Este mes tiene una especial belleza en los campos y huertas, mostrando un manto florido sobre ellos. Del mismo modo la costumbre y los ritos que de nuestros antepasados nos llegan a día de hoy nos regalan atavíos, trajes, altares y calles engalanadas para celebrar la primavera, fructuosa, en el mes de María.
Ya describimos la fiesta de la maya o los mayos en diversos puntos de las dos Castillas. Cantares a la Virgen y las Cruces y rondas a las mozas para asignarles un mayo, como ‘empuje’ comunitario a formar parejas que dieran fruto. Pueden ver estos ejemplos aquí: ¡Bienvenido mayo! (I)
Ya estamos a mediados de mayo y a San Isidro le piden intercesión en la práctica mayoría de pueblos, al ser patrón de los labriegos. También en la Villa de Madrid, sede de nuestro círculo. La verbena, romería, bailes y ambiente de este año bien merece un balance desde este humilde artículo.
Es toda una alegría decir que las fiestas de San Isidro en la capital han recuperado una esencia y un refuerzo de la identidad madrileña, que ya parecía decaer hasta la desaparición, y con buen criterio puedo concluir esto. Puesto que servidor, desde casi ya hace una década participa de uno de los varios grupos de música y danza tradicional madrileña, que actúan en varios eventos de las Vistillas y alrededores de la Plaza Mayor: talleres de bailes tradicionales de Madrid y su Alfoz, así como los pasacalles. Siempre se han hecho estas actividades, pero cuando empecé, aún en mi época universitaria, la participación popular era modesta. Sin embargo, estos dos últimos años, y este año en particular, se ha experimentado un volcado de los gatos por sus bailes, trajes y costumbres asombroso.
Hace diez años era rarísimo ver gente ataviada de chulos y chulapas o goyescos. Los pocos que se atrevían eran mayores. Y hasta se daban ridículos casos de ver gente vestida de sevillana por la Pradera y cualquier elemento folclórico quedaba opacado por la moda degenerada del pop, reggaeton y demás podredumbre de la industria musical.
Este año, sin embargo, ha sido una auténtica explosión de jóvenes ataviados de forma tradicional. Y a su vez participando de los eventos más castizos: visitas a la ermita y la colegiata, bailes de jotas, seguidillas, pasodobles y chotis en las Vistillas, en la Pradera o entre organillos en la Cava Baja. Sencillamente, una belleza. Estos días nos han regalado unas imágenes preciosas que parecía que no iban a volver, que se iban a quedar en un álbum del Madrid antiguo.
Y es que el ser humano necesita delimitar su mundo en comunidades, entre las cuales entra el terruño. Los madrileños, por mucho que se les pinte de cosmopolitas, no son la excepción. Han sido bombardeados por sucesivos gobiernos, especialmente por el actual de Isabel Díaz Ayuso: con que Madrid «es un cruce de caminos», «no tiene identidad ni hace falta», «sus jóvenes no llevan boina». Pues, precisamente, los jóvenes se han puesto la parpusa y el clavel en masa. Se percibe una sed de identidad, tradición y comunidad. Ha sido una respuesta muda y clara: aún queda pueblo vivo, que no compra la mercancía averiada de la «Miami de Europa», ni el «Madrid de los acentos», ni demás proyectos atomizantes y torrebabélicos del liberalismo.
Estas costumbres, de este bello mes, son brotes sobre corteza seca, de una España tradicional que se niega a morir. Como expuso el padre J.M. Sellas en su homilía en Priego, con gran belleza, al referirse a la exitosa reunión del pueblo carlista: son momentos de reunión comunitaria, confraternización, descanso y refuerzo de la identidad en torno a canciones y atavíos. Son una pequeña muestra de lo que ha de ser la comunión del cielo tras la vida terrena. El hombre está llamado a este fin de forma natural y por este motivo se da la religión: es una condición natural al hombre, tiene sed de comunión.
Puede que entre los participantes de estas costumbres, romerías y festejos populares tradicionales muchos lo hagan por inercia y ocio; y no por todo su valor simbólico ni por sentimiento religioso. Pero yendo etimológicamente al significado de religión (religar- volver a unir/atar) se da de forma operativa esa comunión. ¿Por qué traigo a colación está reflexión? Respondo.
No son pocas las críticas, lícitas en parte, al folclorismo como patología del tradicionalismo, que he leído desde nuestras filas. No diré que no sea cierto que promover el folclore sin la cosmovisión que moldea las costumbres sea embellecer un cascarón vacío, pero la alternativa realista es que no quede ni el cascarón bello. El tradicionalista más purista, que reniegue de la romería de la Virgen de su pueblo, porque «ya no es como antes», «hay un rojo/liberal/ateo llevando las andas de la virgen» debe entender que la alternativa a eso a día de hoy es un macrobotellón con reggaeton y sin ningún resquicio de tradición. Hay que agradecer que aún en las nefastas condiciones históricas actuales exista en el pueblo, infectado de liberalismo, un deseo de recuperar, restaurar y mantener el folclore particular. Pues esto evidencia que la infección no está tan avanzada. Hay una sed de tradición y comunidad en nuestros compatriotas que no elimina ningún artificio revolucionario; y, en la medida de nuestras posibilidades, esa sed hay que saciarla. Seamos caritativos en esto, demos sentido a esas tradiciones que aún perduran por empeño popular, en lugar de criticarlas por no haberse mantenido de forma perfecta.

Pedro Albendea, Círculo Cultural Antonio Molle Lazo
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