Conciliación familiar y justicia social

Aprovechando subliminalmente el lema de los campos de concentración nazis, la propaganda moderna ha convencido a las mujeres, y a la sociedad en general, de que «el trabajo nos hará libres», transformando orwellianamente la sentencia biblíca que nos dice que, como pena derivada del pecado original, deberemos ganar el pan con el sudor de nuestra frente (Gn. 3:19)

En 1936, el entonces todavía carlista José María Araúz de Robles advertía cómo los obreros pasaban la semana entera sin poder ver a sus hijos, haciendo una descripción de circunstancias de «la vida del proletario» que bien podrían ser las de hoy: «obligado a madrugar para llegar al trabajo en hora oportuna, debe abandonar el hogar antes de que sus hijos se levanten; no puede ir a su casa al mediodía por la distancia o el coste del transporte; a la salida del taller, tiene que volver a andar un largo camino, y cuando llega a su domicilio sus hijos duermen ya, y el obrero, agotado por el cansancio, sólo tiene ánimo para devorar su cena, no siempre suficiente, y acostarse para dormir, menos horas de las que necesitaría, para volver a reanudar al día siguiente la misma existencia» (Corporativismo gremial). Siguiendo la Doctrina Social de la Iglesia, Araúz de Robles habla del salario justo, la necesidad del descanso dominical y de una limitación efectiva de la jornada laboral. Denunciaba, ya entonces, que muchas industrias tenían un horario rígido y fijo que obligaba por igual a hombres y mujeres, cuando es evidente que no tienen la misma resistencia física. Más allá de este aspecto, hoy son aún más palmarios los estragos de la incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral en unas condiciones de explotación iguales a las del hombre, lo cual celebran con regocijo las mentes que han sido hechas papilla mediante la manipulación de masas. Aprovechando subliminalmente el lema de los campos de concentración nazis, la propaganda moderna ha convencido a las mujeres, y a la sociedad en general, de que «el trabajo nos hará libres», transformando orwellianamente la sentencia biblíca que nos dice que, como pena derivada del pecado original, deberemos ganar el pan con el sudor de nuestra frente (Gn. 3:19). De este modo, se ha llegado a considerar una ofensa contra la emancipación femenina cuestionar esta generalización –forzosa– del trabajo femenino, perfectamente planificada por los grandes empresarios para tener el doble de mano de obra a la mitad de coste. Como decía Chesterton, «el feminismo está mezclado con la idea absurda de que la mujer es libre si sirve a su jefe y esclava si ayuda a su marido». La estrategia fue análoga a la que Edward Bernays, padre de la propaganda moderna y sobrino de Sigmund Freud, utilizó para aficionar masivamente a las mujeres a fumar cigarrillos. Lo que hizo Bernays, a sueldo de las tabacaleras estadounidenses, fue asociar los cigarrillos en manos femeninas con antorchas de la libertad, semejantes a la de la famosa estatua neoyorquina. Esa asunción de una costumbre mayoritariamente masculina emancipaba a la mujer a la vez que daba cuantiosos beneficios económicos; todos salían ganando. Esto mismo, en el terreno laboral, significa que las empresas pueden contratar a dos trabajadores por el precio de uno, pues nadie debe aspirar a mantener una familia con un único sueldo ni la mujer puede estar esclavizada en el hogar. La siguiente fase –y ya nos van preparando para ello– es que una vez destruida la familia y atomizada por completo la socidad, cada persona pague el alquiler de su habitación y viva hacina en un piso con desconocidos, lo que la prensa sistémica llama coliving.

En esta situación cada vez resulta más difícil formar una familia –otro objetivo seguramente deseado por los ingenieros sociales–, pero cuando se forman, «esta falta de vida familiar relaja los lazos familiares, enfría el amor entre los esposos y entre los padres y los hijos, todo ello con graves consecuencias para la vida social», decía también Araúz de Robles hace casi un siglo. El hogar se convierte en una especie de lugar de paso, casi un hostal en el que de vez en cuando se cruzan los familiares para descansar lo justo y para comer algún tipo de basura precocinada. El sueldo de la mujer acaba destinado casi por completo a gastos con los que suplir su propia ausencia del hogar, cosa que sucede a veces literalmente, pero que la mujer, completamente alienada por un sistema desquiciado, no puede reconocer a riesgo de reconocer la estafa de su liberación. Mientras el padre y la madre trabajan en largas jornadas deben pagar autobus escolar, empleadas del hogar, comedores y actividades extraescolares para que los hijos pequeños estén atendidos. De este modo, los niños están siempre cuidados por alguien, pero no por sus padres, lo cual difícilmente acaba saliendo gratis. El prestigioso y ahora famoso psiquiatra José Luis Marín ha llegado a decir que «el abandono en el siglo XXI se llama actividades extraescolares», a lo que añade que ningún sindicato a día de hoy aceptaría para un adulto el horario laboral de un niño en edad escolar. Reconoce que en muchos casos los padres se ven forzados a ello por las exigencias actuales, pero sin dejar de advertir que es algo que pasa factura psicológica a los niños, aunque a nadie le guste tener que escucharlo. El trauma en la infancia es muchas veces la causa de malestar psíquico y emocional de los adultos, pero este tipo de conductas y rutinas son aceptadas socialmente y pocas veces se identifican como tal. Sin embargo, los profesionales advierten de este tipo de trauma invisible y continuado que tiene repercusiones y distintas expresiones tendentes a la compensación de un afecto no colmado. Los niños necesitan ser mirados por sus padres; cuando esto no sucede, ese vacío se puede intentar llenar con llamadas de atención más dañinas, conductas adictivas, disruptivas o afán compulsivo de exponerse y buscar reconocimiento en redes sociales. Con graves daños para el desarrollo lingüístico e intelectual, como ya se expone a diario en la sección de prensa dedicada a la enseñanza, las pantallas se han convertido en la segunda o primera niñera de las nuevas generaciones. Así se van creando personas desarraigadas, cada vez con mayor sentimiento de soledad y dificultad para lidiar con la frustración, presa fácil de todo tipo de propaganda y productos hedonistas creados por el sistema.

Este malestar creciente en la sociedad ha llevado a empresas y políticos a hablar cada vez más de conciliación familiar. Parecería que hay una verdadera voluntad de revertir estos males, pero basta leer o escuchar un poco lo que esconde ese concepto para darse cuenta de que no es así. Bien es cierto que en los últimos años se han implementado algunas medidas concretas para ampliar permisos de paternidad, por ejemplo. Sin embargo, otras medidas y propuestas también recientes, van en una dirección muy diferente y abundan en los males que hemos mencionado ya. Se llama, por ejemplo, conciliación familiar a las últimas ayudas económicas propuestas por la presidenta de la Comunidad de Madrid para que las familias puedan contratar empleadas del hogar, aprovechando de paso la reciente regularización de cientos de miles de inmigrantes, puesto que muchas de estas trabajadoras ya son extranjeras. También se habla de conciliación familiar cuando se presiona a los centros educativos a abrir más horas al día, más días a la semana, más meses al año. Así los padres pueden llevar a los somnolientos niños una hora antes al colegio para llegar al trabajo y los niños pueden seguir disfrutando del colegio con las suaves brisas veraniegas. Todo ello, a costa de un trabajo extra en esos centros de enseñanza que siempre implica condiciones bastante precarias y forzadas, pero sobre todo, a costa del bienestar familiar y de los hijos abandonados. También se le llama conciliación familiar a que la madre pueda abandonar a su bebé casi recién nacido en la guardería de la empresa mientras ella trabaja once horas al día. Así todo queda en casa. Se convence a los padres y se les facilita dejar a sus bebés cada vez más pequeños en guarderías que prometen «estimularlos» de una manera mágica que ellos no saben, gracias a lo cual todos se convertirán en futuros genios. Por no mencionar el mito risible de la «socialización». Esto suele traducirse en exponerles tempranamente a esas pantallas que les provocarán un considerable retraso en el desarrollo del lenguaje, la atención y la inteligencia.

En definitiva, la conciliación familiar consiste en una serie de parches destinados a que los hijos puedan ser tempranamente abandonados de un modo socialmente aceptable, y de paso, educados por el Estado, en macrogranjas de niños dignas de los laboratorios de condicionamiento pavloviano de Un mundo feliz, de Huxley. Cabe recordar que la edad de escolarización obligatoria en España es a los seis años, pero la conciliación familiar y las condiciones asfixiantes de las familias lo que favorecen es una escolarización exageradamente temprana que creará seres totalmente desvinculados de los lazos familiares y que sirven para realizar ese ideal distópico de que «los hijos no pertenecen a los padres», como dijera en 2020 la exministra Celaá, sino que pertenecen al Estado. Enrique Gil y Robles, en su Tratado de derecho político, decía que pese a no ser coherente con la esencia del Estado liberal el erigirse en monopolizador de la educación –lo cual, de hecho, no sucede tanto en países anglosajones–, sin embargo «el Estado moderno suele invadir con frecuencia la esfera docente de padres y maestros por causa de un falso concepto de sociedad y de los fines, naturaleza y acción del poder civil, no menos que por el interés práctico de propagar las ideas que son la base, esencia y condición de vida de los poderes nuevos y proscribir todos los otros principios de donde pudieran surgir saludables restauraciones». La conciliación familiar se muestra hoy como un eufemismo o un término de neolengua orwelliana destinado a ahondar en la disolución del núcleo social fundamental, que es la familia. Pero se muestra, sobre todo, como una coartada para no paliar los males de un sistema capitalista, que como dijo también acertadamente Chesterton, es el que ha destruido la familia en el mundo moderno, mientras muchos pensaban que sería el comunismo. En definitiva, las leyes y las políticas que pueden llevar a la verdadera protección de la vida laboral y familiar no tienen que ver con la conciliación familiar, sino con la justicia social.

Enrique Cuñado, Círculo Enrique Gil y Robles de Salamanca

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