Comentarios sobre el «entrismo» (y IV): desesperación política y absorción revolucionaria

EL ENTRISTA TERMINA POR OBSESIONARSE CON LOS BIENES POSIBLES Y NO LOS ORDENA A UN FIN REALMENTE RESTAURADOR DE LA SOCIEDAD TRADICIONAL, SINO QUE SE CONTENTA CON ESTOS BIENES EN EL ESTADO MODERNO Y SOLAMENTE A TRAVÉS DE ÉL

Hay quienes sostienen que no es oportuno atacar audazmente el mal en su poderío y cuando está en ascenso, no sea que, como dicen, la oposición exaspere a las mentes ya hostiles. Estos hacen que se adivine si están a favor o en contra de la Iglesia, ya que por una parte se presentan como profesantes de la fe católica y, sin embargo, desean que la Iglesia permita que se difundan impunemente ciertas opiniones que están en desacuerdo con su enseñanza. Se quejan de la pérdida de la fe y de la perversión de las costumbres, pero no se preocupan de poner remedio; es más, no pocas veces incluso aumentan la intensidad del mal con demasiada indulgencia o con disimulos perjudiciales (León XIII, Sapientiae Christianae, nº 33).

En los artículos anteriores hemos enmarcado al «entrismo» como un vicio político que cae en el pragmatismo y, al aceptar los principios de Maquiavelo para infiltrarse en el régimen revolucionario, cree erróneamente poder encauzar al Estado moderno (con sus principios ideológicos) hacia el bien común.

Sin embargo, podríamos hacernos la siguiente pregunta: ¿Cómo es posible que católicos de buenas intenciones —y algunas veces, incluso correligionarios— decidan infiltrarse en el sistema demoliberal, considerando esta práctica como un medio legítimo de política coherentemente católica?

Ante esto, es necesario aceptar que la modernidad ha viciado y corrompido la inclinación natural de las relaciones sociales a causa de los principios liberales (contractualismo, estatismo, soberanía popular, indiferentismo religioso, laicismo, etc.), que son cuasi-dogmas indiscutibles de las sociedades, por lo que todo aquello que no esté justificado bajo estos mismos principios es considerado «retrógrado» o «utópico».

El calificativo de retrógrado es utilizado generalmente por aquellos que creen en el mito del progreso necesario de la humanidad, es decir, quienes creen que las ideas liberales e iluministas son un avance indiscutible de la humanidad.

Por otra parte, utópico es utilizado por quienes ven que un fin —el cambio de régimen del Estado moderno a la sociedad tradicional, en este caso— es bueno, pero consideran que para las actuales circunstancias es imposible concretarlo. Por lo tanto, habría que olvidarse de aquel fin y, por conveniencia pragmática, concentrarse en los bienes posibles inmediatos sin cuestionar aquellos principios falsos.

Sin embargo, como se ha explicado, el modo natural y espontáneo para dirigirse al fin último de la sociedad —el bien común— y, de este modo, perfeccionar a sus miembros, no es algo utópico, sino una exigencia de la misma naturaleza humana. Por lo tanto, confundir el fin último con una utopía ideológica es un signo distintivo de que la mente está contaminada por las ideas de la modernidad.

Conocida es la frase «una cosa es la teoría, y algo muy distinta la práctica», sin embargo, la teoría se fundamenta en la realidad y guía la práctica para ordenar las acciones y los medios para conformarse con el fin exigido por la naturaleza. Pero en estos tiempos, la distancia entre teoría y práctica es tan grande, que el entrista ve aquel fin bueno como algo tan difícil que lo considera imposible e irreal, relegándolo o incluso combatiéndolo como un obstáculo para su política.

Por esto, el entrista proveniente de nuestras filas se explica por esta desesperación ante el sistema revolucionario que domina la sociedad y persuade a través de las promesas pluralistas y democráticas de «participación ciudadana».

Santo Tomás al identificar los defectos contrarios a la magnanimidad, afirma que:

«Implica defecto el apreciar excesivamente ciertos bienes o males exteriores hasta el punto de apartarnos por ellos de la justicia o de cualquier otra virtud. Del mismo modo entraña defecto toda ocultación de la verdad, porque parece provenir del temor. El que uno esté siempre quejándose también es defectuoso, porque parece que el ánimo sucumbe a los males exteriores. Y por eso el magnánimo evita estas cosas y otras semejantes por un motivo especial, a saber: porque son contrarias a la excelencia o grandeza» (S.Th., II-IIae, q. 129, a. 4).

De este modo, podemos adscribir al entrista una renuncia a la magnanimidad —y con ello al ánimo de practicar una política virtuosa— al apreciar desordenadamente los bienes posibles en cuanto posibles y al considerar el fin último como bien imposible; oculta la verdad, por «corrección política», silenciando sus críticas al sistema democrático, a sus supuestos ideológicos y a los lobbies predominantes que tienen poder en todos los partidos, y ocultando muchas veces hasta su propia fe católica en pos del principio liberal de separación de Iglesia y Estado; por último, al no obtener esos bienes posibles que él considera urgentes, se queja de aquellos católicos «puristas» que defienden la debida coherencia entre el obrar político y la moral, dejándose conquistar por el maquiavelismo político para alcanzar con mayor inmediatez y eficacia aquellos bienes posibles que desea.

Sin embargo, también debemos ser autocríticos, ya que en ocasiones, algunos correligionarios, movidos más por una ira imprudente que por caridad y racionalidad, explican de un modo imperfecto esta necesidad natural de la sociedad tradicional, exponiéndola como un ideal romántico, sin un plan real para su verdadera concretización.

El entrista generalmente es un hombre de acción o un intelectual que desea poner en práctica la obtención de bienes posibles que mejoren la sociedad, por esto, prefiere detenerse en la búsqueda de aquellos bienes y no tanto en un fin distante. El correligionario, en este caso, no debe caer en ideologizar el ideario carlista ni convertir a la monarquía tradicional en un ideal que llegará casi por arte de magia, sin un plan real que nos vaya acercando hacia dicho fin, sino que debe tener presente y explicar con paciencia que ese fin requiere de determinados medios y bienes posibles ordenados.

A pesar de todos estos cuidados, muchas veces el entrista termina por obsesionarse con los bienes posibles y no los ordena a un fin realmente restaurador de la sociedad tradicional, sino que se contenta con estos bienes en el Estado moderno y solamente a través de él. En este punto, ya ha rechazado el plan de restauración del orden tradicional y se ha alejado del servicio a la Comunión Tradicionalista. Ha buscado otros medios que él considera afines, pero esta supuesta afinidad se concreta en instituciones y alianzas cuyos programas se apartan esencialmente del fin específico del carlismo, acercándose más a construir «“el reino de la justicia y del amor”, con obreros venidos de todas partes, de todas las religiones o sin religión, con o sin creencia, con tal que olviden lo que les divide, sus convicciones filosóficas y religiosas, y que pongan en común lo que les une: un generoso idealismo y fuerzas morales tomadas “donde les sea posible”» (San Pio X, Notre Charge Apostolique, nº38).

A medida que avanza y se infiltra en estas instituciones revolucionarias, liberales o conservadoras, se responsabiliza de funciones, cargos o favores que luego se siente con la obligación moral de retribuir. De este modo, se connaturaliza con la organización revolucionaria de tal modo que el «entrismo» termina siendo sólo una excusa para justificar su absorción voluntaria en el sistema demoliberal.

Santo Tomás afirma que «unas veces [la voluntad] quiere un fin, pero no llega a querer lo que es para el fin» (S.Th., I-IIae, q. 8, a. 3). En este sentido, el entrista puede simpatizar con el carlismo, añorando la sociedad tradicional y apreciando algunos de sus principios, pero sin poner los medios para restaurarla, ya sea porque desprecia los medios propuestos por la Comunión Tradicionalista, o porque al fin último lo contempla tan difícil que lo termina considerando imposible, dejándose arrastrar por las falsas promesas de la infiltración partidocrática. El entrista obrará, en definitiva, como un verdadero conservador de la Revolución.

«Se pretende escoger la táctica moderada para mejor conseguir el “bien posible” y evitar “males mayores”, se invoca el “realismo” y el “posibilismo”, pero en el fondo se evita el riesgo y el sufrimiento, con frecuencia heroico, del esfuerzo sincero y real por el imperio práctico de la verdad política frente a la apostasía anticristiana revolucionaria» (Canals Vidal, Francisco. Balance de las tácticas moderadas en España).

Rubén Pérez GaticaCírculo Tradicionalista del Río de la Plata

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