El «cangrejeo»

con naturalidad. Y ahí está el verdadero drama. Porque lo más inquietante no es que exista, sino que ya no escandaliza.

Hay modas que nacen como anécdota, crecen como tolerancia y terminan imponiéndose como norma. Nadie las legisla, nadie las bendice y, sin embargo, ahí están, infiltradas en lo que fue rito, orden y sentido. Tal es el caso hoy del llamado cangrejeo, ese esperpéntico fenómeno por el cual ciertos individuos, con más celo por la retina que por el alma, deciden caminar de espaldas delante del paso, como si la procesión fuera una pasarela y el Cristo —o la Virgen— un objeto escénico que no puede perderse ni un segundo de plano.

No se trata de una simple extravagancia pintoresca. El asunto es más serio, más profundo y, sobre todo, más revelador de la enfermedad espiritual de nuestro tiempo. Porque cuando el hombre deja de arrodillarse vienen actitudes como esta, y empieza a colocarse delante. Y cuando deja de mirar a Dios, comienza a ponerse en medio, ¿le suena, estimado lector? Pues como la misa de la Iglesia de su parroquia, dejamos de tener a Dios en el centro, y nos ponemos nosotros.

El cangrejero no acompaña nada, invade un espacio que no le corresponde, porque no tiene espacio salvo en una discoteca. No sigue a la imagen , la intercepta para  pasar a ser consumista de la imagen, devorador del signo que le es ajeno, profanador de esa estación de penitencia, de ese dolor del camino al Calvario, pues una procesión no debería ser otra cosa.

Conviene recordar —aunque hoy parezca arqueología espiritual— qué es una procesión, porque estar ahí no implica conocimiento. No es un desfile. No es un espectáculo urbano ni una coreografía de madera y terciopelo, no. Es, en palabras de Mediator Dei, una manifestación externa del culto que la Iglesia tributa a Dios, donde «el pueblo cristiano participa en el sacrificio espiritual del Cuerpo Místico». Y ese sacrificio no se contempla como quien mira un escaparate, un bodevill, o se está en la sesión nocturna del Moulin Rouge;  se vive en orden, en jerarquía, en subordinación, en compunción, en silencio, en arrepentimiento…o sea: como un católico.

La procesión tiene una estructura que no es caprichosa, sino simbólica: la cruz abre, los fieles siguen, el clero ordena, el paso culmina. Todo habla de un orden objetivo, de una realidad que no depende del gusto del espectador. Es el reflejo visible de lo invisible. Es, si se quiere, una catequesis en movimiento.

Pero llega el cangrejero —ese moderno devoto de sí mismo— y rompe la cadena. Se coloca entre el misterio y el pueblo, entre el símbolo y su significado, entre Dios y los hombres. No lo hace con violencia, sino con algo peor: con naturalidad. Y ahí está el verdadero drama. Porque lo más inquietante no es que exista, sino que ya no escandaliza.

El cangrejeo es la liturgia del yo, en una nueva etapa de degeneración que no sabe a dónde van las procesiones. Es el triunfo de esa subjetividad que Pascendi Dominici Gregis denunció como raíz del modernismo: «la religión, tanto en su origen como en su desarrollo, debe ser explicada por una necesidad del corazón humano». Traducido al lenguaje de calle: lo importante es lo que yo siento, lo que yo veo, lo que yo grabo, yo, yo,…y si queda algo: yo.

Y así, el fiel deja de ser fiel para convertirse en usuario. Quizá podríamos afirmar que más bien se convierte en el esperpento de su propio yo, en la caricatura del hombre, desligado de Dios, de su Salvador. ¿Duras palabras? Pues encaje, estimado lector, el cangrejeo en la Pasión. Y si es capaz de encarjarlo, ruego abandone esta lectura.

No es casualidad que el cangrejero suela portar un móvil en alto, como un nuevo incensario electrónico que no sube a Dios, sino a la nube, a Instagram o a alguna de esas redes sociales de donde todo se banaliza. Ya no se reza ni se contempla: se graba junto a los selfies.

Decía Quanta Cura que uno de los grandes males de la modernidad es la exaltación de la libertad sin freno, esa que permite al hombre erigirse en medida de todas las cosas. Pues bien, el cangrejero es la versión cofrade de ese liberalismo: nadie le ha puesto ahí, pero él se pone; se ha dado asimismo un lugar.

Y lo hace, además, con la mejor de las conciencias, que es siempre la peor de las coartadas.

Se dirá que exagero, que no es para tanto, que son cosas de la emoción, del fervor popular, de las ganas de ver de cerca. ¡Por eso mismo!

Santo Tomás de Aquino —ese gran arquitecto del orden cristiano— enseña que el culto debe realizarse «según la debida ordenación de la Iglesia» (S.Th. II-II, q. 85, a. 3). No es una cuestión estética, sino moral, porque el desorden en el culto no es feo: es injusto, porque priva a Dios del honor debido y a los fieles del signo correcto. Y el mal moderno se contagia, y por ello más silencioso y tolerado.

Hoy es uno que graba; mañana son diez que se colocan; pasado es la masa la que invade. Y al final, lo que era excepción se convierte en costumbre, y lo que era abuso en derecho adquirido. Entonces llegan los reglamentos, las discusiones, los «hay que regularlo»… y ya tenemos está aberración en los Reglamentos. No olvidemos que las herejías no empezaron con grandes proclamaciones, sino con pequeñas desviaciones toleradas.

Y aquí llegamos al fondo del asunto: el cangrejeo no es más que un síntoma de la desacralización general de la Semana Santa. Cuando la procesión deja de ser oración, todo lo demás se vuelve posible. Si es espectáculo, ¿por qué no acercarse más? Si es cultura, ¿por qué no grabarlo mejor? Y si es tradición, ¿por qué no vivirla a mi manera?

Recordemos que el cristiano no se pone delante de Cristo: se pone detrás.

Quizá por eso la imagen más elocuente de la verdadera piedad es la del Cirineo avanzando bajo el peso de la cruz, que acepta cargar.

Sandra Conde

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