Con motivo de la efemérides del Dos de Mayo, el diario La Esperanza estampó en su primera plana de ese día de 1866 un par de editoriales que procedemos a transcribir. Los subrayados pertenecen al periódico católico-monárquico.
* * *
EL DOS DE MAYO
Hoy conmemora el pueblo español, y muy especialmente el pueblo de Madrid, uno de los hechos más grandes de su Historia; hoy paga un tributo de admiración y respeto a la memoria de los que, sobrado altivos para soportar el yugo de un invasor, siquiera se llamase el Gran Capitán del siglo, lanzaron el grito de guerra, enardecidos por las lágrimas de un tierno Infante, que marchaba, por orden del Emperador de los franceses, fuera de su patria.
«¡Que me llevan!», exclamó el regio vástago asomando su cabeza por la ventanilla del coche; y esas palabras, salidas involuntariamente del fondo de un corazón infantil, fueron la señal del combate gigantesco que entabló el pueblo español con ejércitos invencibles, capitaneados por jefes aguerridos, a quienes la fortuna no había abandonado hasta entonces ni un solo instante. Hombres, mujeres, niños y ancianos, sin considerar el peligro seguro a que se exponían, y por un movimiento espontáneo, arrojáronse sobre el carruaje que, escoltado por los soldados franceses, estaba pronto a partir, y con los dientes, únicas armas que poseían, rompieron los tirantes de los caballos. A los gritos de ¡Viva el Rey! ¡Viva España! ¡Mueran los franceses! comenzó entonces una lucha desigual y encarnizada, que más tarde había de tomar proporciones colosales, y despertar a los imperios y reinos de Europa, cuyos gobiernos arrastraban las pesadas cadenas de la más oprobiosa servidumbre.
Los manolos y manolas de Madrid, los habitantes del barrio de Maravillas lo mismo que los del barrio de Lavapiés y del centro, el pueblo bajo, en fin, ese pueblo educado por los frailes; ese pueblo tan amante de sus Reyes como de su Religión; ese pueblo al que se está corrompiendo; ese pueblo a cuyos ascendientes se escarnece presentándoles como esclavos y fanáticos, ese pueblo escupió en el rostro a los orgullosos soldados de Bonaparte, y enseñó a morir con dignidad a los magnates y diplomáticos de Europa que besaban humildemente la mano del plebeyo Bonaparte que les abofeteaba.
Las almas de las víctimas del Dos de Mayo han comparecido ya a la presencia de Dios; tal vez algunas expíen aún las faltas que cometieron, y nosotros, al acercarnos a las urnas que encierran sus cenizas, al evocarlas, no debemos hacerlo guiados por la pasión de partido. En el Campo de la Lealtad necesitamos abandonar los sentimientos de odio que inspiran los verdugos que ya murieron. El santo amor de la patria, el profundo reconocimiento que profesamos a las víctimas del Dos de Mayo, la admiración que hacia ellas sentimos no deben conducirnos al extremo opuesto, esto es, a renovar en nosotros el deseo de venganza. Las víctimas y los verdugos han abandonado ya la carne, y Dios ha pronunciado su inapelable fallo. Respetemos el silencio del sepulcro. Pero séanos lícito protestar contra el monopolio irritante que quieren ejercer los liberales; séanos lícito condenar la indigna explotación de que son objeto los héroes del Dos de Mayo, los héroes de la independencia española.
Todos los años vémonos precisados a hacer lo mismo, porque los liberales no varían de conducta, no se arrepienten, no experimentan remordimientos de ninguna clase, sino que, por el contrario, a medida que el tiempo transcurre, y que se aleja de nosotros el año 1808, se esfuerzan en consumar su obra, desnaturalizando los sucesos, y calumniando, políticamente hablando, a los que derramaron su generosa sangre en la épica campaña de la independencia nacional. Creen que repitiendo un año y otro año los mismos fúnebres discursos, conseguirán extraviar por completo la opinión, y no tienen presente que el buen juicio del país protesta contra sus aseveraciones, y que LA ESPERANZA se encarga de llevar a todos los extremos de la Península la verdad histórica.
El Dos de Mayo es, al propio tiempo que el mentís más solemne a las calumniosas imputaciones de los liberales, la vindicación más elocuente de los tiempos antiguos. El Dos de Mayo, principio de la guerra de la independencia, demuestra cuán inexacto es el juicio que los liberales emiten en libros, folletos y periódicos sobre la situación moral de la España antigua.
¿Quiénes eran, preguntamos a los liberales, los héroes del Dos de Mayo? Eran los descendientes de los bárbaros de la Edad Media; eran los descendientes del pueblo vil y fanático que vitoreaba a Carlos V y Felipe II; eran los descendientes de los que bajaban sumisos la cabeza a los acuerdos de la Inquisición; eran los hechizados de tiempo de Carlos II. De modo que para ensalzar a los hijos tenéis que deprimir y envilecer a los padres, sin comprender que de una generación de esclavos no puede nacer un pueblo libre, generoso, magnánimo. Los esclavos no pueden producir héroes, y héroes eran las víctimas del Dos de Mayo, y héroes fueron los que en Zaragoza, Vitoria y Bailén presentaron sus desnudos pechos al plomo fabricado por los revolucionarios franceses.
Tenéis que confesar, a riesgo de reñir abiertamente con la lógica y el sentido común, que la sangre que llevaban en las venas los que pelearon con los soldados de Bonaparte, no era sangre de esclavos, y por lo tanto os veis precisados a reconocer que en España no ha habido tiranía; que en España no ha habido absolutismo; que en España no ha habido fanatismo. Tenéis que convenir con nosotros en que los abusos del poder han sido transitorios y no permanentes, y que si el reinado de Carlos II y Carlos IV no fue feliz, el escándalo y la degradación no contaminó, como aseguráis, ni a la nación ni al trono. Cuanto más dignifiquéis a las víctimas del Dos de Mayo, tanto más resaltará la sinrazón y la injusticia con que procedéis al cubrir de oprobio a la Religión y a la Monarquía que produjo tales hijos.
Sí; los héroes del Dos de Mayo eran discípulos de los frailes, hijos del absolutismo, y por eso y sólo por eso tuvieron la suficiente abnegación para lanzarse sin previo acuerdo y sin jefes que les dirigieran a la lucha formidable contra los franceses, que entraron en España para derribar por la fuerza el grandioso edificio de nuestra constitución religioso-política, que en nada habían debilitado las predicaciones de los filósofos enciclopedistas del siglo XVIII. Los soldados de Bonaparte venían a destruir los conventos en nombre de los principios modernos; venían a fundar el derecho nuevo en sustitución del antiguo; venían a acabar con el fanatismo religioso, a vender los bienes de la Iglesia, a concluir con la Monarquía tradicional. Así sólo se explica que los liberales ilustrados abrazasen la causa del pretendiente José, porque veían en el triunfo de la causa francesa el triunfo de la causa revolucionaria.
Nosotros, sin embargo, no arrojamos a los liberales en el solemne día de hoy del Campo de la Lealtad. Nosotros les franqueamos la entrada; pero exigiéndoles antes que depongan ante la urna cineraria sus preocupaciones religiosas y políticas. Entren en buen hora, como españoles que son; pero entren contritos y humillados.
* * *
MÁS SOBRE EL DOS DE MAYO
No dejaremos de protestar, como lo hacemos más arriba y lo hemos hecho todos los años, contra las solemnes vociferaciones de los liberales, que atribuyen a la gente de sus ideas las maravillas que produjo el primer grito de independencia que se oyó en España contra la invasión napoleónica. Precisamente en aquella ocasión no había apenas en nuestro país quien pensara como el actual liberalismo; y si había alguno, estaba de parte de los invasores, y, temeroso de pasarlo mal si mostraba sus opiniones, prefería callar, ocultándose en el último rincón de su casa.
¿Cuáles fueron las voces que se oyeron entonces y movieron a todos los españoles a echarse a la calle, lanzándose como un solo hombre contra el común enemigo? De boca en boca han llegado hasta nosotros sin interrupción. Es un hecho indudable que los únicos vivas que hendían los aires eran los dirigidos a la Religión, al Rey y a la Patria, como únicos móviles de aquel glorioso movimiento.
Veamos ahora lo que han hecho y hacen por la Religión los liberales, que se suponen sucesores de los héroes de aquel día glorioso. No necesitamos referirlo nosotros: patente está en la Historia de nuestros días: léase sin pasión, y hasta el menos imparcial quedará convencido. En ella verá que el clero secular y regular, que tanto trabajaron en tan honrosa jornada, están causando lástima y compasión a todos, pues los individuos pertenecientes al primero han sido privados de sus bienes, y en cambio se les ha concedido una pensión mezquina, que cobran con dificultad y casi siempre en papel que sufre descuento, con la particularidad de que los más de los templos en que celebraba los divinos oficios, o se han venido al suelo, o amenazan ruina, anunciando todo lo que se pone ante sus ojos que vivimos entre gentiles más bien que entre cristianos.
Y si esto sucede a los miembros del clero secular, ¿qué diremos del regular, que tanto se distinguió en aquellos inolvidables acontecimientos? También nos lo cuenta la Historia. Ella nos revela claramente que los regulares que no han perecido en los motines ocurridos, o en las persecuciones contra ellos suscitadas, han sido víctimas de las pesadumbres y penas por que han pasado, y de la miseria en que han vivido; arrojados de sus casas, y lanzados en el mundo sin protección ni esperanza, hasta que, por fin, siendo objeto de general compasión, se les señaló una especie de limosna, que, o tarda en llegar a sus manos, o llega mermada, viendo con dolor que las casas en donde moraban y los templos en que adoraban al Dios de las misericordias, o han sido demolidas, o se han convertido en teatros o cuarteles. ¿Pudo caberles peor suerte triunfando los enemigos que los invadieron el Dos de Mayo? No.
Dígasenos ahora qué han hecho por los Reyes. La misma Historia publica igualmente en todas sus páginas, que lo único que les deben es la infinidad de amarguras que les han causado, ya faltándoles a las consideraciones y respetos que de justicia les son debidos, ya poniendo en disputa o minorando las facultades que por las antiguas leyes fundamentales del Estado debían ejercer, ya amenguando su esplendor y prestigio, ya enseñando que impunemente se les puede destituir o destronar: de modo que difícilmente habría sido más triste su condición si hubiesen vencido entonces los usurpadores.
Pasemos ahora a ver si la patria ha librado mejor. Para saberlo con certeza, recurramos asimismo a la Historia, y de fijo nos dirá que los que pretenden venir por línea recta de los vencedores del Dos de Mayo han sido verdaderos padrastros de la patria; pues son los que han menoscabado su prepotencia, los que la han hecho descender de la altura a que la elevaron el entusiasmo, el valor y las proezas de que dio tan insignes pruebas en aquel inolvidable día. ¿Pueden los liberales hablar sin sonrojarse de virtudes patrias? ¡Cuántos hechos pudiéramos citar de que muchos de ellos han mostrado en ocasiones dadas no tener ninguna, y que se hallaban dispuestos a venderla por cualquier precio! Si tales ocasiones se repitiesen diariamente, sucedería siempre lo mismo, sin que jamás saliese de su gremio ni un Codro ni un Curcio.
Deje el primer comentario