Necrológica que «La Esperanza» consagró a José Arias Teijeiro en la primera página de su número de 11 de octubre de 1867
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Con profundo sentimiento acabamos de saber que el día 29 del mes anterior falleció en Galicia nuestro respetable y querido amigo, constante suscriptor de La Esperanza, el Sr. D. José Arias Teijeiro, persona apreciabilísima y que se distinguió siempre por sus grandes virtudes, bellísimo carácter, profunda ilustración, rectas convicciones y constancia en sostener el principio religioso-monárquico.
Perteneciente a una familia ilustre, nació a principios del siglo actual en Ramallosa, pueblo de la provincia de Pontevedra, y a pesar del pingüe patrimonio con que podía contar, su deseo de saber le trajo a la universidad de Alcalá de Henares, donde siguió las carreras de leyes, cánones y teología, habiendo obtenido en ellas el grado de doctor.
Sus dotes especiales como jurisconsulto le dieron pronto a conocer, y, aunque joven todavía, cuando terminó los estudios fue nombrado en Madrid por el último monarca Alcalde de Casa y Corte.
Sus opiniones realistas (que sólo citamos aquí por incidencia) le malquistaron en la Corte a la muerte de Fernando VII; y, viéndose perseguido, tuvo que fugarse disfrazado de zagal de una diligencia, en tiempo de la guerra civil, a las Provincias Vascongadas, donde D. Carlos le acogió benévolamente, nombrándole su primer ministro, cargo que desempeñó algún tiempo, y en el que se atrajo también la animadversión del partido de que más tarde fue jefe el general Maroto.
Terminada la lucha con el convenio de Vergara, emigró a Francia, y, retirado en [Beaune], donde estuvo bastantes años, se dedicó, puede decirse exclusivamente, a su estudio favorito de la historia natural, habiendo llegado a formar un gabinete de mineralogía y entomología, así como un herbario de toda clase de plantas.
Pasaba por lo general algunos meses del año en los Alpes y otras montañas, recogiendo cuanto encontraba notable en plantas, minerales o insectos, y en una ocasión anduvo catorce leguas a pie cargado con un tronco de madera fósil que pesaba media arroba. Tal era su afición al estudio de la naturaleza. Su alimento en estas expediciones era frugal, y dormía donde le cogía la noche, lo mismo en una choza miserable que en una gruta.
En [Beaune] escribió con una constancia tal vez sin ejemplo una interesante obra de historia natural, empleando más de dos años en este trabajo, que es muy sensible no haya dado a la prensa.
En Francia era estimado de cuantos le trataban, y vivía tranquilo; pero su amor a la patria que le vio nacer le resolvió a volver a España, y hace ya bastante tiempo permaneció en sus haciendas de Galicia, donde, después de una vida ejemplar, dedicada a ejercitar la caridad con sus semejantes, y todas las virtudes cristianas, entregó su alma al Criador, después de recibir con el fervor que es propio de los justos los santos sacramentos de la Iglesia.
¡Dios le conceda tanta gloria como le deseamos!
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