Testimonio de una familia asistente al I Encuentro del Pueblo Carlista

Los asistentes fueron espejo templado de las virtudes hispanas encarnadas en cada estado de vida

Como esposos y padres de familia, la primera sensación al «desembarcar» en el Monasterio de san Miguel de las Victorias, fue la de pertenencia a una comunidad. Lógicamente, no en términos comunitaristas, sino de fraternidad supeditada a una Causa común y superior: la restauración de todas las cosas en Cristo, a través del pensamiento tradicional hispánico y su configuración política.

Seguidamente, en la primera Santa Misa celebrada, el Padre Sellas habló de la importancia de tomar el encuentro como un «descanso». Del cuerpo, pero sobre todo, del alma. Y es que toda causa requiere la debida templanza en el pensamiento y la acción. Y eso, aparte de con la oración y los sacramentos, se consigue con la comunión de voluntades y la fraternidad cristiana de sus defensores, en la calidez del encuentro personal y la sana distensión y distanciamiento respecto de las obligaciones del siglo.

Yendo al meollo de la cuestión, me centraré en lo que allí vimos y sentimos como familia. En primer lugar, y como fundamento de todo lo demás, una piedad sincera, sencilla, sin aspavientos ni yugos absurdos. Como resultado de ello, una profunda fraternidad y caridad, encarnadas en el espíritu de servicio de todos a todos, especialmente por parte de aquellos que tenían asignadas tareas específicas, como la cocina, la limpieza o la organización de las diferentes actividades.

En segundo, lugar, lo que D. Alberto Ruiz de Galarreta denominó «estilo carlista». Que no es una mera «estética» fetichista, sino el producto de la subordinación de los medios al fin. Fin que no es otro que el Reinado de NSJ para Su mayor gloria a través de una monarquía tradicional aglutinadora de las Españas.

En tercer lugar, este Encuentro nos ha enseñado, también como medio subordinado a tan importante fin, a ser rectos varones y mujeres hispanos. Los asistentes fueron espejo templado de las virtudes hispanas encarnadas en cada estado de vida: el soltero, el casado, el consagrado; el estudiante, el niño, el joven. Todo en una hermosa armonía donde lo espontáneo no está reñido con el orden natural y sobrenatural querido con Dios; al contrario, donde dicha espontaneidad se somete a ese orden de manera gozosa por el servicio a una Causa común. Donde lo comunicable es lo que nos hace fuertes y singulares, frente al liberalismo, que paradójicamente se sirve de la diferencia, en realidad desunión e incomunicabilidad, para fabricar una masa amorfa a la que poder manipular.

En la particular condición de carlistas advenedizos de quienes suscriben estas líneas, el Encuentro nos ha enseñado, a entender que existe un «modo hispano» de vivir, de rezar, de educar a los hijos, de entender el tiempo de trabajo y de ocio; un espíritu de milicia, de jovial combatividad y de recia campechanía, que representan la concreción capilar de aquella esencia de lo que creemos y el fin por el que luchamos.

En cuarto lugar, nos hemos convencido de la importancia de ser intolerantes en los principios, y al mismo tiempo, prudentes y tolerantes en la práctica. No al modo en que el mundo enseña la tolerancia, esto es, como una vil claudicación en diferido a los ideales y los bienes mayores. Y es que, solo desde la humilde e inmerecida, pero decidida y convencida, posesión de la verdad doctrinal, estamos en condiciones de enseñar al que no sabe, o de atender al necesitado material y espiritualmente.

Además, el testimonio de ese «estilo carlista» al que me refería antes, es la más eficaz predicación de aquello que profesamos. Pero al mismo tiempo es un testimonio que no se improvisa ni se aparenta, más bien es el resultado de años de vivencia sólida y convencida de los principios de la catolicidad hispana, que forjan no sólo una fe sino también un carácter, un «modo» (recordando el sermón de la primera Santa Misa del Encuentro) de ser hispano, que nos distingue, nos realza y nos hace sentir orgulloso como pueblo.

Por más que comparta con otros pueblos la fe, lo hispano es diferente, tiene personalidad propia, y esa personalidad es la que hemos podido saborear en estos preciosos y providenciales días de convivencia.

Familia de Miguel – Gerona

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