Hay frases que, por castizas, parecen llevar siglos resonando en la memoria de nuestro pueblo. Una de ellas —quizá la más amarga, quizá la más verdadera— es aquella que todos hemos pronunciado alguna vez: «Más se perdió en Cuba». No es un lamento vacío, sino la constatación de una herida que aún late: la separación de la última tierra americana que, hasta el final, sostuvo la unidad de las Españas frente a los proyectos disgregadores del liberalismo.
Y sin embargo, lo más doloroso no es la pérdida territorial, sino el empeño —todavía hoy visible— de borrar la raíz española de Cuba, como si pudiera arrancarse de un tajo lo que tres siglos de vida común forjaron en lengua, fe, costumbres y alma. Quien conoce la historia sabe que tal empresa es imposible. Cuba fue, es y seguirá siendo una extensión más de las Españas, sino es modestia aparte, España, aunque algunos pretendan vestirla con ropajes ajenos.
Pero hay un olvido aún más injusto: el de quienes afirman que en la Isla jamás hubo un solo hombre tradicionalista. ¡Qué error tan grande! Y qué necesario es recordar que uno de los más heroicos carlistas del siglo XIX nació precisamente en La Habana.
Un cubano al servicio de la Tradición
José Seidel y Aymerich, habanero de nacimiento y por lógica Español, es una de esas figuras que la historia oficial como a casi todos nosotros, ha proscrito. Pero su vida, vista con ojos limpios, es un ejemplo luminoso de fidelidad, honor y servicio.
En 1868, cuando estalló la insurrección separatista, Seidel no dudó: defendió la integridad de Cuba siempre española y detuvo a varios cabecillas rebeldes. Su lealtad no era fruto de oportunismo, sino de una comprensión clara de lo que estaba en juego: la continuidad de una civilización común, La cristiandad.
Tras su servicio en Cuba, marchó a la Península para unirse a la causa del rey Don Carlos VII, donde su valor y disciplina le valieron el ascenso a coronel y el sobrenombre de «el coronel santo». No era un título vacío: quienes lo conocieron destacaban su rectitud, su vida de piedad y su entrega absoluta al deber.
Terminada la guerra, el ejército «regular» —el régimen liberal— le ofreció mantener su posición de Coronel. Lo rechazó sin vacilar. No podía servir a un poder que consideraba ilegítimo. Prefirió volver a Cuba, donde se dedicó a la vida académica y al estudio, sin abandonar jamás su compromiso con la Comunión Tradicionalista.
Un corresponsal del Rey en Cuba
Desde La Habana, Seidel colaboró activamente con El Correo Español, el gran órgano del tradicionalismo en la época. Su labor fue tan destacada que el propio Don Carlos VII aceptó ser padrino de su hijo, gesto que revela la estima que el monarca tenía por aquel cubano firme y leal.
Cuando la muerte se acercaba, Seidel escribió una última carta al Rey legítimo. No pedía honores ni recompensas. Solo quería dejar constancia de lo esencial: moriría fiel al carlismo, como había vivido.
Pocos meses después, en vísperas de la trágica guerra del 95 —que sellaría la ruptura política entre Cuba y las Españas—, José Seidel y Aymerich entregó su alma a Dios.
Un legado que no se borra
No busco situar a Seidel en nuestra historia como un simple ejercicio de nostalgia, sino un acto de justicia, no fue una excepción a la regla; como él hay muchos personajes que demuestran que Cuba no fue jamás ajena a la Tradición, que en su suelo hubo hombres que defendieron la unidad política y católica de España con la misma firmeza que cualquier navarro, catalán o castellano.
Y también nos recuerda algo más profundo: que la identidad no se destruye por decreto, ni por guerras, ni por ideologías pasajeras. Lo español permanece en Cuba porque forma parte de su esencia, de su historia y de su alma.
Por eso, cuando repetimos «Más se perdió en Cuba», no lo hacemos para lamentarnos, sino para afirmar —con la serenidad de quienes conocen la verdad— que lo perdido puede recuperarse en la memoria, en la cultura y en la Cristiandad compartida.
Porque mientras en Las Españas tengamos gentes que recuerden a hombres como José Seidel y Aymerich, la unidad de las Españas se mantendrá.
José Alí Egües, Círculo Tradicionalista Pedro Menéndez de Avilés
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