hagan lo mismo: cierren la puerta.
¡Con llave!
Roberto Gómez Bastida, Círculo Tradicionalista de Baeza
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