(Discurso pronunciado el 22 de marzo de 2026, con ocasión de la conmemoración de los Mártires de la Tradición en el círculo Blas de Ostolaza)
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Estimados correligionarios, reverendo padre, y amigos del Círculo Blas de Ostolaza,
El día de hoy conmemoramos a los Mártires de la Tradición, entre los que se cuenta el deán Ostolaza, cuyo nombre este Círculo tiene el honor de llevar. Trujillano de nacimiento, luego llamado a ser capellán de don Carlos y finalmente fusilado por serle fiel. Aprovecho esta ocasión, a petición de nuestro capellán, para reflexionar junto a ustedes acerca de cómo un examen concienzudo de nuestra identidad como peruanos y católicos concluye en la misma fidelidad que tuvo el padre Ostolaza, que murió defendiendo Dios, Patria, Fueros y Rey.
¿QUÉ ES EL PERÚ?
Permitámonos primero retroceder en el tiempo mucho antes de que existiera el Perú, España o incluso la Iglesia Católica. Allá por el 399 antes de Cristo, afirmaba Sócrates delante del pueblo ateniense que la vida no examinada no merece ser vivida. Esta máxima fue la que guió siempre su actividad intelectual, oponiéndose a pensadores viciosos que amaban el prestigio más que la verdad, marcando así un antes y un después en la filosofía del mundo antiguo, sobre todo por influencia de sus discípulos por antonomasia: Platón y Aristóteles. Aristóteles, años más tarde, comenzará su Metafísica aseverando que el ser humano por naturaleza desea saber.
La vida no examinada carece de sustancia porque el ser humano por naturaleza desea saber. Así nos ha hecho el Señor.
Si aterrizamos este concepto a nuestra realidad, dejando de hablar de «la vida» para hablar de «nuestra vida», dejando la Antigua Grecia para hablar de nuestro querido Perú…démonos cuenta de que desde pequeños nos acostumbramos a comer comida peruana, cantar música peruana, aprender la historia peruana, conocer la geografía peruana, así como tantos otros aspectos de la cultura peruana, por lo que surge inevitablemente la pregunta: ¿qué significa ser peruano?
Si lo marino es lo que proviene del mar; lo andino, lo que proviene de los Andes; lo peruano es, evidentemente y en su sentido más elemental, lo que proviene del Perú. Y así como el cristiano (es decir, el hombre cristiano) lleva tal nombre por su relación con Cristo, el peruano tiene también un vínculo que lo une al Perú. Peruanos somos, elementalmente, aquellos que provenimos del Perú, pero en un sentido más profundo, lo somos quienes tenemos un vícunlo identitario con el Perú.
Pero entonces, surge otra pregunta más importante: ¿qué es el Perú?
¿Es solo un trozo de territorio que se extiende desde Tumbes hasta el lago Titicaca y desde Tacna hasta el río Putumayo? Si así fuese, ¡pobre de aquel que naciera fuera de estas fronteras! Pues nunca podría ser peruano.
¿Y si consideramos también parte del Perú a quienes habitan estas tierras? ¡Muy bien! Pero en nuestro presente lleno de divisiones y discordias sociales, ¿acaso el Perú puede cambiar de identidad si así lo decide actualmente una mayoría o un gobierno de turno? No pueden tener razón a la vez quienes militan por un Perú católico, fiel a sus tradiciones, y quienes militan por un Perú secularizado y liberal, que reniega de su pasado.
¿Y si añadimos que forman parte integrante del Perú no solo los peruanos de hoy, sino también los que en el pasado ayudaron a forjarlo acorde a la vocación con la que nació nuestro Perú? Dice Victor Andrés Belaunde con gran acierto que el Perú es una síntesis viviente, una síntesis mestiza que une dos elementos esenciales: lo hispano y lo indígena. El Perú nace del contacto de estos dos pueblos en estas tierras, nace de la evangelización y con vocación evangelizadora y civilizadora. Esto resulta evidente de un serio estudio de nuestro pasado virreinal. Ignorar este pasado, o peor aún, renegar de él, es ignorar o incluso traicionar la vocación cristófora del Perú.
Ya comenzamos a tener un esbozo de lo que es el Perú: una patria, es decir, la tierra no solo nuestra sino también de nuestros padres, incluyendo su cultura, sus tradiciones, y, sobre todo, su fe. Y ser peruano significaría no solo pertenecer a esta tierra por el nacimiento, sino también echar raíces en ella, unir nuestra identidad a ella, honrarla y amarla en sus gentes y su cultura a la luz de la fe salvífica que forjó nuestra patria. Y este patriotismo por nuestra patria terrenal nos encaminará a llegar a la Patria celestial.
Pareciera que la respuesta se agotara aquí. El Perú es nuestra patria terrenal; el Cielo nuestra patria celestial. Por ende, ¡Dios y el Perú! O mejor, ¡Dios y Patria! Punto final. Sin embargo, ¿qué hago aquí parado ante ustedes con una boina roja celebrando la fiesta de los Mártires de la Tradición? ¿Qué tiene que ver conmigo, peruano de familia cajamarquina y arequipeña, una fiesta instituida por Carlos VII, pretendiente carlista al trono español, más de 70 años después de consumada la llamada «independencia» del Perú?
EL PERÚ A LA LUZ DE «LAS ESPAÑAS»
Consideremos lo siguiente: el Perú no nació hace 200 años, sino que nace de la unión entre el elemento hispano y el elemento indígena en las tierras que habitamos, unión que comenzó hace ya más de 500 años. Gracias a los esfuerzos de hombres que, viniendo del otro lado del Atlántico, no solo hicieron de estas tierras su hogar, sino que también hicieron de los nativos su prójimo, esta unión dio sus primeros frutos espléndidos que brillan hasta nuestros días: universidades, catedrales, ciudades, santos.
Ahora bien, más allá de la fe y la santidad de vida, pensemos a nivel identitario, ¿qué une a santo Toribio de Mogrovejo, peninsular nacido en Castilla, con san Martín de Porres, limeño nacido en los reinos de Indias de padre castellano y madre panameña? ¿Qué une a santa Rosa de Lima, criolla limeña de sangre peninsular, con el siervo de Dios Nicolás Ayllón, de sangre netamente indígena?
La respuesta más obvia es que se trata de santos peruanos. Lo no tan obvio es que esta respuesta puede ser engañosa, pues la idea que estos santos tuvieron sobre el Perú es más grande que la de limitarse a a creer que el Perú como existe actualmente es su patria y punto final.
Me explico: el Perú no nace solamente como una unión del elemento hispano y el elemento indígena tras la Conquista, sino que nace unido a todos los demás reinos que componen España, bajo la fe en el mismo Dios y la fidelidad a la misma corona. Esta pluralidad de pueblos que históricamente han compuesto España dio origen a una denominación en plural: «las Españas», nombre que reconoce la pertenencia de estos pueblos a una identidad mayor que todos conforman de manera descentralizada. El rey no es un dictador, sino más bien como un director de orquesta, que permite que cada músico toque su instrumento; no busca tocarlo por ellos, sino que los dirige para que todos toquen en armonía. Esto es la subsidiaridad. La figura normativa que históricamente protegía las leyes y privilegios de cada parte de las Españas recibió el nombre de «fueros»: los fueros de Navarra, los fueros de Indias…eran sumamente populares porque reconocían y respetaban las necesidades particulares y la manera de vivir de cada pueblo, y cuando no se respetaban era siempre motivo de rebelión.
Así, para nuestros antepasados, Castilla es tan España como Aragón, y es tan España como Granada, Nueva España, o el Perú. Tal es la importancia de esta manera de entender la identidad española que el papa Alejandro VI, cuando otorga el título de «Reyes Católicos» a Isabel y Fernando allá por 1496, los declara «Reyes Católicos de las Españas».
Si se le hubiera preguntado a santa Rosa de Lima o a Nicolás Ayllón si eran peruanos, claro que hubiera respondido que sí, pero no se habría limitado a ello. Para ellos, así como para todos los santos y pecadores que vivieron en su época, ser peruano era parte de ser español por gracia de Dios. Si se le hubiera preguntado lo mismo a santo Toribio de Mogrovejo cuando recién tenía poco tiempo en América, quizás incluso hubiera preguntado qué interés tiene determinar si es peruano, si tanto él como sus indios son súbditos del mismo rey y comparten la misma fe. Y ser «peruano» o no, no cambiaría en nada su amor y su celo apostólico que lo llevó a ir en burro bautizando miles y miles de indios, predicando en quechua y aymara, lenguas tan españolas como el castellano, mandando a que sus sacerdotes hagan lo mismo.
Con el paso de los siglos, el Perú y los peruanos van desarrollando una identidad regional, como es natural. Se va delimitando su territorio, se va perfilando su lenguaje local, se van instaurando costumbres, se van integrando los elementos indígenas específicos en el sustrato hispano que llegó con la Conquista. Y así sucede en todas las regiones del Nuevo Mundo. Para el siglo XVIII y XIX, es evidente que no es lo mismo ser peruano que ser rioplatense o novohispano. Sin embargo, todos comparten una identidad común de españoles americanos y forman parte integrante de las Españas.
Lamentablemente, la unidad política de las Españas fue atacada sistemáticamente durante todo el siglo XIX, de manera más notoria durante las primeras décadas, en que se consumó la independencia tanto de nuestro país como de nuestros vecinos en contra de la monarquía española. Como toda revolución, no fue un proceso popular, sino uno movido por intereses de grupos pequeños al servicio de grupos ocultos, como la masonería, al punto que en el Perú, la «independencia» no fue querida, sino impuesta o concedida. No se trató de una transición orgánica, ni una guerra legítima de «patriotas independentistas» contra una monarquía opresora, sino una guerra civil entre españoles patriotas y españoles secesionistas que querían dejar de serlo, cuya revolución fue arduamente condenada por la Iglesia y cuyas independencias no fueron reconocidas formalmente por Ella sino hasta décadas después como tristes hechos ya consumados.
En el Perú, indios, negros y mestizos formaron el gran grueso del Ejército Real contra los revolucionarios secesionistas, que en su mayoría no provenían del Perú. El 28 de julio de 1821, el rioplatense José de San Martín proclama en Lima la independencia del Perú. En nuestras calles se celebra esta fecha como si el Perú se hubiese vuelto independiente ipso facto. La realidad es que no, pues gran cantidad de peruanos (como el comandante Leandro Castilla, hermano del futuro presidente) batallaron mucho por seguir siendo españoles, por mantener sus fueros y protegerse contra la amenaza de lo que significaría caer en manos de un gobierno que no respeta al rey ni a la Iglesia. Por ello, no es sino hasta más de 3 años después que fue vencido el Ejército Real del Perú, un 9 de diciembre de 1824.
¿Quiere decir que el virreinato del Perú se volvió ipso facto la República del Perú como la conocemos hoy en día? En realidad, no. Los peruanos que por más de 300 años se consideraron españoles no dejaron de serlo de un momento para otro solo porque en la Pampa de la Quinua haya firmado su derrota el Ejército Real. Siguieron luchando. En el Callao, resistieron el asedio en la fortaleza del Real Felipe hasta 1826. En la serranía de lo que hoy en día es Ayacucho y Huancavelica, campesinos indígenas y mestizos resistieron bajo el mando del dirigente indígena Antonio Huachaca hasta 1836. En San José de Iquicha, donde nació Huachaca, la fidelidad al rey permaneció en el sentimiento popular hasta casi el siglo XX.
La realidad es que incluso décadas después de la secesión, para muchos el Perú seguía siendo lo que siempre fue: parte de las Españas, quizás ya no políticamente pero sí moral y espiritualmente. El modo de vida que tuvo el Perú bajo el imperio español dejó una marca indeleble en la identidad de los peruanos. España no solo trajo la fe, sino sus costumbres, sus leyes, sus instituciones políticas, todo bajo la protección de un rey, que aunque humano e imperfecto, sabía que debía ser un buen rey, y no solo porque eso le dictaba su fe, sino también porque para ello se había formado, y era consciente de que su hijo heredaría su reino en el estado que él lo deje. Esto generaba una relación entre el monarca y su pueblo más análoga a la de un padre con su familia que la de un mero burócrata con sus subordinados.
EL CARLISMO COMO FACTOR DE CONTINUIDAD IDENTITARIA CON NUESTROS ANCESTROS
De ahí la naturalidad con la que surgió el caudillismo en las primeras décadas de independencia: se puede derrocar a un monarca de un trono, pero cuesta mucho más derrocarlo del corazón de quienes fueron sus súbditos. Estos fueron nuestros padres, quienes lucharon cuando su tierra, sus leyes, sus costumbres, e incluso su fe se vieron amenazados. Estos fueron los que lucharon por el rey de las Españas, garante y protector de la vida y las tradiciones que conocieron y heredaron de sus padres, gritando «¡Viva Dios! ¡Viva el rey!». Estos son nuestros Leandro Castilla, nuestros Antonio Huachaca, nuestros patriotas proscritos, tan olvidados por nuestra historia pero a la vez tan necesarios para entender que el Perú no es más que nuestra patria menor, que pertenece a nuestra patria mayor, que es las Españas.
Si el Perú sufriera una guerra civil fratricida de interés masónico y anticatólico, condenada por la Iglesia, que resultara en su desmembramiento político, y Lima se proclamara ilegítimamente como algo diferente del Perú, eso no nos convertiría en meramente «limeños» para dejar de ser «peruanos». El amor por el Perú no debería disminuir en lo absoluto, e incluso si el Perú se viese desfigurado, no debería darnos vergüenza llamarnos «peruanos». En este sentido, hay que entender que el Perú, incluso independiente, forma parte de las Españas, por más que esta pertenencia no signifique hoy en día una unidad política. No se trata de creer que el gobierno decadente de la península debería venir a anexar nuestro país, sino entender que lo que une a las Españas es una misma fe y un acerbo cultural y moral común. Si bien el Perú ya ha consolidado una identidad propia y, como tal, se lo puede llamar realmente nuestra patria, no por ello hay que dejar de reconocer que pertenecemos a una patria mayor.
Así pues, hasta acá podemos aclamar con seguridad ¡Dios, Patria y Fueros!
DIOS: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
PATRIA: La menor, el Perú; la mayor, las Españas.
FUEROS: Es decir, reconocer las costumbres y los intereses legítimos, diversos y propios de cada rincón de nuestra patria, y protegerlos como históricamente se ha hecho. Es la subsidiaridad a la española, en oposición a la centralización sofocante que vivimos hoy en día.
Ahora bien, no olvidemos un detalle: nuestros padres que lucharon con patriotismo se mantuvieron fieles al REY, ¿y acaso nosotros no? Puede sonar extraño mantener una fidelidad de corazón cuando todo a nuestro alrededor ya ha cambiado tanto en 200 años, pero en el mundo revolucionario en que vivimos, creo que esta resistencia es imperativa y necesaria. Vivimos en tiempos en que la Iglesia está en autodemolición, y no por eso dejaremos de practicar y defender la fe de siempre que heredamos de nuestros padres y abuelos, incluso si todo nuestro entorno e incluso nuestras autoridades parecen darle la espalda.
Así como varios dieron sudor y lágrimas por preservar la Misa de siempre para que la sigamos teniendo hoy, muchos dieron la vida en estas tierras al grito de «¡Viva el rey!», y con ello llegaron a la Patria eterna, y por ellos también estamos aquí reunidos hoy, ¡pues ellos son nuestros Mártires de la Tradición! Ellos dieron testimonio heróico de patriotismo, y aunque sus nombres se hayan perdido para el mundo, para Dios nunca se es héroe anónimo.
El esfuerzo de estos héroes no puede ser en vano. No podemos perder la esperanza. No podemos ni debemos dejar ir lo que nunca se debió ir: «¡Por Dios, por la Patria y el Rey lucharon nuestros padres! ¡Por Dios, por la Patria y el Rey lucharemos nosotros también!». La manera en la que históricamente se ha organizado el Perú a nivel político, es decir su constitución histórica, es monárquica. Sabemos por filosofía y teología que la monarquía es la mejor forma de gobierno. Por donde se lo vea, el Perú tiene una vocación monárquica, y nosotros como peruanos debemos aspirar y trabajar por el reestablecimiento del trono.
En esta aspiración, el carlismo nos sirve de faro, pues no es otra cosa que el pensamiento político tradicional hispánico. Si en vez de luchar defendiendo la corona de Fernando VII en América a lo largo de la década de 1820, hubiésemos permanecido parte de España tan solo unos años más, habríamos luchado junto a la mayoría del pueblo español jurando lealtad a su rey legítimo, Carlos V, y quizás sería más evidente este vínculo entre el carlismo y nosotros como hispanoamericanos que queremos permanecer fieles a nuestra identidad y nuestra fe tradicional, pues no podemos evitar actuar en comunidad, no podemos ignorar la cuestión política, que tiene una respuesta también tradicional y propia para nuestra identidad hispánica.
Ayer nuestros padres lucharon por Fernando VII, mientras que hoy la lealtad a Enrique V nos permite congregarnos en torno al rey legítimo de España, que a nosotros como hispanoamericanos nos permite tener un referente claro para entender a qué tipo de monarquía aspira nuestra causa en las Españas americanas: monarquía católica hispánica tradicional, o en otras palabras, como ya dijimos antes, ¡Dios, Patria, Fueros y Rey!
F. Ayque Goicochea, Círculo Tradicionalista Blas de Ostolaza
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