La Profesión de Fe, el Magisterio de la Iglesia y la HSSPX (II)

Entre la obediencia exigida y las reservas doctrinales: el diálogo con Ratzinger

El Arzobispo Marcel Lefebvre. Foto: Alamy, extraída de la revista The WM Review

La anterior parte del artículo puede leerse aquí.

***

  1. Segunda época de la contienda entre la Curia Romana y la HSSPX

Inicio de las interlocuciones con el Cardenal Ratzinger

Que sepamos, la última comunicación del Cardenal Seper con el Arzobispo Lefebvre fue la carta que le remitió el 19 de febrero de 1981, en donde sintetizaba en cuatro puntos los requisitos exigidos para la reconciliación con Roma. El segundo consistía en la «adhesión a las enseñanzas del segundo Concilio Vaticano “comprendidas a la luz de toda la Santa Tradición y del Magisterio constante de la Iglesia” [Alocución del Papa Juan Pablo II a los Cardenales en el Consistorio de 05/11/1979 (AAS 71 (1979), pp. 1447-1457)], y tenida en cuenta la calificación teológica que este Concilio ha querido dar a sus enseñanzas; reconocimiento del “religiosum voluntatis et intellectus obsequium” [Lumen gentium, n. 25] debido al Magisterio auténtico del Romano Pontífice, incluso cuando no habla ex cathedra, y a la enseñanza sobre la fe y las costumbres dada en nombre de Cristo por los Obispos en comunión con el Romano Pontífice; cesación de toda polémica que mirara a desacreditar ciertas enseñanzas del segundo Concilio Vaticano». Y el tercero disponía: «Aceptación sin restricciones no solamente de la validez de la Misa según el nuevo Ordo en su edición latina original, sino también de la legitimidad de la reforma litúrgica demandada por el segundo Concilio Vaticano –tanto en su principio como en sus aplicaciones conforme al Misal y a los otros libros litúrgicos promulgados por la Sede Apostólica–, y abandono de toda polémica tendente a lanzar la sospecha sobre la ortodoxia del Ordo Missae promulgado por el Papa Pablo VI».

A fines de ese año falleció el Cardenal Seper. Un mes antes, había sido reemplazado al frente del Dicasterio de la Fe por el Cardenal Joseph Ratzinger, quien sin duda ha desempeñado el papel más importante del lado vaticano en las relaciones con la HSSPX, no sólo en calidad de Prefecto hasta 2005, sino también en los años subsiguientes durante su Pontificado como Benedicto XVI hasta la renuncia en 2013.

En sus primeros contactos epistolares con Monseñor Lefebvre, el Cardenal alemán le envió el 23 de diciembre de 1982 una carta en la que recogía en esencia los dos extremos indicados en la última mencionada misiva de Seper, e insistía en su aceptación. El Arzobispo, por su parte, contestaba al Papa el 5 de abril de 1983 proponiendo, entre otras, como soluciones al problema del Novus Ordo y el Concilio: «la libertad de celebrar según el antiguo Rito conforme a la edición de los Libros Litúrgicos por el Papa Juan XXIII», así como «una reforma de las afirmaciones o expresiones del Concilio que son contrarias al Magisterio oficial de la Iglesia, especialmente en la Declaración sobre la Libertad Religiosa, en la Declaración sobre la Iglesia y el Mundo, en el Decreto sobre las Religiones no cristianas, etc.».

En su réplica del 20 de julio de 1983, Ratzinger, tocando primero la cuestión litúrgica, manifestaba: «Con el consentimiento del Santo Padre, puedo decirle una vez más que toda crítica de los libros litúrgicos no está a priori excluida, que incluso la expresión de deseo de una nueva revisión es posible, a la manera en que el movimiento litúrgico anterior al Concilio ha podido desear y preparar la reforma. Pero esto a condición de que la crítica no impida y no destruya la obediencia y que no ponga en discusión la legitimidad de la liturgia de la Iglesia». […] «No es admisible –concluía el Cardenal– que usted hable de “una misa equívoca, ambigua, cuya doctrina católica ha sido difuminada”, ni que declare su intención de “desviar a los sacerdotes y los fieles del uso de este nuevo Ordo Missae”. […] De hecho, por el momento, no alienta usted desgraciadamente sino la desobediencia».

Pasando seguidamente al tema del Concilio, Ratzinger creía que, tras los coloquios personales que mantuvieron previamente, Lefebvre no tenía ningún problema en «la aceptación del segundo Concilio Vaticano interpretado a la luz de la Tradición católica»; sin embargo, el Prefecto se fija en que «usted habla de “afirmaciones o expresiones del Concilio que son contrarias al Magisterio oficial de la Iglesia”. Al decir esto, usted quita todo alcance a su aceptación antecedente; y, al enumerar tres textos conciliares incompatibles según usted con el Magisterio, añadiendo ahí incluso un “etc.”, hace su posición aún más radical. Aquí, como a propósito de las cuestiones litúrgicas, es preciso notar que –en función de los diversos grados de autoridad de los textos conciliares– la crítica de varias de sus expresiones, hecha según las reglas generales de la adhesión al Magisterio, no está excluida. Usted puede incluso expresar el deseo de una declaración o de un desarrollo explicativo sobre tal o cual punto. Pero usted no puede afirmar la incompatibilidad de los textos conciliares –que son textos magisteriales– con el Magisterio y la Tradición. Le es posible decir que, personalmente, no ve esta compatibilidad, y por tanto pedir a la Sede Apostólica explicaciones. Pero si, por el contrario, usted afirma la imposibilidad de tales explicaciones, se opone profundamente a esa estructura fundamental de la fe católica […] que reclama al final de su carta».

Ratzinger, en fin, termina con esta aserción: «No se le exige a usted que renuncie a la totalidad de sus críticas del Concilio y de la reforma litúrgica. Pero, en virtud de su responsabilidad en la Iglesia, el Soberano Pontífice debe insistir en que usted realice esta obediencia concreta e indispensable cuyo contenido está formulado en mi carta del 23 de diciembre de 1982».

Lefebvre, en carta del 17 de abril de 1985, refiere al Cardenal no tener óbice alguno en suscribir la siguiente Declaración: «Hemos siempre aceptado y declaramos aceptar los textos del Concilio según el criterio de la Tradición, es decir, según el Magisterio tradicional de la Iglesia. No hemos jamás afirmado ni afirmamos que el Novus Ordo Missae, celebrado según el rito indicado en la publicación romana, sea de sí inválido o herético». Ahora bien, Lefebvre advertía previamente ser «indispensable no aislar la Declaración de las observaciones que le siguen, a fin de concretarla y así comprender nuestra actitud, que no tiene nada de disidencia o de rebelión, sino que es el hecho de un apego indefectible al Magisterio de la Iglesia, que nos parece puesto en jaque por ciertos documentos conciliares». Las dos primeras observaciones decían así: «1. Estimando que la Declaración sobre la Libertad Religiosa es contraria al Magisterio de la Iglesia, pedimos una revisión total de este texto. Estimamos igualmente indispensable revisiones notables de documentos como: La Iglesia en el mundo; Las Religiones no cristianas; El Ecumenismo, y clarificaciones en numerosos textos que se prestan a confusión. Asimismo, en varios puntos de primera importancia el nuevo Código de Derecho Canónico es inaceptable por su oposición al Magisterio definitivo de la Iglesia. 2. Estimando que la Reforma litúrgica ha sido influenciada por el ecumenismo con los protestantes, y por este hecho es un peligro gravísimo para la fe católica, pedimos que esa Reforma sea enteramente revisada y reponga explícitamente en honor los dogmas católicos, según el modelo de la Misa de siempre».

El Cardenal Ratzinger, en su réplica del 29 de mayo, y en relación a esta última Declaración, señala que «usted propone […] una versión extremadamente breve, que sería de sí aceptable, pero que desgraciadamente ya no lo es con la adjunción de las observaciones […], que según usted se desprenden de ella y la explicitan», y a continuación se limita a reiterar los pasajes de su carta del 20 de julio de 1983 concernientes a los documentos conciliares y al Novus Ordo, y que ya hemos transcrito más arriba.

Clarificaciones con el Cardenal Ratzinger

Resulta en principio extraña la obcecación del Cardenal Ratzinger en no querer reconocer, a lo largo de esta correspondencia, la incompatibilidad entre el Magisterio auténtico expresado en los documentos del Concilio y el Magisterio infalible preconciliar, puesto que él mismo, en un trabajo publicado coetáneamente en aquellos años, sí que la constató expresamente. Y, de hecho, ponía como ejemplo de esta contrariedad exactamente los mismos tres documentos que el Arzobispo Lefebvre destacaba como muestra en sus cartas al Cardenal: la Declaración Dignitatis humanae «sobre la libertad religiosa», la Constitución Gaudium et spes «sobre la Iglesia en el mundo actual», y la Declaración Nostra aetate «sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas».

Estamos aludiendo a su libro Theologische Prinzipienlehre. Bausteine zur Fundamentaltheologie (1982), al cual pertenecen las siguientes elocuentes líneas: «Si se desea emitir un diagnóstico global sobre este texto [= Gaudium et spes], podría decirse que significa (junto con los textos sobre la libertad religiosa y sobre las religiones mundiales) una revisión del Syllabus de Pío IX, una especie de Antisyllabus». (Tomamos la traducción de la versión castellana de la editorial Herder, Teoría de los Principios Teológicos. Materiales para una Teología Fundamental, 1985, p. 457). Y un poco después, ratifica: «Contentémonos aquí con la comprobación de que el documento [Gaudium et spes] juega el papel de un Antisyllabus y, en consecuencia, expresa el intento de una reconciliación oficial de la Iglesia con la nueva época establecida a partir del año 1789» (p. 458).

¿Cómo intenta salvar la contradicción Joseph Ratzinger? Reputando el Syllabus como un documento perteneciente al Magisterio meramente auténtico, esto es, al Magisterio no infalible o no irreformable. Así lo da a entender más adelante: «¿Es preciso derogar el Concilio [= Vaticano II] mismo? En modo alguno. […] aún no se ha iniciado la aceptación auténtica del Concilio. Lo que ha devastado a la Iglesia del último decenio no ha sido el Concilio, sino la negativa a aceptarlo. […] La tarea no es, pues, ignorar el Concilio sino descubrir el Concilio real y profundizar su auténtica voluntad […]. Y esto implica que no hay punto de retorno al Syllabus, que pudo constituir una primera toma de posición en el enfrentamiento con el liberalismo y el amenazante marxismo, pero que en modo alguno puede ser la palabra última y definitiva» (p. 469).

El problema es que todo el mundo consideró desde siempre al Syllabus como un ejemplo característico de Magisterio infalible de la Iglesia, y supondría un verdadero reto teológico pretender demostrar lo contrario a estas alturas.

Monseñor Lefebvre le tomó la palabra a Ratzinger, y decidió «pedir a la Sede Apostólica explicaciones» sobre la libertad religiosa, enviando a la Sagrada Congregación de la Fe, a principios de noviembre, un listado de 39 dubia sobre esta cuestión. El «encuentro interreligioso» celebrado en Asís el 27 de octubre de 1986, así como la respuesta a los dubia recibida a principios de marzo de 1987 –expuesta en un largo Informe adjunto, en el que se venía a reconocer que había «una novedad en la concepción de la competencia del Estado en materia de vida religiosa de los ciudadanos y una evolución doctrinal sobre el fundamento de la ausencia de coacción jurídica en materia religiosa», así como que «no es competencia del Estado como tal discernir la verdad en materia religiosa» (tomamos la traducción de la versión castellana del Informe puesta en línea por el Dr. D. Eduardo Vadillo bajo el título «Libertad religiosa. Respuesta a los Dubia presentados por S. E. Mons. Lefebvre», pp. 10 y 19)–, terminaron por despejar las vacilaciones del Arzobispo, decidiéndose finalmente por llevar a cabo consagraciones episcopales a fin de preservar la Fe y la Liturgia tridentinas inculcadas a los candidatos al sacerdocio que se formaban en sus Seminarios. Esta intención fue anunciada por vez primera durante la ceremonia de unas ordenaciones sacerdotales realizadas el 29 de junio en Écône,    

A su vez, en carta de 8 de julio, Lefebvre enviaba a Ratzinger un dosier adjunto con su apreciación en torno a la repuesta dada por el Dicasterio, a la que se anexaban «documentos que manifestarán que este juicio no es una opinión personal, sino la de personas autorizadas». También le remitía un ejemplar de su conocido libro, recién salido de la imprenta, Le destronaron. «Añado igualmente –precisaba más adelante– algunos otros escritos diversos sobre el mismo asunto para bien mostrar que nuestro rechazo de los principios liberales de la Declaración conciliar no están fundados sobre opiniones personales o sentimentales, sino sobre el Magisterio infalible de la Iglesia». Afirmaba seguidamente: «Me parece poder concluir que la doctrina liberal de la libertad religiosa y la doctrina tradicional se oponen radicalmente», y como prueba evocaba la violenta confrontación habida entre los Cardenales Ottaviani y Bea en la penúltima jornada de la Comisión Central Preparatoria del Concilio, el 19 de junio de 1962. Por último, remataba la epístola con estas palabras: «El Magisterio de hoy día no se basta a sí mismo, para decírsele católico, si no es la transmisión del depósito de la fe, es decir, de la Tradición. Un Magisterio nuevo, sin raíces en el pasado, y a mayor abundamiento contrario al Magisterio de siempre, no puede ser sino cismático, si no herético. Una voluntad permanente de aniquilamiento de la tradición es una voluntad suicida que autoriza, por el mismo hecho, a los verdaderos y fieles católicos a tomar todas las iniciativas necesarias para la supervivencia de la Iglesia y la salvación de las almas».

El Cardenal Ratzinger, pasando por alto los argumentos de autoridad del Arzobispo basados en el Magisterio infalible preconciliar, le recriminaba en su réplica del 28 de julio: «Al suministrar una interpretación personal de los textos del Magisterio, usted daría paradójicamente prueba de ese liberalismo que tan fuertemente combate, y obraría contra la meta que persigue. Es, en efecto, a Pedro a quien el Señor ha confiado el gobierno de su Iglesia; es, por tanto, el Papa quien es el principal artífice de su unidad, para asegurar las promesas de Cristo. Jamás podrá él poner en oposición dentro de la Iglesia el Magisterio auténtico de ésta y la sana Tradición».

En una entrevista aparecida en el número de 4 de febrero de 1988 del diario parisino Le Figaro, Monseñor Lefebvre fijó públicamente la fecha del 30 de junio para las futuras consagraciones.

El 5 de mayo firmó con el Cardenal Ratzinger un «Protocolo de Acuerdo», retractándose al día siguiente. Su primera sección, titulada «Declaración Doctrinal», comprendía cinco puntos, de los cuales nos interesa destacar el segundo, que decía así: «Declaramos aceptar la doctrina contenida en el número 25 de la Constitución dogmática Lumen Gentium del Concilio Vaticano II sobre el Magisterio eclesiástico y la adhesión que le es debida».

En este número 25 del documento conciliar se recordaba la clasificación tradicional bipartita del Magisterio eclesiástico, dividido en Magisterio auténtico infalible y Magisterio meramente auténtico. De los cuatro párrafos de que se compone el número, los tres últimos están dedicados al Magisterio infalible, mientras que el primero está consagrado al Magisterio simplemente auténtico, en cuya parte principal se lee: «Los Obispos, cuando enseñan en comunión con el Romano Pontífice, deben ser respetados por todos como testigos de la verdad divina y católica; los fieles, por su parte, en materia de fe y costumbres, deben aceptar el juicio de su Obispo, dado en nombre de Cristo, y deben adherirse a él con religioso respeto. Este obsequio religioso de la voluntad y del entendimiento de modo particular ha de ser prestado al Magisterio auténtico del Romano Pontífice aun cuando no hable ex cathedra; de tal manera que se reconozca con reverencia su Magisterio supremo y con sinceridad se preste adhesión al parecer expresado por él, según su manifiesta mente y voluntad, que se colige principalmente ya sea por la índole de los documentos, ya sea por la frecuente proposición de la misma doctrina, ya sea por la forma de decirlo». (Tomamos la traducción de la página digital oficial de El Vaticano).

(Continuará)

Félix Mª Martín Antoniano

Deje el primer comentario

Dejar una respuesta