De la cáscara al monstruo y los pedazos de Emilio

Esta es la manera de entregar al hombre desvinculado a los gobernantes, para que se convierta en parte del todo, pieza de la voluntad general

Estaba estos días pensando acerca del sexo de los ángeles, como siempre. Esto es, me preguntaba ‒también como siempre‒ por qué narices el mundo ha llegado a una situación tan extraña. Y así empecé a reflexionar sobre pensamiento, política y educación, para acabar en lo de siempre, pero visto desde otra perspectiva.

Bueno, yendo a lo nuestro, desde mi querida Safarnaria les mando, a continuación, por dónde fue mi razonamiento y las conclusiones a las que llegué.

Hay quien dice, no sin razón, que con la filosofía moderna no se sale de la propia conciencia o yo… Pensándolo bien, me propuse alargar un poco el argumento y efectuar un paso más.

En primer lugar, el yo que nos presentan los modernos no es lo que creemos. En su lugar encontramos un falso yo, una cáscara vacía, pues lo que para el realista era esencia se transformó rápidamente, con los modernos e ilustrados, en un concepto polisémico hasta su extinción.

Así, me atrevería a decir que aquello de lo que no se puede salir no es tanto del yo como, ni más ni menos, de un terrible panteísmo. Un gran monstruo que se presenta en distintos autores y en diversos estratos teóricos. Uno de ellos, el más importante, es el político. No en vano, el máximo exponente del panteísmo, Spinoza, ya postulaba un sometimiento narcótico al Estado moderno, que la ingeniería conductual y social del XIX y el XX se encargarían de desarrollar.

La cuestión no es banal. Asumir una cosa u otra (encierro en yo o panteísmo) nos llevará a una conclusión muy diferente en cada caso.

Si partimos del encierro en el propio yo ‒que podríamos describir como una prisión‒  nos encontraremos en un estado de claustrofobia, donde perderemos de vista la realidad que nos rodea y, en definitiva, padeceremos lo que siente el reo de una pena de privación de libertad.

La otra opción, el panteísmo, no solo supone permanecer encerrado en una prisión. Es, además de la esclavitud, un desgarramiento de los límites de esa cáscara vacía que es el yo moderno. Representa, por tanto, el dolor de aquel a quien rompen: una auténtica violencia; eso sí, en medio de hipócritas y rimbombantes declaraciones pacifistas y liberales que nunca pueden faltar.

Veámoslo en Rousseau: ¿por qué este autor establece y postula un estado natural que él mismo reconoce que no tiene ningún fundamento real, sino que es una hipótesis metodológica?

Porque en su postura subyace este panteísmo (llámese monismo político, si se quiere); y por este motivo nos conduce, débiles pero convencidos, contra nuestra familia y cuerpos sociales próximos, hacia un «libre» sometimiento del hombre dentro de la totalidad, en la cual se inserta mediante la adoración mística de un rito de elección del gobernante.

Si no es de esta forma, no se puede entender su filosofía.

No se comprende por qué un individuo que se pretendía naturalmente bueno debe transformarse en miembro de una sociedad fría y metodológica. Ya que define una libertad natural inicial y, a continuación, una de tipo civil que no encajan en absoluto, pues la segunda exige la identificación del individuo con el cuerpo político.

Tampoco se puede saber por qué el método no es inocuo. Tras partir de un hombre natural bueno, pasa por la disolución de las realidades intermedias que lo mantenían sano, y llega a una metodología artificial cuyo origen ignoramos, pero cuyos frutos sí conocemos: un orden político rígido y normativo que determina la falsa libertad de los individuos.

Llegados a este punto, cabe preguntarse qué tiene que ver su pedagogía ‒tan aparentemente suave y respetuosa‒ con todo lo expuesto o, ¿cómo encaja en todo esto su tratado El Emilio?

Pues plenamente, porque es justo lo contrario de lo que parece. Lejos de ser un verso suelto o un canto a la naturaleza, su influyente pedagogía es una pieza necesaria de su doctrina para la finalidad que se propone. Veamos qué afirma en esta obra:

Las instituciones sociales buenas son las que mejor saben borrar la naturaleza del hombre, privarle de su existencia absoluta, dándole una relativa, y trasladar el yo, la personalidad, a la común unidad; de manera que cada particular ya no se crea un entero, sino parte de la unidad, y sea sensible únicamente en el todo.

Su propuesta educativa es la fórmula que el suizo articula para aislar al hombre recién nacido de la protección de sus iguales y de los cuerpos sociales tradicionales. El maestro, así, protegerá al niño de estas perniciosas influencias para que no alteren su cometido, transformar al hombre.

También en El contrato social Rousseau expone con toda claridad esta intención.

 El que se atreve a instituir un pueblo debe sentirse capaz de cambiar, por así decirlo, la naturaleza humana […] debe quitar al hombre sus propias fuerzas para darle otras que le sean ajenas, y de las cuales no pueda hacer uso sin el auxilio de los demás.

Esta es la manera de entregar al hombre desvinculado a los gobernantes, para que se convierta en parte del todo, pieza de la voluntad general.

Con todo lo que hemos repasado, no erraremos si concluimos que con esta antropología nos encontramos más ante un artificio de palabras que ante realidades palpables. Al fin y al cabo, la modernidad la funda el nominalismo y el lenguaje se convierte en la clave activa del conocimiento en lugar de serlo el objeto real, ya que las esencias, ya lo hemos dicho, han sido relegadas a la cámara secreta.

En este contexto de juego retórico, además, el mal es la salida de la unidad, la diferenciación individual. El hombre no es esencia sino potencia, y la disolución de los cuerpos sociales lo convierte en reo de estas palabras.

De este modo, la solución del contrato social se vuelve mágica, supersticiosa. Esta es la base del sistema político establecido, donde la democracia es el fundamento y no una forma de gobierno. La que se adora devotamente como método de obtención de la política «buena».

Vemos, pues, que, aunque se pretenda que no se hace metafísica, en realidad esta se asume, se da por hecha y además se invierte. Al mismo tiempo que se afirma que se abandona la terminología aristotélico-tomista, lo único que se hace es alterarla y/o ocultar que realmente se cambia:

Se dice que no hay sustancia (para negársela al hombre), pero se la desplaza al todo, como hizo Spinoza y asumen sus herederos.

Se dice que no hay bien ni mal, pero lo que se hace es resituarlos en aquello que el pensador de turno pretende hacernos creer, como hace Rousseau cuando excluye como tiranía todo aquello que no entra dentro de su método.

Se dicen muchas cosas, pocas veces como las que apuntamos en esta reflexión. Al fin y al cabo, las palabras pueden usarse en muchos sentidos y el papel lo aguanta todo.

Si no hay compromiso con la verdad, poco podemos hacer. Solo queda entregar la cáscara al monstruo para que se distraiga con ella, a ver si se le atraganta.

Nosotros seguimos andando de vuelta al mundo real.

Serafí de Torroella, Safarnaria ‒hablando de monstruos‒ , en un sofocante 23 de abril de 2026

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