Hace unos meses se compartió en La Esperanza una noticia sobre un vídeo en el que don Miguel Ayuso ofrecía una breve y elocuente explicación de los otros legitimismos que han existido —y aún existen— además del carlista.
Y, si bien el Carlismo ha sido y sigue siendo el movimiento legitimista mejor articulado, más ortodoxo y más vigoroso en las difíciles circunstancias de nuestro tiempo, no puede sostenerse la premisa de que sólo los españoles de los antiguos territorios de nuestra vasta Monarquía tengan derecho a reivindicar para sus pueblos un orden social cristiano. No poseyendo nosotros tal exclusividad, la conclusión lógica es que otras naciones, que de hecho han tenido movimientos legitimistas, pueden y deben recuperar su régimen cristiano prerrevolucionario.
Sabiendo que los carlistas somos, parafraseando a don Luis Infante (q.s.g.h.), los españoles en plenitud, concluimos que el Carlismo ostenta la exclusividad del tradicionalismo político español y de las Españas mismas. Pero, precisamente por esa misma razón, podemos afirmar que las demás naciones que otrora fueron cristianas y sobre las que se impuso un régimen revolucionario no deberían conformarse con poner parches ni con «bautizar» una entidad política moderna, nacida en abierta rebelión contra la Iglesia de Cristo en sus estructuras sociales y políticas. Por tanto, así como sostenemos que el Carlismo es el legítimo tradicionalismo español, decimos lo mismo de Francia con el legitimismo, de Gran Bretaña con el jacobitismo y de Portugal con el miguelismo.
Y esto es así por la sencilla razón de que el árbol malo jamás podrá dar buen fruto (Mt. VII, 16-20), aunque se diga socialcatólico, realista, distributista o tradicionalista a secas… Aunque procure el bien común desde una cosmovisión católica perfectamente ortodoxa —pero siempre aislada del contexto histórico o la existencia, según la tesis de Canals Vidal—. Esto, lógicamente, no excluye que sea legítimo rescatar las grandes mentes y las buenas ideas que han surgido fuera del campo estrictamente legitimista «Omnia autem probate: quod bonum est tenete. Ab omni specie mala abstinete vos». (I Thess. V, 21-22).
Por lo tanto, considerando lo anterior, no nos queda más remedio que talar el árbol malo, arrancarlo de raíz y quemar su tronco y ramas hasta que no quede nada de él. ¿Y qué hacer con el árbol bueno que, contaminado por los hongos revolucionarios, ha sufrido ramas podridas? Ahí tenemos el caso del legitimismo francés, en buena medida tarado por el cartesianismo, el jansenismo, el galicanismo y el tradicionalismo filosófico, sí… pero era, a pesar de todo, el árbol bueno. En cambio, los realistas (les royalistes), como se denominan a los partidarios de la Casa usurpadora de los Orléans, que en sus conclusiones políticas eran hegelianos y ecumenistas, pretendían la restauración mediante el árbol malo, arrastrando errores filosóficos no menores que los del viejo legitimismo galo. Errores que, por cierto, fueron depurándose con el tiempo, especialmente con el Conde de Chambord y en su traslación a los Borbones españoles legítimos. Pues la legitimidad de los reyes de Francia descansa en la reserva al trono que mantiene la dinastía legítima desde Don Juan III.
También en España podríamos decir lo mismo de otros y fracasados intentos de constitución de un tradicionalismo político al margen de la legitimidad. Aunque estos fueran ortodoxos en sus fundamentos y principios, como el integrismo, al final, estos otros tradicionalismos tuvieron que elegir: o sucumbir en sus principios tradicionalistas o rendirse y retornar al árbol único y legítimo de la Tradición patria, como felizmente ocurrió en el caso anterior.
Sólo desde una recta y firme asimilación de la tradición católica —tierra en la que se arraiga el árbol bueno de la continuación de la Cristiandad— podremos los carlistas, los jacobitas, los legitimistas, los miguelistas y los demás movimientos contrarrevolucionarios articular la verdadera resistencia legítima al nuevo «orden» revolucionario.
«… no se edificará la ciudad de un modo distinto a como Dios la ha edificado;… no, la civilización no está por inventar, ni la nueva ciudad por construir en las nubes. Ha existido, existe: es la civilización cristiana, es la ciudad católica. No se trata más que de instaurarla y restaurarla, sin cesar, sobre sus fundamentos naturales y divinos, contra los ataques siempre nuevos de la utopía malsana de la revolución y de la impiedad: omnia instaurare in Christo».
San Pío X, carta sobre los errores de «Le Sillon» Notre charge apostolique.
Jaime Alonso, Círculo Tradicionalista Juan José Marcó del Pont (Vigo)
Deje el primer comentario