«O Crux, ave, spes unica»

Casi todos los pueblos antiguos tienen un árbol sagrado. Este árbol sagrado es siempre reminiscencia del árbol de la vida del Paraíso, figura del árbol de la vida del Calvario, que es la Cruz. Sabido es que eran cuatro los árboles sagrados de los pueblos antiguos: el cedro, el ciprés, la oliva y la palmera.

El cedro, incorruptible, bien puede ser sombra de la Cruz, triunfadora de la corrupción y de la muerte.

El ciprés, que recoge la fronda formando como pirámide que apunta al cielo, bien puede simbolizar la Cruz, que recoge todas las aspiraciones humanas, los pensamientos y los amores, para orientarlos y llevarlos a la vida eterna.

La oliva bien puede figurar la Cruz, iris de paz entre Dios y los hombres y entre los hombres. Y la palmera también, porque en la Cruz están las palmas de todas las victorias.

¡Y se arranca la Cruz de la escuela, y en ella clavado se arroja de la escuela a Jesucristo…! El Supremo Maestro, la Suprema Cátedra y la suprema ciencia.

Aquí venció Jesucristo a los enemigos del hombre… Aquí venció la soberbia, la envidia, la avaricia, la lujuria, la ira, la ambición…, todo ese ejército de pasiones que sitian al hombre, a la familia y a los pueblos para impedir su felicidad y hundirlos en la ruina. En la Cruz vence el hombre en todas las batallas.

No es el gozo el fin propio de esta vida, sino la prueba, la tribulación, la lucha… Y se aleja del niño, so pretexto de que es sombría, la cátedra donde ha de aprender la asignatura que más le importa saber en la carrera de su vida: el arte de sufrir; y el refugio donde ha de guarecerse en las tormentas; y la enseña con que ha de vencer; y la barca a cuyo bordo ha de llegar salvo al puerto.

Con esta señal se vence… En la Cruz sorprende la mirada de San Jerónimo la figura de un hombre que nada y la figura de un ave que vuela, idea madre de infinitas ideas. Contentémonos con dos. En los brazos de la Cruz extiende el hombre sus brazos para nadar, defendiéndose, contra el ímpetu del torrente de las pasiones durante su vida; y en los brazos de la Cruz extiende el alma sus alas para volar al cielo.

Con este signo se vence. Con él vencimos en la cruzada de la Reconquista y en la cruzada de la civilización de los nuevos mundos descubiertos con la brújula de la Cruz. Con él venceremos cuantas veces nos unamos en la defensa de la Iglesia y de la Patria, extendidos los brazos del cuerpo sobre los brazos de la Cruz y sobre los brazos de la Cruz extendidas las alas del alma.

Luchando así se triunfa siempre, aunque parezca que el triunfo demora su amanecer.

Carroza triunfal es para Jesucristo su Cruz. Carroza triunfal son para la Iglesia sus persecuciones, su cruz.

Si en la Cruz nos unimos para luchar, con todas las abnegaciones y sacrificios que la lucha requiera, y en la Cruz se aprenden y se practican, la Cruz será para nosotros carroza triunfal donde entraremos en la tierra de promisión de la victoria temporal, el reinado de Jesucristo desde el trono de la Cruz, y en el cielo de promisión de la victoria eterna.

Oh, Cruz, salve, esperanza única… En desagravio de tanta ofensa como te inflige la estulticia al servicio de la perfidia, recíbenos en tus brazos para que en ellos nos inmolemos en holocausto por Dios y por la Patria.

Fabio.

EL SIGLO FUTURO, núm. 17.401, 3 de mayo de 1932.

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